Comer en Jamestown

por Alicia del Bosque *

Un cráneo abierto a golpes. Un cráneo abierto para extraer, acaso succionándola, la materia viscosa que poco antes organizaba la vida de una mujer y que a partir de ese momento —muerta ella, roto él— debía servir para paliar el hambre de algunos de los sobrevivientes del invierno chesapeakeano. Fecha probable del triple suceso (muerte, fractura, alimento): año 1609 de la era común.

El hallazgo que la revista Smithsonian hizo público el miércoles pasado (véase aquí), y que muy pronto fue comentado por doquier —aquí Le Monde, aquí The New York Times, aquí The Guardian, aquí el History Channel, por ejemplo—, tiene sin duda algo de fascinante y de macabro. Pero en sí mismo no es mucho más que el reporte de una excavación arqueológica. Ni siquiera el malabarismo digital que permitió la “reconstrucción” del rostro de la muchacha es en realidad particularmente espectacular.

La víctima (Foto: Don Hurlbert; Smithsonian Institution.)

La víctima. (Foto: Don Hurlbert; Smithsonian.)

Que el cráneo provenga de uno de los asentamiento ingleses más antiguos situados en el actual territorio de Estados Unidos explica en parte el atractivo mediático del descubrimiento; a fin de cuentas, parece referirse a los orígenes mismos de la nación estadounidense. Por otra parte, el hecho de que se trate de un resto físico y no de palabras —como las palabras que desde la década de 1620 aludían a las dificultades extremas de los habitantes de Jamestown a poco de la fundación del pueblito— no hace sino confirmar el alto valor que todavía se atribuye a los objetos, a la materia.

De todas formas, es más o menos evidente que describir el suceso y su contexto como un acto de canibalismo ha sido en última instancia la clave del interés público. Para bien y para mal. Para bien, porque eso ha permitido equiparar lo que debe haber sido un momento de desesperación con las prácticas —no importa si imaginadas o ciertas— que durante siglos se emplearon para denostar a iroqueses, caribes y mexicas. Dicho de otra forma, llamar canibalismo a lo ocurrido en Jamestown en 1609 es una forma de justicia poética, pues de tajo remueve toda pretensión de superioridad moral que ayude a justificar el despojo y la explotación de los pueblos amerindios —así como el término sirvió a Roma para legitimar la destrucción de Cartago.

Para mal, sin embargo, “canibalizar” a tirios y troyanos no hace más que situar en el ámbito de la moral o de lo síquico un fenómeno —la antropofagia— que es a la vez más simple y más complejo. En primera instancia, porque la palabra caníbal no es una categoría de análisis sino un sintagma ideológico, y por ello no puede dejar de ser peyorativa —porque es moralmente repugnante.

Y, en segundo lugar, porque el campo semántico del término ha ido cambiando a lo largo del tiempo —como afirma Catalin Avramescu en An Intellectual History of Cannibalism, trad. de Alistair Ian Blyth (Princeton: Princeton University Press, 2009)— y, en consecuencia, emplearlo hoy con el sentido de hoy para describir un fenómeno de hace más de 400 años es más o menos anacrónico. Concretamente, porque hoy los caníbales son concebidos como el “producto de circunstancias particulares” como el hambre extrema o el desequilibrio síquico, y casi nada más.

El efecto de ambas circunstancias, por supuesto, es la exotización de una práctica, accidente o costumbre ininteligible si no se considera el contexto en el que se produce pero que, al mismo tiempo, no puede reducirse a una función de ese mismo contexto. En otras palabras, que el significado cultural de chuparle el seso a una mujer muerta, esconder en un refrigerador los trozos de un asesinado o hacer tamales con los restos de un guerrero sacrificado es fundamentalmente incomparable, puesto que sigue siendo, y acaso deba seguir siendo, hasta cierto punto misterioso, inefable —por más que en cada uno de estos casos lo que parezca estarse cometiendo es el acto más antinatural de todos.

Una respuesta a “Comer en Jamestown

  1. Realmente han ocurrido sucesos similares en esta época. Lo que se conoció como la tragedia de los Andes por un lado y más cercana otro evento en que para sobrevivir se hace lo mismo en otro desplome aéreo en Estados Unidos. Creo que los dos llevados al cine para fortuna de los morbosos. Por consiguiente, habría que contextuar estos hechos para tener un mejor panorama. Saludos.

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