Ciencias religiosas

por Rafael Guevara Fefer *

Un par de semanas atrás, el Canal 11 —la televisión del Instituto Politécnico Nacional— trasmitió un programa hecho en algún lugar del mundo anglosajón titulado Dios y los científicos. El anfitrión del show era un científico maduro, incrédulo ante lo divino, que nos llevaba con la magia de la televisión de un lugar a otro, a ambos lados del Atlántico, para hacer un balance de cómo andan las cosas entre dios y los científicos.

Por supuesto, no podían faltar la referencias históricas; más aún, aparecían los famosos y nunca bien ponderados Copérnico, Bruno y Galileo como mártires de la cosmogonía científica, puestos a sufrir por la iglesia, presa de insensatez e insensibilidad ante los avances del conocimiento humano. Frente a tan manido argumento, usado por el científico conductor ante un astrónomo jesuita para provocarle, este último reconocía la violencia usada contra los superhéroes de la llamada revolución científica, explicando que los jefes de la iglesia —como todos los hombres— suelen equivocarse, pero que eso no es óbice para hacer ciencia, tener fe… y, agregaría yo, practicar una religión, tal como hicieron muchos de los grandes científicos de los siglos XVI, XVII y XVIII que tanto admiran los científicos del presente.

Mirando la televisión me surgió una duda: ¿dónde diablos quedó toda la sesuda y sofisticada historiografía social y cultural sobre la ciencia que se ha publicado en los últimos treinta años? Supongo que está guardada en algunas bibliotecas especializadas, se discute entre estudiantes de posgrado en busca de volverse expertos en historia de la ciencia, y habita en las mentes de estudiosos sobre ciencia que utilizan enfoques históricos. Dicho de otro modo, no se divulga.

La primera tentación es pensar que quienes producimos dicha historiografía no la sacamos a la calle o la llevamos a la televisión porque no nos alcanza el tiempo, o por abulia. Pero no, el asunto es más complejo. A) Resulta que la labor de llevar al gran público historias que contradicen, confrontan, atacan o simplemente difieren de la noción de ciencia y de su historia que han adquirido en la educación formal e informal es una tarea, cuando menos, que precisa de investigación pedagógica y que significa nadar contra corriente. B) Por otro lado, advertimos que los grupos de profesionales de las distintas disciplinas que conforman esos universos paralelos llamados ciencias naturales y sociales han estado, desde hace más de doscientos años, ocupados en rescatar, olvidar, construir, comprender, imaginar e imponer un pasado al servicio de las agendas políticas y epistemológicas de sus disciplinas científicas, sin dejar de insistir en que la investigación científica es motor del desarrollo y, así, que es el camino que nos permite superar el atraso o, como se decía antes, que es lo que hace posible el progreso.

(Claro que después de años de disputas entre las cosas que son de Dios y las que son del César y de la ciencia, no ha desaparecido la pobreza, la desigualdad, el fanatismo, la violencia, el mal entendimiento entre culturas, la ignorancia, el analfabetismo y otras lacras que la ilustración prometió borraríanse del planeta. Peor aún, vivimos en un cochinero que dicen se está calentando y en que pronto será imposible vivir.)

Decantado por años de permanente y sistemática contribución ideológica, parte de la sociedad contemporánea ha construido un inspirador relato sobre el desarrollo de la ciencia, que incluye todas la adversidades y piedritas que han puesto en el camino sus enemigos —sobre todo hombres de fe—, quienes han sido amenazados por la simple y poderosa aparición de la verdad que se presenta cuando un científico de cualquier área del conocimiento tiene éxito. Para el ojo entrenado, dicho relato resulta cuando menos equívoco, si no es que mentiroso, mientras que para un gran público es un cuento que cuenta satisfactoriamente cómo, a lo largo de los siglos, se abrió el pequeño mundo del génesis para instalarnos, hoy día, en un universo finito pero indeterminado en el que supuestamente hemos aprendido a vivir sin dioses y demonios —aunque millones ha decidido vivir de acuerdo a la palabra de algún dios.

