por Luis Fernando Granados *

El viernes por la tarde, en la Coordinación de Humanidades de la UNAM, se llevó a cabo una mesa redonda para discutir “El futuro de la investigación en humanidades en México”. El encuentro —organizado por Alicia Mayer, directora del Instituto de Investigaciones Históricas— forma parte de una serie de consultas que la Academia Mexicana de las Ciencias y el Conacyt está realizando a petición del Consejo Consultivo de Ciencias de la Presidencia de la República para que el gobierno de Enrique Peña Nieto diseñe su política científica.

Dos filósofos, una lingüista y un historiador —todos connotados, todos elocuentes— se encargaron de ofrecer un diagnóstico sobre el estado de sus disciplinas y, de manera más ambiciosa, sobre la función social de las humanidades en México. En conjunto, ofrecieron una apreciación que no por conocida es menos significativa, sobre todo en función del destinatario último de sus reflexiones: lejos de ser adorno, las humanidades son indispensables para comprender y transformar al país. Las intervenciones de Valeria Belloro, Gustavo Leyva y Mario Teodoro Ramírez merecen por supuesto un análisis en sí mismas; por razones obvias, sin embargo, prefiero detenerme aquí en lo dicho por Alfredo Ávila —aunque lo que sigue no es exactamente una reseña.

La presentación de Ávila es importante por varias razones. En primer lugar, porque su inclusión en la mesa lo convirtió de hecho en una suerte de portavoz de quienes nos dedicamos profesionalmente a la historia. En segundo lugar, porque se trata de un historiador que —además de contar con el reconocimiento de sus colegas— tiene alguna experiencia administrativa, lo que sin duda le ha dado una perspectiva menos pueril o incendiaria de los problemas que aquejan a la disciplina. En tercer lugar, y sobre todo, porque su diagnóstico es a la vez revelador y profundamente crítico —y eso que no hizo una sola mención al Sistema Nacional de Investigadores, que tanto daño ha causado a la práctica historiográfica en nuestro país.

El autor de "En nombre de la nación" (México: Taurus, 2002).
El autor de “En nombre de la nación” (México: Taurus, 2002).

Una primera constatación de capital importancia: la historia es una profesión extraordinariamente pequeña y por ello marginal. El cálculo de Ávila es que en México hay apenas 18 historiadoras por millón de habitantes, lo que debe querer decir —esto es, si no he cometido un error aritmético— que la comunidad historiográfica mexicana es un poco mayor de 2 016 personas. (En 2010, mientras tanto, el INEGI contó unos 12 millones de personas con “nivel profesional”.)

De más está decir que sólo una muy pequeña minoría de las historiadoras graduadas se dedica a la investigación y la enseñanza universitaria (como es fácil inferir comparando el breve número de profesoras-investigadoras con los 200 estudiantes poco más o menos que entran cada año a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM). El país cuenta apenas con una veintena de programas de posgrado y produce anualmente menos de 50 doctores en historia, concentrados además en dos instituciones: la UNAM y el Colmex, alma mater de 30 de ellos en 2008 y de unos 20 el año pasado. (Para quien quiera sacar conclusiones comparativas, Ávila mencionó que Brasil cuenta con 63 programas de posgrado en historia.) Lo paradójico de esta situación es que el mercado laboral para quienes han alcanzado el grado académico terminal está virtualmente cerrado; esto es, que —pequeña como es— la oferta de historiadoras profesionales es mucho mayor que la demanda de profesoras-investigadoras universitarias.

Conviene aclarar que estas cifras son más indicativas que demostrativas porque, como también recordó Ávila, no existe información estadística confiable —entre otras cosas porque México carece de una asociación profesional de historiadoras como la estadounidense American Historical Association—. Pero sin duda ayudan a poner las cosas en perspectiva, al menos respecto de dos asuntos fundamentales.

Por una parte, el problema de la formación profesional. Como sabe casi todo el mundo —y en este espacio evidenció Huitzilihuitl Pallares Gutiérrez hace unos meses—, la formación de las historiadoras no guarda relación con las exigencias del mercado laboral. Dicho de otro modo,  las universidades siguen formando investigadoras —y, por cierto, con una muy incipiente formación pedagógica— cuando que sólo entre el 10 y el 20 por ciento de sus egresadas consiguen dedicarse a la enseñanza universitaria, que es el único ámbito donde puede hacerse investigación. Un solo curso anual de enseñanza de la historia, y  un seminario ocasional sobre divulgación museística, es sin duda mucho menos de lo que necesita la profesión realmente existente.

