por Benjamín Díaz Salazar *

Es momento de abordar un tema quisquilloso por naturaleza, pero de gran importancia para los amantes del pasado: la enseñanza de la historia. En mayo de 2013, Patricia Galeana —directora del INEHRM— expresó la necesidad de repensar la enseñanza de la historia y anunció el apoyo que la institución a su cargo brindará a la SEP. Las intenciones parecen buenas. Sin embargo, necesitamos ver con ojos un poco más amplios el panorama general del dilema de la enseñanza del pasado.

Debemos tener claro que, por más amantes que seamos del tiempo pretérito, la asignatura de historia forma parte de todo un conjunto curricular mucho más grande. En la primaria, por ejemplo, la enseñanza de la historia forma parte de un plan transversal; esto es, un plan que supone trabajar de manera simultánea los contenidos de todas las asignaturas (y no sólo la de historia). Así pues, si tenemos como bloque de trabajo el manejo de oraciones en el libro de español, esta habilidad debe ser desarrollada en ciencias naturales, geografía, historia y formación cívica y ética.

Aunado a lo anterior, debemos tener claro que los profesores de  primaria se encargan de enseñar conocimientos generales y muy variados. Además de permitir el aprendizaje teórico en los niños, deben llevarlos de la mano para adquirir un conocimiento práctico de la vida. La escuela primaria es formadora de hábitos para la vida presente y futura de los estudiantes.

En la secundaria nos encontramos con otro gran inconveniente. La Normal Superior suprimió las especializaciones; por lo tanto, el conocimiento de la historia se encuentra en el conjunto de las ciencias sociales y los profesores egresados resultan ser conocedores de geografía, formación cívica y ética e historia. Como en la primaria, una vez más se tiene una amplia gama de conocimientos para difundir. De esta forma, la variedad de asignaturas en la secundaria impide cualquier tipo de especialización del conocimiento y el aprendizaje específico por parte de los alumnos.

Para el caso del nivel bachillerato es indispensable ser especialista en algún tema para impartir clases. No obstante, aquí también nos encontramos con un gran problema. Si bien no todos los profesores de historia son historiadores, tampoco todos los historiadores son buenos profesores de historia.

Esto es en parte consecuencia de una falta de preparación en la  licenciatura. En el caso de la UNAM, el plan de estudios con el que cuenta la Facultad de Filosofía y Letras incorpora la enseñanza de la historia como materia obligatoria. Sin embargo, sólo se imparte durante un año. Como resultado, los contenidos son apenas abordados y resultan muy básicos para el desarrollo profesional docente.

Es en este punto donde quisiera detenerme. Existe en buena parte de los estudiantes de historia un desdén por la labor docente. Suele ser calificada como la última alternativa al “no encontrar trabajo”. Sin embargo, considero que debería ser nuestro principal centro de interés. Porque si nosotros como historiadores no fomentamos la buena enseñanza de lo que nos apasiona, por más doctos que nos volvamos en algún tema, de nada servirá si no hay un público para difundirlo.

Nos hemos encerrado en la burbuja de la sobre-especialización. Hemos creado conocimientos tan específicos que olvidamos nuestra labor de enseñar lo “descubierto”, lo aprendido. Nuestra burbuja reventará el día en que aquellos interesados en conocer acerca de la historia y su oficio se vuelvan cada vez menos.

Es necesario —por no decir obligatorio— que nos demos a la tarea de prepararnos en la enseñanza de la historia. Es indispensable que construyamos puentes entre la historia y la pedagogía con el fin de consolidar un sistema eficiente de enseñanza. El Instituto Mora, por ejemplo, se dio a la tarea de crear ramas especializadas en su licenciatura en historia. Una de ellas concierne a la didáctica de la historia; su fin es el de crear especialistas en esta labor tan menospreciada y necesaria.

Sendero
Comienzo de trayecto

Aprendamos a caminar por el sendero de la enseñanza de la historia. Entendamos que debemos sembrar en los estudiantes el interés por el pasado; cosechemos así en un futuro una población consciente de su camino recorrido. Combatamos a este infortunado jinete aprendiendo a cabalgar.

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