por Fernando Pérez Montesinos *

El pasado 30 de abril, la Organización Europea para la Investigación Nuclear (conocida como CERN) anunció el lanzamiento de un proyecto para restablecer la primera “url” (Uniform Resource Locator) o lo que ha dado en llamarse la primera dirección web de la historia. Según el sitio oficial del proyecto (que puede verse aquí), fue en el CERN donde hace 20 años un equipo encabezado por Tim Berners-Lee desarrolló lo que entonces se decidió llamar la world wide web. Días antes de hacerse público este proyecto, el 18 de abril, otro anuncio daba a conocer la puesta en marcha de la Digital Public Library of America (DPLA), un acervo digital en línea con más de dos millones de documentos (textos escritos, iconográficos y de otra índole) disponibles públicamente para cualquiera en el mundo con acceso a internet. Los registros de esta nueva biblioteca cubren desde el año 1000 hasta 2013 y se espera aumenten conforme el proyecto se vaya consolidando (el sitio de la biblioteca puede verse aquí).

En 1993, muy pocos en el planeta tenían acceso a una computadora y eran todavía menos los usuarios de redes de comunicación en línea (arpanet, milnet y otras similares precedieron a internet). La cosa era asunto de militares, científicos e ingenieros. En la actualidad, la mayoría de la población mundial continúa sin poder hacer uso de las “tecnologías de la información y comunicación” (TIC). En particular, sólo un tercio de los hogares en el planeta tiene acceso a internet. Con todo, ese tercio constituye poco más de 2 400 millones de personas (los datos pueden consultarse aquí). Esta expansión ha sido numerosas veces advertida y comentada. Su magnitud y velocidad, sin embargo, no dejan de sorprender.

Fotograma de "El nombre de la rosa", de Jean-Jacques Annaud (1986).
La biblioteca de “El nombre de la rosa”, de Jean-Jacques Annaud (1986).

El surgimiento de la DPLA es, sin duda, un caso sobresaliente de cómo la transformación instigada por las TIC ha redundado también en cambios dentro del campo y profesión de la historia. En México, la Fototeca Nacional ha realizado un ejercicio similar al poner a disposición del público alrededor de 700 mil fotografías e imágenes que van desde 1847 hasta el presente (el sitio puede consultarse aquí). En general, los sitios en línea relacionados con el estudio de la historia se cuentan por cientos (tal vez miles). La gran mayoría de las revistas académicas especializadas en historia poseen un sitio en la red. Lo mismo puede decirse de los departamentos de historia en docenas de universidades. Muchos historiadores poseen sus propias páginas o llevan por su cuenta un blog. El Presente del Pasado es también un ejemplo de cómo investigadores, profesores e interesados en la historia se abren poco a poco un espacio en internet.

Pero, ¿qué es exactamente lo que ha cambiado y con qué consecuencias? Tal vez los cambios más notables se encuentren en la manera en que se almacena, presenta y circula la información. La digitalización, en principio, permite a los investigadores manejar un volumen de registros que antes simplemente hubiera sido imposible abarcar. La rapidez y facilidad de acceso a las fuentes también han cambiado. Hoy es posible, por ejemplo, tener acceso al documento original de la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano de 1789 (en esta página, patrocinada por el gobierno francés) sin tener que moverse del escritorio. También es posible valerse de fotografías, audios, documentales y todo tipo de registros sobre casi cualquier periodo histórico —registros que sirven de apoyo para la docencia—. Finalmente, la circulación de publicaciones y avances de investigación se ha hecho mucho más expedita; en potencia, los interesados pueden estar al tanto sobre el trabajo de estudiosos alrededor del mundo o conseguir información acerca de prácticamente cualquier tema.

Estos cambios son, sin duda, importantes y hasta avasallantes; sin embargo, no son necesariamente tan radicales como aparentan. Se trata de transformaciones que con frecuencia tienen ver sobre todo con los soportes y canales de la información y, en consecuencia, no significan un giro rotundo en los fundamentos del oficio de historiar. La digitalización ha intensificado y ampliado el largo proceso de racionalización de las sociedades que tanto obsesionó a autores como Weber y Foucault. La información se acumula, sistematiza, automatiza y recupera en un grado nunca antes visto. Con todo, la ampliación de las capacidades técnicas no libra a nadie de seguir rudimentos básicos como los que hace ya varias décadas enunciaba Marc Bloch: la información tiene que ser siempre verificada, nunca hay que creer sin más a los testimonios y las fuentes no dicen nada si no se las sabe interrogar.

Jean-Baptiste Michel y Erez Lieberman Aiden, a través de métodos matemáticos y computacionales, han analizado cinco de los 15 millones de libros hasta ahora digitalizados por Google (una demostración de su investigación puede verse aquí). El análisis de esta enorme masa de datos (500 mil millones de palabras) les ha permitido identificar de manera cuantitativa grandes patrones de cambio cultural a través de extensos periodos de tiempo. Se trata, no hay duda, de un análisis extraordinario y estimulante. Con todo, como los mismos Michel y Aiden advierten, la simple utilización de millones de registros no basta. La digitalización y automatización no garantizan por sí solas un resultado preciso. El más ligero cambio en la ortografía de una palabra o la más simple variación en la tipología de una letra pueden llevar a conclusiones erróneas. Hoy como ayer, se trate de uno o cinco millones de documentos, hay que seguir el consejo de Bloch: hay que saber cómo y qué preguntar, pues las fuentes, como sugería el historiador francés, “mienten”.

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