Por la otra, el problema —tanto o más grave— de la endogamia disciplinaria: el hecho de que casi todas las instituciones mexicanas sean autótrofas, o sea que empleen a sus propios estudiantes y publiquen casi exclusivamente a sus propias investigadoras. (Como botón de muestra, Ávila mencionó su propio caso —un ex alumno de la UNAM empleado por la UNAM—, así como el hecho de que el 80 por ciento de los profesores del Colmex son egresados del Colmex [véase la aclaración de Ávila en la sección de comentarios, donde se corrige para decir que se trata de los nuevos profesores nada más].) Eso quizá implica que en realidad no existe una comunidad historiográfica en México, sino más bien un conjunto fragmentado de feudos académico-profesionales. Pero esto en realidad es una discusión semántica: el problema de fondo es que el aldeanismo de las culturas académico-historiográficas mexicanas es un obstáculo formidable para la innovación disciplinaria y para la diversidad del mercado editorial historiográfico.

Naturalmente, la ponencia abordó otros muchos asuntos de los que no puedo ocuparme aquí. Y aunque es sin duda posible que Alfredo juzgue incompleta —o parcial— mi “escucha”, de lo dicho por él extraigo dos conclusiones preliminares. Primero, que las universidades no están cumpliendo el papel que se han adjudicado como generadoras de nuevo conocimiento y profesionales socialmente útiles. Y segundo, que es indispensable preguntarse —desde la sociología antes que desde de la historia o el “sentido común”— si dos mil historiadoras son menos o más de las que el país necesita, sobre todo a la luz de un otro dato ofrecido por Ávila: en Estados Unidos —el país “sin historia”. como dice el lugar común— hay 90 historiadoras profesionales por cada millón de habitantes.

11 Comments

  1. Querido Luis Fernando:
    Tu “escucha” no fue incompleta ni parcial. Sólo quiero agregar dos cosas: un comentario y una fe de erratas, de la un me di cuenta al leerte. Lo primero, sé que mucha gente desdeña las comparaciones con Estados Unidos. Por ello, también creí conveniente hacer alguna con Brasil y con Argentina. En Argentina hay 34 programas de posgrado, es decir, muchos más que en México, pese a ser un país con menos de la mitad de nuestra población. Respecto a lo segundo: recordarás que el ejemplo sobre los grados de endogamia lo hice como un comentario marginal. En el caso del Colegio fui inexacto. Cuando elaboré mi presentación investigué cuántos académicos eran egresados de las instituciones en las que trabajan (en una selección de catorce facultades, institutos y centros), pero también intenté ver tendencias en las contrataciones más recientes. En el CEH del Colegio trabaja un 36 por ciento de sus antiguos estudiantes. Fue en las recientes contrataciones de personal en las que pude ver una tendencia clara a recuperar a sus egresados.

