por Fernando Pérez Montesinos *

“La historia universal”, sostenía Thomas Carlyle, “es en el fondo la historia de los grandes hombres”. Son ellos los “creadores de todo lo que la masa de hombres en general logran hacer y alcanzar; todo aquello que se ha logrado y vemos en pie en el mundo es propiamente el resultado exterior material, la realización práctica y la encarnación de los pensamientos que habitaron en los grandes hombres que fueron mandados al mundo” (On Heroes, Hero-Worship, and the Heroic in History [Londres: James Fraser, 1841], 1-2).

Las deficiencias de la historia heroica de Carlyle han sido profusamente señaladas y criticadas. Se trata de una historia que plantea una oposición artificial entre sociedad e individuo. Es, por definición, una historia desde arriba, y una que, a diferencia de otras muchas buenas historias del quehacer de las elites, exagera la influencia que los individuos en el poder tienen sobre los acontecimientos. Se limita a buscar y listar una serie de características que supuestamente conformarían el perfil de los grandes hombres. De ahí también su desmedido énfasis en lo inmediato, anecdótico e idiosincrático. No es por cierto una historia propiamente biográfica. Lo que importa a fin de cuentas no es tanto el análisis de una vida individual sino de rendirle culto al individuo. Las evidencias empíricas y el contexto quedan por tanto en segundo término o se acomodan para apuntalar el homenaje. La historia heroica, en fin, suspende la crítica y la comprensión a favor de la didáctica moral. Es una historia que ofrece una visión muy estrecha del mundo, que explica poco y apenas contribuye al entendimiento de los verdaderos mecanismos del poder.

A más de siglo y medio de publicadas, las ideas de Carlyle sobre la historia se encuentran hoy ampliamente desacreditadas entre los profesionales de la historia. Fuera del gremio es también difícil encontrar quien sostenga al pie de la letra las premisas y argumentos de la historia heroica. Después de todo, la influencia directa de Carlyle en el imaginario social fue siempre muy limitada. El culto al individuo, el encanto por las figuras heroicas, la tendencia a exagerar las acciones de un grupo reducido de “grandes hombres” y minimizar el contexto en que vivieron no fueron de ninguna manera exclusivas ni originales invenciones de Carlyle. El escritor escocés sintetizó y esquematizó nociones que ya gozaban de cierta aceptación y popularidad. Sólo en esa medida es que pudieron encontrar resonancia. Sólo en esa medida, también, puede entenderse que aún tengan eco, así sea de manera implícita, en varias de las discusiones públicas actuales.

Así parecen mostrarlo muchas de las expresiones y opiniones que circularon en los medios y las redes sociales a propósito de la muerte de Hugo Chávez y la elección como papa de Jorge Bergoglio. Mucho de la historia de los “grandes hombres” puede reconocerse en el seguimiento mediático y los numerosísimos comentarios que suscitaron ambos acontecimientos. Con el agregado, por supuesto, de que no sólo se trata de la historia heroica, sino también de su inseparable espejo, la historia del gran tirano (o como en este blog se le ha llamado, la historia del gran villano).

Los idos de marzo en 2011. (Foto: Gregor Galazka.)
Los idos de marzo en 2011. (Foto: Gregor Galazka.)

Que muchos de los grandes medios hicieran un seguimiento noticioso a la manera de los programas de celebridades no sorprende, pero tampoco deja de preocupar. Todavía más inquietante (y triste) es el hecho de que muchas de las opiniones en los medios tradicionales, pero sobre todo en las redes sociales, vinieran de personas cuya formación profesional exige un manejo más responsable y crítico de la información —profesionales y estudiantes de humanidades y ciencias sociales—. Es decir, ir más allá del comentario fácil, la reproducción de estereotipos, la inmediatez del dato “revelador” y la falta de verificación de las fuentes que se usan para emitir una opinión o argumento. Quizá el ejemplo más claro de esto fue la amplia difusión de una fotografía en la que se daba a entender que Bergoglio estaba dando la comunión a Jorge Rafael Videla. La foto fue usada como supuesta evidencia dura de la clara complicidad del nuevo papa con la dictadura. Como después quedó claro, Bergoglio no era quien aparecía en la imagen. La foto, sin embargo, circuló no sólo con la misma rapidez, sino con la misma naturalidad y aceptación acrítica con la que circulan videos de Gangnam Style y Harlem Shake.

En el fondo, muchos de los comentarios tanto de detractores como de defensores de Chávez y Bergoglio comparten las mismas premisas y lógicas. Como en las historias heroica y tiránica, el análisis de las fuentes y la evidencia no importan. De lo que se trata es de mostrar la indignidad del villano o bien la talla del héroe. La evidencia sirve sólo en la medida en que apoya el ataque personal y refuerza la imagen déspota del tirano o de valentía del héroe. Lo que se critica o alaba no son tanto las acciones concretas y comprobables, sino la presencia o ausencia de virtudes y defectos en la personalidad (sabiduría, arrojo, astucia, valentía). Lo que vale es construir una perfil más o menos esquemático y emitir una conclusión conforme a criterios morales. Se trata, en suma, no de crítica sino de descalificación.

Las descalificaciones no sólo partieron de los supuestos provistos por las historias de los grandes héroes y villanos. También ayudaron a seguir perpetuando la visión particularmente estrecha del mundo que estas historias promueven. Todavía más, la obsesión por reducir todo al punto de vista del “gran hombre” (ya para denostarlo o ensalzarlo) terminó por opacar muchas e importantes discusiones e investigaciones que también circulan acerca de Chávez y Bergoglio. Discusiones e investigaciones que no buscan reconocer en ellos los rasgos del gran héroe o el gran déspota, sino establecer las causas y consecuencias de sus acciones con argumentos, contextualización y pruebas.

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