por Carlos Betancourt Cid *

En una colaboración reciente en este espacio de reflexión, Pedro Salmerón Sanginés —uno de sus principales impulsores y quien me invitó inicialmente a participar en él— remata su crítica postura con una tercia de preguntas que, sin duda, deben ocasionar cierto resquemor entre todos aquellos que nos dedicamos a investigar y difundir el conocimiento sobre el pasado. Con cierto aire de desconsuelo, Salmerón nos cuestiona: “¿por qué a numerosos lectores interesados en historia les tiene absolutamente sin cuidado lo que hacen y lo que opinan los historiadores profesionales?, ¿qué hemos hecho los profesionales para conseguir ese desdén?  Es decir, ¿tiene sentido la profesión u oficio de historiar?”

En efecto, poniendo el dedo sobre la llaga, se evidencia el divorcio que existe entre la gente común que está atraída por lo acontecido y el círculo, bastante elitista y ensimismado en su propio torbellino, de los llamados profesionales de la historia. Hay que decirlo claro, tal y como Salmerón lo pide: los lectores no se interesan por nuestras investigaciones porque ellas están elaboradas para entenderse solamente entre “colegas” y con motivaciones que a veces se extralimitan de lo que, en sentido estricto, se puede llamar “generación del conocimiento”. Así, la producción historiográfica profesional se circunscribe a una ejecución endógena, que no abandona fácilmente los espacios de los investigadores y arriba a la página en revistas especializadas o compilaciones editoriales que no son de fácil acceso para la mayoría de las personas.

Además, la acendrada especialización ha conducido a que una buena parte de los artículos académicos se construya con la intención de obtener las puntuaciones requeridas para la permanencia en sistemas de apoyo gubernamentales. Lo cierto, asimismo, es que los historiadores ya casi no escriben libros de gran envergadura, que les ocuparían muchos años de investigación; por lo tanto, se concretan a entregar resultados reducidos de sus pesquisas que, por supuesto, aportan mucho para el campo de observación de temáticas específicas pero que no trascienden más allá del intercambio entre especialistas. En este sentido, una “moda” (por llamarlo de algún modo) ha sido en épocas recientes solicitar a los colegas, casi siempre amigos cercanos, que colaboren en obras colectivas en las que el coordinador aparece como autor —aunque en ciertas ocasiones no aporte más que el prólogo del libro.

A. Carracci, "El cíclope Polifemo" (1595-1605). Palacio Farnese, Roma.
A. Carracci, “El cíclope Polifemo” (1595-1605). Palacio Farnese, Roma.

En cambio, los escritores no académicos que —para decirlo en lenguaje coloquial— “nos están comiendo el mandado” publican libros de gran tamaño en editoriales que cuentan con excelentes campañas y medios de distribución, pero que resultan ser trabajos narrativos, profusos en licencias literarias, donde la forma se pelea con el fondo. Es decir, sueltan su pluma e imaginación sin preocuparse por fundamentar lo que asientan, pero consiguiendo, entre la gente común, un prestigio que aprovechan para presentarse en los medios de comunicación como autoridades, aunque sus presuntos análisis históricos sufren de la falta de rigor que tanto preocupa a los historiadores formados profesionalmente.

La propuesta es sencilla: aprendámosles la forma y corrijámosles el fondo.

Y finalizo con una respuesta más a las preocupantes y certeras indagaciones de Salmerón: claro que vale la pena nuestro oficio, pero es necesario —él es un ejemplo claro de que vamos por el camino correcto— acercarse a la gente y descender en definitiva del pedestal del académico, para colocarnos en un lugar más cercano a la realidad y poder aportar lo que nos toca en este difícil derrotero que se conoce como la divulgación de la historia, ahora dominado por reyes tuertos en un país de ciegos.

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