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  2. Éste es un buen espacio para reflexionar acerca del tema planteado por el historiador Luis Fernando Granados, y sobre muchas de las cuestiones relacionadas con su colaboración. Es interesante la consideración del papel del historiador en la sociedad, también de la necesidad de su presencia en la misma, pero, al tiempo, es esencial analizar las diferentes posibilidades que se brindan en nuestras estructuras sociales, económicas y culturales, lo que los gobiernos deciden, pues son los que finalmente orientan ‒independientemente de la vocación que presida la elección del futuro profesional. Las carreras de Humanidades, específicamente la de Historia, han quedado casi limitadas a la salida docente e investigadora, aunque considero que se debe a un mal enfoque extendido desde la propia universidad.
    Planes de estudios como el Bolonia, muestran con sus fortalezas y debilidades el protagonismo en la Convergencia Europea de la Enseñanza Superior, además de indicar la importancia que se ha concedido en lo que marcarán las competencias y necesidades de las nuevas sociedades del presente y ya inmediato futuro. En este contexto, observamos cómo las Humanidades, las Ciencias Sociales y Jurídicas, ámbito de encaje de la Historia, quedan postergadas, al punto que estudios realizados alertan del problema que supone el actual desajuste entre la oferta y la demanda en algunas de estas licenciaturas. ¿En épocas de crisis, como la que actualmente destroza a España, es normal y conveniente que haya más titulados en Historia que en las diversas ingenierías que se ofertan? El propio ministro de Educación, Cultura y Deportes, José Ignacio Wert, alerta que sea precisamente un 50% de las materias de las áreas sociales y jurídicas las que tienen mayor demanda. Ello constituye un problema, por no hablar del asociado a la salida profesional de las mismas. Pero si ésta fuera la única cuestión, lo que habría que hacer es encaminar también las diferentes vías de salida de profesionales que, en el caso de la Historia, disciplina que nos interesa y a la que refiere el autor del artículo, habría que plantear cuáles son esos campos de salida profesional, si la Universidad responde a esas nuevas necesidades, si forma en esta área convenientemente y si cambia algunas de las opiniones que indican que un país como España no necesita mil historiadores, pero sí mil ingenieros. La situación mexicana en la que Luis Fernando acusa la necesidad de aumento de las historiadoras especialistas, incidiendo en el género, también incurre en esa idea que ronda en mi cabeza sobre cómo un país como México con una profunda carga histórica, con un patrimonio histórico y cultural de vértigo, con unos museos que podrían ser una buena referencia en el mundo ‒como de hecho lo son muchos de ellos‒, debe replantear la reorientación de sus egresados, sin duda mucho más escasos por formación universitaria y oferta de posgrado, que lo que el mundo laboral requiere.
    Otro tema muy interesante de la colaboración es el que hace referencia al Sistema Nacional de Investigadores de México, que posiblemente podemos comparar con los tramos investigadores de la universidad española, que presiona al investigador al punto de desvirtuar la verdadera necesidad y rigor académico de la investigación histórica. Todo ello me hace pensar que para conseguir un poco más de equilibrio, la Administración, la Universidad, los centros de investigación y los de docencia en general, deben empezar a trabajar de forma coordinada, al unísono, ya que sus objetivos tienen frentes muy comunes. La necesidad de adecuar la Historia, sus enseñanzas, aprendizajes, líneas de investigación, herramientas, posibilidades de formación profesional superior y sus posibles encajes laborales, son cuestiones necesarias a la nueva sociedad de hoy.
    En fin, son muchas cuestiones que me hacen alargar esta opinión; soy consciente de la necesidad de una limitación, no obstante, me permito felicitar al historiador Granados por abordar estas temáticas que nos incumben en este presente en que la vocación sobrevive a duras penas, sobre los intereses puramente economicistas, aunque éstos constituyan una realidad necesaria para la propia pervivencia de la disciplina y sus investigadores.

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    1. Fue una gran disertación acerca de comparar los sistemas mexicanos y españoles. Fue casi como un artículo para la página, nos daría mucho gusto que nos propusieras un texto en estos términos para publicarlo en esta web. Gracias por ser nuestra lectora y espero seas también participante.

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  3. La ponencia de Ávila decía “historiadores”. Yo estoy aprendiendo a decir “historiadoras”. En ambos casos se trata del gremio en su conjunto. Para entender un conjunto genérico cuando se emplea un término en femenino, preguntar a cualquier mujer, que ellas saben bien cómo reconocer que se dice la humanidad cuando se dice “el hombre”.

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    1. Sé que se trata de la forma pero es importante comentar la práctica de sustituir el genérico “historiadores” por “historiadoras” sobre todo en materia de lenguaje, culturas políticas y representaciones sociales. En lo personal, y siguiendo el ejemplo que alguna vez le escuché al filólogo Antonio Alatorre, no veo problema en decir “historiadores” porque la “e” final adquiere cierto matiz neutro en el habla cotidiana, el problema sería que dijeramos “historiadoros”, tal vez ahí sí sería conveniente interpelar con el morfema “historiadoras”. El maestro Alatorre proponía, no exento de ironía, que para los casos en que se aludiera de modo genérico a hombres y mujeres con vocablos masculinos se sustituyera la “e” por la “o” final: ejemplo: para el Día del niño mjor sería decir Día del niñe. Saludos y felicidades por él sitio web.

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  4. Tal vez tenga razón, pero ahora los nuevos endes egresados de cualquier institución del país, son sólo reproductores de un pensamiento acrítco desde el presente y por lo tanto no tienen una formación historiográfica, eso me apena mucho como profesor-investigador que soy de la buap, el compromiso se ha perdido y muchos profesores de esta institucion a nivel medio superior y superior no les importa los problemas, sociales, políticos, económicos y mentales de una época tan dificil como la nuestra, sino la enseñanza de la historia se ha convertido en una simulación y esta simulación de la enseñanza de la historia no nos ha hecho reintepretar y hacer comprender la historia desde nuestro presente, porque los prof de ahora viven enajenados por las fechas fecheras y los grandes personajes inventados por la historia oficial que ha hecho mucho daño a la nación mexicana, y tambien hay un si fin de desvergonzados y tipos que no son historiadores queriendo enseñar historia, cuando son unos simples abogados.
    Por eso la educación en México no avanza, porque la enseñanza de la historia ha sido prostituida por tipos como estos

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