por Marco Ornelas *

Hace ya algunos años, cuando mi hija tenía siete u ocho años de edad, la invité a ver un documental sobre la teoría de la evolución trasmitido por el Canal 11. No había mejor manera  —pensaba— de vacunarla contra las ideas que le metían en la cabeza en la escuela católica a la que asistía (“todo sea por el inglés”). Durante 60 minutos atendimos la exposición de una de las teorías más fascinantes que haya generado la ciencia. Supimos quién era Charles Darwin, de su trabajo como biólogo, de sus viajes y de los puntos centrales de su teoría, publicados en El origen de las especies (1859).

Cuando el documental finalizó me sentí satisfecho; ahora mi hija tendría algo interesante qué compartir en su clase de catecismo. A lo que siguió la pregunta de cajón:

—¿Qué te pareció?

—¿Eh?  —respondió medio distraída—. Está bueno, pero prefiero el cuento de Adán y Eva.

Sirva el suceso para refrendar el tino con que las niñas, con una mirada naturalista digna de biólogas profesionales, señalan el punto en cuestión. Primero lo obvio: que la ciencia compite con las religiones en cuanto a las explicaciones que proporciona del mundo. Después, algo no tan evidente: que no importa tanto el contenido de verdad de lo dicho por la religión como el hecho de que queda adherido a una ficción embelesadora y codificada en “clave” religiosa (un ser supernatural creador del universo, omnipresente, omnipotente y omnisciente, aunque constituya un verdadero misterio el que no haya nada en el mundo que se le parezca siquiera de cerca).

Los últimos planteamientos científicos sobre las religiones no cuestionan, anacrónicamente, si lo dicho por ellas es verdadero o falso (sería como intentar encerrar las religiones en el redil de la ciencia; tan desproporcionado como querer hacer de la fe o del karma la moneda de cambio del científico). Esta confusión, de la que participan tanto creyentes como científicos connotados, lleva a excesos como los denunciados por Rafael Guevara Fefer en su más reciente colaboración, y del que puede tomarse como buen ejemplo a Richard Dawkins en The God Delusion (Boston: Houghton Mifflin, 2006).

El gran ateo Richard Dawkins. (Foto: Murdo Macleod.)
El gran ateo Richard Dawkins. (Foto: Murdo Macleod.)

El punto en cuestión no es si Dios existe o si lo que afirma la Biblia (por ejemplo, el libro del Génesis sobre la antigüedad de la Tierra) es o no es verdadero, sino que Dios se dice, se platica y que las historias de la Biblia llenan la boca de cuando menos dos mil millones de seres humanos en el planeta. Concedido esto, que la religión es, desde un punto de vista naturalista, una realidad comunicativa que sirve a la gente para orientarse y dar sentido al mundo en que vive, habría que descartar también el extremo contrario, el fundamentalismo que lleva a algunos a rechazar por principio la ciencia —si bien les sería difícil pasar un día sin celular, sin cable o sin Skype—. Pero al menos hoy día parece haber un consenso amplio en que ni la fe ni el karma salvan a nadie de la polio, la tuberculosis o el tétanos.

Hace no muchos años, un habitante de los Pinos aprovechaba el menor pretexto para espetarle a quien fuera un “Dios te bendiga”. No se critica aquí la orientación religiosa personal ni la expresión religiosa de la buena voluntad. La crítica se sustenta porque en el desplante de fervor religioso no fueran a dejarse los muy importantes asuntos de gobierno en manos del espíritu santo…

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