El autor de "El origen de las especies".

“El origen de las especies”.

Otro de los superhéroes imprescindibles que aparece en el programa de marras es Charles Darwin, quien con sus famosas reflexiones teóricas y su acuciosa labor naturalista entregó a la humanidad las claves necesarias para construir los argumentos más sólidos contra cualquier visión creacionista del mundo vivo, al tiempo que nos explica la biodiversidad que nos rodea. Para mostrar la fuerza de dichas claves, aparece nuestro anfitrión conversando con el científico evolucionista y divulgador Richard Dowkins, otro sabueso de la evolución cuyo carisma, inteligencia y pasión por el conocimiento han estado al servicio de defendernos de los argumentos que nos agreden insistiendo en que el hombre es creación divina. Cierto es que la evolución y el resto de las teorías biológicas desacralizaron la vida; ello ha sido fundamento de axiologías y formas jurídicas en occidente, dónde paradójicamente la vida no vale nada a menos que tengas suficiente dinero para hacer valer la tuya, y para comprar otras.

El anfitrión de nuestro programa no-favorito se despidió con la fe de que los estudios neurológicos llegarán a descubrir cómo es que el cerebro nos da una necesidad de religión: “cuando eso pase, ¿qué quedará para el cristianismo?” Y, ¿qué quedará para las ciencias ante las nuevas tecnologías de destrucción masiva y de sobreexplotación natural y humana? Quizás el deseo de que dios exista y nos de otra oportunidad.

6 Respuestas a “Ciencias religiosas

  1. Es fácil ponerse a hablar o criticar de ciencia sin entenderla. Como aquella vaca sagrada de la FFyL que encuna clase se puso a pontificar sobre la Teoría del Caos dándole el mismo significado popular que la palabra caos tiene. El objeto de la Ciencia, la natutaleza, con o sin Darwin, con o sin Newton, con o sin Dios, se comporta de una sola manera, el resto son discursos o llevar agua a un molino dado. No estaría mal leer lo que el autor de este artículo opine sobre la segunda ley de la termodinámica. Saludos.

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  2. Ahh!! esas viejas nostalgias que no nos dejan en paz!!!.. Rafael Guevara Fefer sería un excelente catedrático en esas lindas escuelas estadounidenses donde todavía se enseña la visión creacionista del mundo. ¿También el mundo académico de Guevara Fefer se habrá creado en 7 días?
    Saludos por haber creado este sitio donde dan cabida a plumas tan pero tan diversas…

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  3. Agradezco los comentarios y a su vez comento: cierto que la naturaleza está ahí, pero nosotros somos una parte de la naturaleza que a veces rezonga y pide comprensión de nuestra doble condición como biología y cultura.Antes era un fanático de la ciencia, veintitantos años después de vivir de estudiarla a través del tiempo, soy más fanático, sobre todo de Charles Darwin, sólo que ahora admiro la ciencia y trato de saber cómo se inventaron sus historias.

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  4. Lo mejor es que Darwin no brinda una explicación para el orgien de la vida, nos destruye la idea de inmutabilidad no quita el algo misterioso que la da sentido al mundo. Para mí la ciencia no está obligada a resolver los problemas del mundo simplemente es este proceso iterativo de acercamiento a la “realidad” que busca incrementar nuestra certidumbre sobre el devenir de los fenómenos que sentimos. Lo anterior por placer intellectual, por incremento en la calidad de vida o para los fines más horribles que podemos imaginar como humanistas, animalistas o plantimalistas.

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  5. Polémico texto de Rafael sobre la polémica entre creacionismo y evolucionismo. Entre la tesis del dogma y la antítesis de la ciencia: la síntesis del capitalismo tecnológico en que “la vida no vale nada a menos que tengas suficiente dinero para hacer valer la tuya, y para comprar otras.” ¿O al revés? Auxilio!!!

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