Porfirio Díaz sobre todas las cosas

Aldo Fabián Hernández Solís

A Manuel López Gallo, que enseñó el camino

Hay documentos que condensan las inquietudes, método y pensamiento de un autor. Textos que son síntesis de una carrera intelectual. De este tipo es el trabajo “Vindicación de Porfirio Díaz”, de Enrique Krauze, publicado en Letras Libres en 2015. Como toda la obra histórica de Krauze ese texto pretende hacer una revisión de aquello que él llama “historia de bronce” o “historia oficial”. Se coloca como contrario a una vertiente de la historia que nace de la hegemonía posrevolucionaria a la que catalogará de “ideologizada”, pasional, mítica y poco equilibrada, en la que Porfirio Díaz es una víctima al convertirlo en gran villano. Por lo tanto, hay que contar otra historia, hacer un “juicio correcto” de Porfirio Díaz y su periodo.

Fiel a su método con centralidad en los grandes hombres como hacedores de la historia y al relativismo histórico en el que no hay héroes, todo personaje tiene rasgos positivos y negativos, errores y aciertos. Sin embargo, estos supuestos no se sostienen: lo que hace Krauze es, como dice el titulo de su artículo, vindicar y defender a Porfirio Díaz y su obra sobre todas las cosas.

Analicemos este documento parte por parte. El primer punto a tratar por Krauze es mostrar los logros económicos de México durante el porfiriato. Y por medio de Cosío Villegas los califica como “sobresalientes”.

Si se tiene en mente el retraso de siglos que acarreábamos con respecto a los países occidentales, no puede menos que admirarse el progreso que se alcanzó con Díaz. La agricultura comercial, la minería y la industria crecieron a tasas envidiables. La inversión extranjera fluía de manera productiva. Díaz veló por conservar un equilibrio (en cuantía, en áreas de inversión) entre los norteamericanos y los europeos. Se construyeron 18 000 kilómetros de vías férreas, se tendió la red de telégrafos, se estableció un expedito sistema de correos, se crearon nuevas ciudades y puertos, se equilibraron los presupuestos, se consolidó la antigua deuda externa, se acreditó al país en los mercados financieros.

Desde la hegemonía dominante de la modernidad capitalista, en donde crecimiento económico y “progreso” son el fin mismo de la sociedad, Profirió Díaz cumplió. En una cosmovisión donde el factor económico es lo más importante, el porfiriato no podía estar mejor calificado. Claro que había problemas, señala Krauze; muchos y profundos a los que no se le prestó atención, como la pobreza, la injusticia, la servidumbre y la desigualdad (omite hablar de esclavitud y genocidio). Pero quién puede negar que esos eran y son problemas ancestrales, de la colonia —señala Krauze. Aunque nuestro autor hace un reconocimiento a la colonialidad del poder, la usa sin embargo para defender a Porfirio Díaz. ¿Cómo puede ser culpable Díaz de la colonia y de su herencia? Y aunque fuera culpable, lo es sólo en el entendido de que es hijo de su tiempo: “Si Porfirio Díaz fue insensible a la desigualdad, comparte la responsabilidad con su época.” Claro, no vaya usted a creer que los grandes hombres hacen la historia.

Pero aún a pesar de su tiempo y la herencia colonial Porfirio Díaz hizo obra social, señala Krauze con emoción; para muestra una visita a la colonia Doctores de la ciudad de México. Ahí cada calle tiene nombre de un doctor importante, clara muestra de la vocación social de don Porfirio. Sí, ésa es una prueba irrefutable; no para el historiador pero sí para el ideólogo que trata de vindicar a Porfirio. Además, durante su mandato creció la clase obrera y, aunque pequeña, existía también una clase media; “como hombre del siglo XIX”, Díaz “no comprendió las demandas de justicia y participación de esos grupos emergentes”. La historia de Krauze presenta la represión como un accidente, como un asunto de incomprensión.

