por Sebastián Rivera Mir y Pavel Navarro *

En el 2013 se cumplieron cien años de la decena trágica y 40 del golpe militar en Chile. En febrero se conmemoró en México un siglo de la asonada que depuso al presidente Francisco I. Madero, en un intento de la contrarrevolución por restaurar al régimen porfirista sin la presencia del viejo general. Y en el país sudamericano, el 11 de septiembre se conmemoró el 40 aniversario del golpe de estado que puso fin a la experiencia socialista democrática que había impulsado Salvador Allende.

Las formas sociales de recordar ambos procesos difirieron drásticamente. Mientras en México la caída de Madero y su proceso democratizador fueron conmemorados apenas en espacios académicos y pequeños grupos militantes, en Chile se produjo una verdadera “avalancha de memoria”. En el país sudamericano el debate se diseminó, como nunca antes, por los recovecos más intrínsecos de su vida política, social, económica y cultural. No hubo espacio que no estuviera disponible para conversar, debatir y repensar los significados del derrocamiento de Allende y la instauración de la dictadura pinochetista. Por supuesto, estas formas de callar o sobreexponer no pueden ser pensadas fuera de los contextos políticos que atraviesan ambos países y deben asociarse a los distintos usos de la historia que desarrollan sus sociedades y gobiernos.

Reconociendo estas condiciones diferentes, donde el silencio y el soliloquio se contrapusieron a la locuacidad y al diálogo, decidimos impulsar un seminario que permitiera reflexionar comparativamente sobre ambos procesos. El seminario A 100 años de la Decena Trágica y 40 del golpe militar en Chile se realizó durante dos días, 21 y 22 de octubre de 2013 y fue apoyado por los Centros de Estudios Históricos y Sociológicos de El Colegio de México y por la Dirección de Estudios Históricos del INAH, a través del Museo Nacional de las Intervenciones. Ambos días, la cantidad de asistentes fue cuantiosa y muy participativa.

Inicialmente se plantearon, en colaboración estrecha con el profesor Francisco Zapata, algunas líneas evidentes de similitudes y discrepancias, esperando que el debate entre historiadores chilenos y mexicanos permitiera profundizar nuestros conocimientos. La traición, el vacío de poder, la intervención extranjera, el impacto destructor sobre la ciudad, las representaciones culturales, en algunos casos parecidas pero en otros contrapuestas, nos parecieron ejes temáticos eficientes para comenzar. A nivel simbólico, las potentes imágenes de ambos dictadores, con los mismos lentes oscuros ocultado la mirada traidora, actuaron como la mejor forma de explicar cuál era nuestro interés al momento de convocar a este seminario.

Los dictadores
Los dictadores

La idea sedujo de inmediato a quienes comenzaron a conocer nuestra iniciativa, aunque también hubo algunos que rechazaron cualquier posibilidad de hacer un ejercicio comparativo. Y he aquí uno de los problemas más complejos que debimos enfrentar, pues pese a que la mayoría de los historiadores reconoce la utilidad de pensar los procesos comparativamente, en términos concretos parecería que los asusta abandonar los límites estancos nacionales y abrirse a otras perspectivas. Al principio, quienes no estuvieron dispuestos al ejercicio comparativo simplemente se abstuvieron de participar. Sin embargo, el problema no quedó ahí. Durante el desarrollo del coloquio muchos de los ponentes manifestaron las dificultades al momento de realizar la comparación. La decena trágica y el golpe de estado en Chile son incomparables, manifestaron varios de los invitados, mientras otros historiadores enfatizaban las posibilidades analíticas que abría el esquema elegido para evaluar ambos sucesos.

Analizar las posturas de cada ponente al respecto sobrepasa los límites de estas líneas, pero creemos necesario que detenernos un instante en este problema. Desde que planteamos la realización del seminario sabíamos que corríamos ciertos riesgos. Éramos conscientes del poco entusiasmo que muestran los historiadores por la comparación, a diferencia de otros cientistas sociales. Nos preocupaba aún más que el ejercicio concluyera en apreciaciones superficiales y carentes de capacidad interpretativa. En otras palabras, temíamos que el resultado del seminario fuera simplemente un juego de espejos que enumerara diferencias y similitudes sin avanzar en explicaciones ni ahondar en la complejidad de ambas circunstancias históricas. La disyuntiva metodológica entre la densidad historiográfica y las estrategias de comparación muchas veces no es resuelta con éxito y la posibilidad de no avanzar más allá de lugares comunes se presentaba como algo real. No deja de ser extraño que los historiadores no se hayan acercado con mayor interés no sólo a los desarrollos sociológicos o antropológicos donde la comparación ha sido un tema discutido con profundidad, sino a los propios esfuerzos de la disciplina de la historia donde encontramos los destacados trabajos de Marc Bloch o E. P. Thompson, por ejemplo.

