por Fernando Pérez Montesinos *

Las siguientes líneas buscan sumarse a —más que criticar— las preocupaciones señaladas por Carlos Betancourt Cid en su reciente colaboración (10 de abril, 2013) y a las que otros participantes de este blog han expresado anteriormente con respecto a la divulgación del conocimiento histórico. La brecha entre académicos y lectores no es exclusiva del campo de la historia. Sociólogos, politólogos, filósofos y otros muchos dentro de las ciencias sociales y las humanidades tienen los mismos problemas que los historiadores para conectar con públicos más amplios. Quizá, incluso, muchos más. Biólogos, físicos y químicos (tal vez con mayor éxito) tienen también que lidiar con la misma dificultad. Se trata, sin duda, de una cuestión general que atañe a la academia en su conjunto.

Jacques-Louis David, "La muerte de Sócrates" (1787). Museo Metropolitano de Arte, Nueva York.
Jacques-Louis David, “La muerte de Sócrates” (1787). Museo Metropolitano de Arte, Nueva York.

Acortar la distancia entre academia y sociedad, cabe señalar, no depende enteramente de lo que los historiadores y otros académicos puedan hacer individualmente. Hay límites materiales que condicionan la divulgación. Cientos de notas al pie de página casi nunca encuentran buena cara en las editoriales comerciales. El sistema de incentivos a la investigación, como señala Carlos, fomenta la especialización, y la especialización, casi por antonomasia, es sinónimo de un número muy limitado de lectores. Los libros impresos, en general, tampoco son muy populares en el país. Según una encuesta reciente, en promedio se leen en México tres libros anualmente y quienes leen constituyen menos de la mitad de la población mayor de 12 años (el 46.2 por ciento). Más de la mitad de los encuestados para este estudio (el 56 por ciento) dijo tener entre uno y diez libros en su casa; con suerte, mucha suerte, uno de esos libros puede ser de historia (sobre el tema remito a la colaboración de Kenya Bello en este espacio; la encuesta puede verse aquí).

La cosa se complica cuando observamos que muchos dentro de la academia parecerían estar bastante satisfechos con el actual estado de cosas. En un país de marcadas desigualdades, la brecha que existe entre investigación y público otorga cierto grado de distinción y prestigio; separa a los iluminados del resto. Por supuesto, fuera del aula, en la vida cotidiana, este poder es ilusorio (sobre todo en las humanidades). Desafortunadamente, es común que profesores e investigadores ostenten sus títulos académicos como si se tratara de títulos nobiliarios. No es sólo, como apunta Carlos, que la especialización termine por crear grupos cerrados en los que sólo los entendidos pueden participar. Muchas veces se trata llanamente de cubrir una profunda incapacidad para transmitir de forma clara y sencilla lo que supuestamente hemos aprendido.

Lo que es más, en ocasiones los profesores e investigadores hablan entre sí no sólo porque no pueden entenderse con nadie más, sino porque en realidad no tienen mucho que decir. Los lectores (por pocos que sean) no se acercan a la historia o la antropología o a cualquier otra disciplina parecida porque los estudiosos a veces tienen muy poco que ofrecerles. No es tanto que se trate de temas densos y aburridos. Estoy convencido que, bien presentado, un estudio sobre los exvotos en San Juan Acatitla durante el periodo borbónico (por dar un ejemplo arbitrario) puede muy bien ser atractivo y de interés general. Se trata, desgraciadamente, de falta de calidad. De ahí también la notoria resistencia (casi miedo) de muchos a compartir su trabajo, ya no digamos con el público en general, sino con los que supuestamente son sus pares. Sin crítica no hay producción real de conocimiento. La soberbia también es pura inseguridad. Hace falta trabajar la forma, pero también el fondo.

Por supuesto, la forma importa e importa mucho. La divulgación tiene hoy en la llamada revolución digital un conjunto de medios que potencialmente multiplican el alcance de los contenidos académicos. Ciertamente, el acceso a las computadoras e internet sigue siendo un asunto sumamente desigual (según la encuesta arriba referida, en México sólo el 43 por ciento del total de la población tiene acceso a internet). La vía digital es, en efecto, sólo una entre muchas otras que pueden utilizarse. También es cierto que los lectores de historia y otras disciplinas académicas seguirán siendo, dadas las condiciones actuales, más bien modestos. Con todo, si de lo que se trata es de comenzar a romper el círculo cerrado de la especialización y el elitismo, resulta por demás adecuado (y hasta necesario) explorar y familiarizarse con los lenguajes, formatos y públicos propios de los “nuevos” medios. De hecho, de lo se trata es de “crear” ese público. El Presente del Pasado es un pequeño pero significativo paso en esa dirección.

3 Comments

  1. Creo que olvidó mencionar a esos autores que al escribir, como no queriendo, deslizan comentarios referentes a las universidades a las cuales han asistido a impartir o recibir cátedra, los idiomas que hablan, sus relaciones personales, etc. y, al citar bibliografía, incluyen largos listados para que el indocumentado lector quede aplastado por la sapiencia del escritor.

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  2. Ignoro las fuentes autorizadas por las que apoyas tus argumentos. El caso es que la ocasión en que se dio una amplia difusión al conocimiento en “la calle”, si no es que la única, fue cuando se implementaron las brigadas de profesores con Vasconcelos en la época cardenista. Esto dejó buenos paradigmas de los cuales puedo mencionarte el programa “La sinfónica a la calle” que instrumenta “actualmente” la OSN así como en algunos lugares la Compañía Nacional de Ópera. En otra rama y sin ser historiador, Germán Dehesa articulaba sus talleres de lectura con labores intelectuales y hasta actoriles. Y en la ciencia también hubo y hay gente que hace una gran labor de difusión “en la calle”. No digamos los servicios sociales con dosis de pragmatismo que realizan las disciplinas técnicas de las grandes instituciones (yo no he visto historiadores o filósofos haciendo un servicio social en alguna ranchería de México). Pero…¡ah! el pero, ¿a dónde andan los historiadores?, ¿cuántos historiadores o filósofos son conocidos fuera de los muros de la academia? Ingenieros, financieros, doctores se hallan hasta en las brigadas de profesionistas sin fronteras. ¿Pero historiadores?
    Solo respondo a las preguntas que ustedes se hacen respecto a su disciplina. Justificaciones puede haber muchas y una observación que no coincida con sus argumentos puede tomarse como ofensa. El caso es que de seguir como vienen tendrán los resultados que hasta ahoran han tenido. Saludos y suerte.

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