La cultura, a la que el Ateneo de la Juventud calificó como extranjerizante, inauténtica y estéril, no fue tal, señala Krauze; hubo avances e indicios nacionalista, trabajos arqueológicos, la universidad, revistas y grandes obras arquitectónicas. Todo momento histórico y más si hablamos de más de tres décadas es complejo culturalmente. Pero hay que buscar las características dominantes, las tendencias hegemónicas impulsadas desde el poder. Nada de esto hace Krauze. ¿Dejará eso a los historiadores?

Apologista del porfiriato. (Foto tomada de aquí.)

Los errores políticos de Porfirio Díaz fueron claros escribe Krauze. Recuperando a Justo Sierra (parte del gabinete de Porfirio Díaz, hay que buscar una fuente neutral no ideologizada), Krauze señala que Díaz construyó una “monarquía con ropajes republicanos.” Eso suena mejor que llamarlo dictador, aunque sea lo mismo. Pero el error de Porfirio Díaz para Krauze, porque hay que ser críticos como “historiadores”, fue no marcharse a tiempo, pongamos dos o cuatro años antes de que estallara la revolución. Ya jugando a la ficción histórica, imagina que en 1904 o 1908 debió abrir paso a Bernardo Reyes y a la nueva generación que lo acompañaba: así, México se habría ahorrado mucha sangre y habría dado pasos hacia una modernización económica más inclusiva en lo político y más justa en lo social. Otra vez, la historia de los revisionistas neoliberales desemboca en una pasarela de grandes hombres, capaces de modificar el curso de la historia, como hacer del proceso modernizador del porfiriato algo más “inclusivo en lo político y más justo en lo social”. Vaya, la estructura social se define por una biografía. Las clases, el imperialismo y el pueblo son contexto, paisajes de escenificación de héroes.

Pero si se trata de vindicar a Díaz todo está permitido. Incluso falsificar la historia y hacer comparaciones desproporcionadas. Krauze reconoce que Díaz fue un asesino: Valle Nacional, Río Blanco, Tomóchic, son ejemplo de ello. Pero (recuerde lector que aquí se está haciendo una vindicación) Díaz “no fue el mayor asesino de nuestra historia” (¿quién habrá dicho que sí lo era?). La medalla de oro en esa práctica no la tiene Porfirio Díaz sino el otro Díaz de nuestra historia reciente (Ordaz), varios caudillos de la revolución y los presidentes sonorenses. Es más, ya encarrilado, Krauze concluye que Porfirio Díaz fue casi un alma de la caridad; “casi” porque nunca hay que dejar de ser críticos. No hay ninguna cifra que sustente sus dichos; afirma (sin datos) que Díaz Ordaz fue más asesino que Porfirio Díaz, pide sumar todos los fusilamientos de todas las facciones de una guerra civil de más de diez años. Y Krauze pasa por alto el genocidio yaqui (o creerá que los muertos indígenas no cuentan igual).

Krauze concluye con una amenaza y una muestra de su poder cultural: dice que esta nueva visión seguirá difundiéndose por muchos medios nos dice como despedida. Y se une a una causa (una meta) a corto plazo: traer el cuerpo de Díaz a México para que descanse en la patria a la que “sirvió”. Juzgue usted mismo, la amenaza y la meta; no lo olvide porque estos intelectuales neoliberales suelen cumplir lo que dicen…

Clío TV ha preparado una serie de cinco documentales titulados Porfirio Díaz: El centenario. Se transmitirán a lo largo del mes en Foro TV. Intervienen decenas de historiadores de todas las corrientes. Contienen fotografías, caricaturas, pinturas e imágenes fílmicas inéditas o poco conocidas, música de la época y un acercamiento comprensivo y plural a la vida cotidiana en aquellos tiempos. Ojalá esos programas sirvan para acercarnos a un “juicio correcto” sobre aquel hombre proscrito de la patria a la que sirvió y en cuyo seno, después de cien años, merece descansar.

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