por David F. Uriegas *

Sean historiadores disciplinados o no, todos nos inventamos cuentos —algunos muy buenos—, para explicar, legitimar o dar razón de algo; para dar identidad, justificar o proponer; para promover una imagen, un producto o una personalidad. Todo ello con implicaciones, a veces críticas y serias, sobre el imaginario colectivo y la mentalidad occidental.

El impacto que han tenido los grandes discursos de la historia sobre las sociedades occidentales es manifiesto desde los ámbitos políticos y educativos, hasta en las zonas más placenteras, comunes, insulsas e, incluso, “inocentes” de esta civilización, i.e., el turismo, los fenómenos migratorios, las posiciones ideológicas individuales, incluyendo las religiosas,  y —por supuesto— aquello que pensamos y creemos sobre lo que es considerado como no-occidental (lo no cristiano o lo no capitalista).

El Theatrum Orbis Terrarum (1570), de Abraham Ortelius. Una sola visión de muchos mundos.
El Theatrum Orbis Terrarum (1570), de Abraham Ortelius. Una sola visión de muchos mundos.

Unas de las características notables al respecto es la forma en que se cuenta y se aprende la “historia universal” con un énfasis innegable en la acción de las potencias europeas sobre su periferia; una acción que además es presentada como heroica, proveedora de valores, costumbres, tradiciones, cultura, que aún hoy se preservan y transmiten con tanto celo.

El advenimiento de la industria, el capitalismo, el cristianismo y la razón sobre América marcaron las concepciones que se tienen de la “madre europea”. No es casualidad que tales elementos se relacionen con los grandes inventos discursivos sobre la historia (los discursos cristianos, iluministas, marxistas y capitalistas) y no es casualidad, por tanto, que tales discursos hayan sido reproducidos y adoptados en América Latina a través de los fenómenos religiosos y educativos que adoctrinaron las mentes de “bárbaros”, “indios”, “ignorantes” o “gente sin alma”.

Lo que alguna vez fue un discurso adoctrinador religioso, heroico, sincero —quizá— e indudable y primordialmente controlador, dejó una huella profunda sobre la mentalidad occidental que no únicamente remarca las diferencias clasistas y raciales entre las sociedades occidentales, sino también la concepción que se tiene de Europa occidental como ente superior sobre su periferia: América y Europa oriental —esta última, por supuesto, a causa del sistema socialista que adoptó en el pasado.

Por otro lado, la conquista de esta entidad sobre su periferia queda plasmada en la forma en que hoy en día se aprende y se piensa la historia, cuyo eje fundamental es alguna potencia europea. Tal ha sido la enseñanza que se da que hoy existen ideas como “en Europa está toda la historia” (¿acaso Europa tiene más historia que alguna otra entidad?) o la idea de que esa Europa occidental es mucho más meritoria de ser visitada en términos turísticos porque “en Europa oriental no hay nada”.

En el caso de la tercera periferia europea, la periferia musulmana, la cosa no sólo tiende a ser más compleja, sino que primordialmente obedece a términos religiosos relacionados con la ciencia-tecnología. Las entidades musulmanas han pagado caro el costo de su negativa a la apertura científica y tecnológica, su negación al “progreso” y su obstinación en un estado “precario” y de escaso desarrollo, pues se han visto orilladas a una guerra contra el reloj que las coloca en una situación desventajosa en vista de sus conflictos internos y con Estados Unidos

Parece que la influencia que tuvieron las potencias europeas sobre el resto del mundo obnubila y entorpece la búsqueda de una visión alterna para comprender las otras historias universales. Es estúpido, también, querer pensar el pasado a través de condicionales que ya no pueden ser: pensar que, por ejemplo, América se habría podido desarrollar sin ser rescatada y amamantada por la madre europea. Sin embargo, es posible esclarecer y abrir los ojos a perspectivas históricas distintas que nos ayuden a comprender el mundo sin que el eje fundamental sea esa entidad que alguna vez fue ajena e indistinta.

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