Sin embargo, a nuestro juicio, en esta ocasión la mayoría de los ponentes, puestos en conflicto por la perspectiva del seminario, intentaron orientar su trabajo en pos de lograr el objetivo. Hubo miradas que lo hicieron a regañadientes, pero en general podemos concluir que el esfuerzo de comparación permeó todas las mesas y ejes temáticos propuestos. El resultado fue la caracterización y distinción de la decena trágica mexicana y el golpe de estado en Chile como procesos que son irreductibles el uno al otro. Los métodos de intervención, los efectos sobre las ciudades, las lógicas del terror aplicadas por los militares, el mismo destino de ambos cuerpos armados, las dinámicas culturales a las que se asociaron, fueron procesos muy diferentes en el México de 1913 y en el Chile de 1973.

Comparar no consiste en hacer que coincidan los procesos; estos poseen no sólo contextos distintos sino también desenlaces muy diferentes. No se trata de forzar equivalencias con el fin de establecer que la historia se repite permanentemente con pequeñas variantes y luego también lamentarnos del destino aciago de nuestros países. Al contrario, para nosotros la comparación debe enfatizar los caminos tremendamente creativos que los procesos sociales y políticos desencadenan.

El seminario de alguna manera buscó abrir una grieta en las interpretaciones historiográficas muy acostumbrada a las comodidades generadas por lecturas convencionales, por academias poco proclives a moverse más allá de sus versiones estandarizadas. Se trató de pensar una historia a contrapelo, una historia en permanente crítica consiga misma. En otras palabras, se trató de reelaborar nuestras perspectivas y explicaciones en función del diálogo. Éste es, por supuesto, un camino que esperamos continuar explorando.

2 Comments

  1. Me parece muy pertinente el intento de traer a discusión el inicio, de lo que para mi fue un punto neurálgico en lo que ahora llamamos Revolución mexicana; el periodo de Victoriano Huerta. Considero que la historiografía no ha podido decir mucho de lo que tiene de significante aquella época. El planteamiento de nuevas preguntas y posibles respuestas, fundados en nuevos aparatos teóricos, podrían esclarecer aspectos fundamentales de la etapa, alejándose de las ya tan conocidas sentencias históricas de la misma. El seminario es un buen comienzo para generar esas interrogantes y es en realidad plausible. Lo que me causa un poco de ruido, ya en la crítica hacia esta entrada en particular, es el carácter restaurador que se le quiere adherir a la situación avenida después del golpe militar, que no de Estado, ocurrido en 1913 en México. Las propuestas interpretativas, por ejemplo, de la Dra. Josefina Mac Gregor al respecto, dan nuevas perspectivas para el trato de esos sucesos. Me parece que la restauración queda muy corta al querer explicar la complejidad de lo acontecido.

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  2. Felicidades por el ejercicio, que debiera volverse casi asignatura… Acaso me queda un saborcito amargo porque se regresa, como conclusión, a la “irreductibilidad” del fenómeno histórico, a la que parece asirse la disciplina con obsesiva ansiedad, como si de ella dependiera su identidad. Con igual severidad pudo concluirse un mismo proceso evolutivo de la comunicación distanciado 60 años en el tiempo: la intervención de la embajada norteamericana, el efecto desestabilizador del orden social en ambas sociedades, la ferocidad de los magnicidios (aunque Pinochet hubiera decidido él mismo poner fin a su vida) y el caos y descomposición social que los siguió… Vamos: todas las nubes son nubes y se parecen, pero ésa nube de allá es única: ¡Ufff, qué alivio! Todo depende de las anteojeras, y no precisamente de las de Huerta y Pinochet. Mi posición se encuentra aquí mismo: https://elpresentedelpasado.com/2013/03/23/la-historia-como-fractal/
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