Red de cabos sueltos

por Wilphen Váquez Ruiz *

Recientemente, una de las inquietudes que se han presentado entre quienes colaboran regularmente en El Presente del Pasado ha sido la de considerar la orientación que guarda esta publicación en relación con las intenciones originales que en un principio le dieron vida. Como podemos recordar, el Observatorio de Historia surgió en el contexto de la contienda presidencial pasada y frente a la inquietud que provocaba la carencia de una política clara y definida de los candidatos presidenciales sobre la cultura y la historia misma. Si recordamos algunas de las discusiones previas a la presentación de este proyecto, veremos que, independientemente del resultado electoral, se acordó que quienes lo integrábamos buscaríamos mantener una atención permanente sobre los usos y la enseñanza de la historia en nuestro país, lo cual se ha mantenido —amén de la ampliación del espectro de opiniones que en este diario se han presentado.

Personalmente, considero que sería un error reducir o limitar el tema de las colaboraciones a la crítica —por demás necesaria— de la actual administración en materia de educación y patrimonio histórico, pues nuestra historia, incluyendo la contemporánea, es tan vasta que sería contraproducente restringir las perspectivas a partir de las cuales nuestra realidad puede ser analizada y entendida.

Si bien es cierto que podemos abordar nuestra realidad a partir de la educación o el patrimonio, así como del análisis de las distintas reformas que ahora están en curso, también me parece importante no dejar de lado otros ámbitos como el de la tecnología. La tecnología, en ese sentido, puede igualmente reflejar cuál ha sido nuestro desarrollo histórico y cuál nuestra condición actual. Doy como ejemplo la penetración de la que quizá sea la más importante de las tecnologías de la información y las comunicaciones: internet.

De acuerdo con el Inegi, en 2012, el 40 por ciento de la población de seis años en adelante, es decir, más de 45 millones de habitantes, es usuaria de internet. Asimismo, para el mismo año, se contabilizó que el 32 por ciento de los hogares contaba ya con una computadora y que de ellos, cerca de 22.5 millones tenían servicio de internet. 

El incremento en el número de usuarios de internet en México durante los últimos 12 años ha presentado aumentos significativos y sostenidos. En 2001, dos millones y medio de habitantes accedían a internet desde su hogar, número que aumentó a cinco millones en 2004 y a nueve millones en 2008. Esto es, un aumento cercano al 900 por ciento. Nada mal, pudiera parecer. Sin embargo, al revisar otros indicadores podemos observar que, en el mundo, en términos de capacidad de conexión y velocidad, nuestro país ocupa el puesto 58 con sólo 3.6 Mbps. En relación con la OCDE ocupamos el último lugar de 35 países en el porcentaje de hogares con acceso a internet (26 por ciento), muy lejos de Estados Unidos (71 por ciento), Canadá (78 por ciento) o Corea del Sur (el puntero de la lista con 97 por ciento). En Latinoamérica, cabe decir que Argentina, Brasil, Chile, Costa Rica y Uruguay también nos superan desde 2010 en porcentaje de hogares con internet y computadora (aquí los datos). 

Cabos sultos

Cabos sueltos

En cuanto a la distribución de los usuarios por nivel de escolaridad, las cifras son las siguientes: el 20 por ciento tiene educación primaria; el 25 por ciento, secundaria; el 28 por ciento, preparatoria; el 24 por ciento, licenciatura, y sólo el 2 por ciento, estudios de posgrado. Ahora bien, estos indicadores no reflejan necesariamente el uso de internet como apoyo a la educación, pues del total de usuarios sólo el 31 por ciento lo destina a este fin. Las bases de datos consultadas no presentan información acerca de si los usuarios de internet se encuentran en el campo o la ciudad, pero es de suponer que se refieren mayormente al ámbito urbano dadas las condiciones de carencia que caracterizan al ámbito rural. Cabe finalmente señalar que el 18 por ciento de los hogares con computadora no cuenta con conexión a internet; más de la mitad de los encuestados argumentó no tener suficientes recursos económicos para contratar el servicio y poco menos de la cuarta parte manifestó no requerirlo. 

Todo ello tiene serias implicaciones. Por un lado, está nuestro rezago en materia de tecnologías de la información y la comunicación y, por el otro, los elevados costos  que representa para muchos de los hogares la adquisición de internet. Esto bien puede ampliar la brecha de capacidades adquiridas por acceso a la información entre quienes cuentan con los recursos económicos suficientes y quienes carecen de ellos. Si a ello sumamos lo que sucede en el ámbito rural, el panorama es por demás desalentador.

Como siempre, éste es sólo un somero acercamiento a una realidad compleja. Nuestra primera obligación como historiadores es señalarlo y analizar el porqué de ello, esperando que así ayudemos a concientizar a la ciudadanía y, en el mejor de los casos, a las autoridades, en aras de lograr eventualmente una política gubernamental integral con la cual se pueda ir paliando este reciente y creciente problema.

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