por Dalia Argüello *

En otras ocasiones, en este espacio se ha insistido sobre la relevancia de estudiar el pasado reciente y lo pertinente que sería que los historiadores participáramos activamente en el análisis social utilizando herramientas conceptuales y metodológicas de nuestra disciplina. Igual de adecuado sería que los historiadores docentes llevemos al salón de clases estos temas de historia reciente para la problematización y el debate.

En su artículo “Memorias recientes y pasados en conflicto: ¿Cómo enseñar historia reciente en la escuela?” —Cultura y Educación, 20: 2 (2008): 201-215—, Mario Carretero y Marcelo Borrelli reflexionan acerca de la tendencia creciente por rescatar política y académicamente eventos traumáticos que han marcado la historia contemporánea de diversos países. Para estos autores, la historia contemporánea o reciente es un campo en construcción, abierto a partir de un contexto mundial de globalización, que ha puesto en duda la centralidad de los estados nacionales y su legitimidad, así como del surgimiento de la sociedad civil como actor político. Carretero y Borelli destacan algunos ejemplos de países que han buscado en el pasado reciente una manera de fortalecer o recrear identidades en el presente, como Estados Unidos, Rusia, China, España, Chile y Argentina, los cuales, aunque no son los únicos, han otorgado a la escuela un notorio papel para difundir entre la población una cierta visión que apoye posturas e intereses actuales. (El artículo está aquí.)

Pensar en la historia reciente de un país puede utilizarse de diferentes maneras: como catarsis a nivel social; como un paso para resarcir a las víctimas y deslindar responsabilidades; como precondición para la estabilidad del sistema democrático e incluso como recurso ideológico para refundar los valores democráticos en los que se basan los regímenes actuales.

Sea cual sea la condición particular de los diferentes países y los hechos que constituyan su pasado, cuando una sociedad recurre al estudio de la historia contemporánea lo hace a partir de los problemas a los que se enfrentan en el presente; es decir, motivada por los conflictos que siguen latentes y causan inestabilidad. La manera cómo lo hagan y sobre todo los alcances que pueda tener, así como las acciones a las que conduzca esta apropiación del pasado reciente, dependerá de la perspectiva con la que se mire; esto es, estará íntimamente ligada a la relación entre las distintas fuerzas políticas, la orientación ideológica y por lo tanto al horizonte de futuro que cada sociedad imagine.

Por esta razón, los temas de investigación no sólo responden a criterios disciplinarios y académicos sino también a las preguntas y cuestionamientos que la sociedad civil realiza sobre su pasado cercano. En este sentido, existe una vinculación entre la historiografía académica y la memoria colectiva, y debería estar también estrechamente unida con la historia enseñada en las escuelas, pues la investigación y la enseñanza son, o deberían ser, fases consecutivas e interrelacionadas de un mismo proceso de conocimiento histórico.

Henry Kissinger en los años setenta. (Foto: Harvey Georges.)
Henry Kissinger en los años setenta. (Foto: Harvey Georges.)

Hace unos días se ha abierto una ventana de inmensas posibilidades para los historiadores docentes. El sitio Wikileaks ha difundido más de 1.7 millones de nuevos documentos  clasificados de Estados Unidos, que abarcan de 1973 a 1976, identificados como “The Kissinger Cables”. Estos documentos están disponibles en el subsitio “Public Library of US Diplomacy” de Wikileaks.org.

La oportunidad de que los profesores de historia de México superen el tan criticado “sistema métrico sexenal” con el que usualmente se divide el programa de estudios desde Ávila Camacho hasta nuestros días es más factible si cambiamos el tedioso resumen de las acciones de cada presidente y nos acercamos a la investigación de otras fuentes para construir, junto con los alumnos, nuevas interrogantes.

Los cables de Wikileaks son fuentes diplomáticas que muestran algo sobre las relaciones entre EU y México; no son reflejo fiel de lo que “verdaderamente ocurrió” ni documentos neutrales garantes de objetividad en la investigación. Lo que sí pueden ser es una puerta muy grande para involucrar a los alumnos en la crítica de fuentes y, sobre todo, en el debate de los temas del pasado reciente que aún siguen presentes.

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