por Luis Fernando Granados *

Hubo una vez un país que quiso ser y no pudo. Nacido el 6 de noviembre, 1813, se disolvió en el infortunio militar un par de años más tarde. Iba a llamarse Anahuac, como en náhuatl se dice “mundo”, aunque comenzó llamándose América Septentrional, seguramente para que no quedara duda de su ambición geopolítica, y terminó por autodenominarse América Mexicana, en un gesto que lo hermana con el proceso de construcción estatal más importante de la “era de la revolución” —la revolución de los esclavos de Saint-Domingue— en eso de buscar en el pasado precolonial la clave de su futuro poscolonial. Como todo estado-nación moderno, Anahuac era ante todo una “comunidad imaginada”, un estado de ánimo: afirmar su existencia y proclamar su independencia, por tanto, era apenas la condición de posibilidad de un proyecto político cuya singularidad ha quedado oscurecida por la tendencia a relacionarlo con ese otro estado-nación que comenzó a construirse, aproximadamente en el mismo territorio, en 1821.

Fantasía independentista.
Fantasía independentista.

Como ocurre con muchos otros países de vida más o menos efímera —Palmares, Vermont, Cartagena, Texas, Yucatán, Chan Santa Cruz, la República Federal de Centro América o los Estados Confederados de América—, la existencia misma de Anahuac suele ser puesta de duda, ignorada o al menos minimizada, por efecto de la inveterada costumbre de pensar en el pasado en función del presente; esto es, como resultado de creer que la trascendencia de los fenómenos es el criterio clave para establecer su significado y su “ser historiográfico”. Dado que Anahuac no es ni fue nunca una de las 193 entidades con bandera, territorio y representación ante la ONU, y dado que apenas existió durante un puñado de años, parece obvio que no merece ser considerado parte del “concierto de las naciones” y por ello un objeto de digno de estudio de la historia política o institucional. Es irónico que así sea, pues la disciplina de la historia acepta sólo de dientes para afuera los presupuestos del historicismo y en los hechos sigue estudiando el pasado como si éste existiera en sí mismo… y, no obstante, la mayor parte de los estudios sobre Anahuac se ubican casi exclusivamente en un ámbito disciplinario denominado “historia de México”. Es más: parecería que pensar en la cosa Anahuac sin considerar a la cosa México como su verdadero marco contextual es un despropósito o un capricho absurdo.

Lo que prefiere olvidarse, o hacer como que no importa, es que el empleo de la posteridad para calibrar el sentido y aún la existencia de un fenómeno implica razonar de manera teleológica y políticamente interesada. Dicho de otro modo, juzgar a Anahuac desde su futuro, medir su relevancia por sus “consecuencias” o por la influencia que ejerció en la configuración del estado-nación México, no es sólo proceder con una inocencia epistemológica inexcusable tras un siglo (por lo menos) de reflexión disciplinaria; es también situarse del lado de quienes, con sus armas y sus palabras, se opusieron a la existencia de la república de los insurgentes novohispanos.

Desde su propia experiencia, sin embargo, poco importa que ésta haya sido destruida o que sus dirigentes y seguidores eventualmente pactaran con sus antiguos enemigos para constituir el imperio mexicano. El porvenir de sus ideas, sus medidas administrativas y sus dirigentes militares, aunque es parte fundamental de su historia, no puede ni debería remplazar el análisis y la comprensión de una dinámica rebelde, de un movimiento subversivo, que se inició en 1810 y que hace doscientos años estaba alcanzando su madurez ideológica, política y militar. Suspender el conocimiento que tenemos de su futuro, al menos por un momento, permite de hecho advertir con mayor claridad la especificidad de Anahuac como expresión político-estatal de la revuelta anticolonial más grande en la historia de Nueva España.

Porque prefiero pensar en Anahuac de este modo y no como un “antecedente” de la independencia mexicana, de hecho me alegraría si el próximo miércoles, al cumplirse dos siglos de la declaración de independencia de la America Septentrional, el gobierno de la república se comporta con la misma acartonada reverencia, casi indiferencia, con que hace siete semanas recordó el bicentenario de la enunciación de los Sentimientos de la nación y la inauguración del congreso de Anahuac en Chilpancingo. Su desdén por esa insurgencia no hace sino resaltar la tenue, insignificante relación que tiene la república plutocrática y altanera en que vivimos con ese país sin esclavos, castas y distinciones “étnicas” —apenas el segundo en los mundos del Atlántico, después de Haití—, que un cura de pueblo y un puñado de tinterillos intentaron construir con palabras hace doscientos años.

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