Desaparecidos de la revolución

por Israel Vargas Vázquez *

A poco más de cincuenta metros de altura, el mirador del monumento a la revolución me permitió observar al jefe del ejecutivo rodeado por miembros del estado mayor y demás camarilla oportunista. Sus acarreados, detrás de los barandales cansados del calor de medio día, no se detuvieron a saludarlo como en los tiempos de campaña. Observar desde ahí al presidente latinoamericano más impopular del momento me llevó a reflexionar sobre lo que el monumento difunde a la altura de sus cimientos.

Como una catacumba, casi a escondidas, una tiendita en la base del elevador vende baratijas con imágenes de los “héroes” revolucionarios y también de los “villanos”: mouse pads, ceniceros, cojines y llaveros con la forma e imágenes de Díaz, Madero, Villa o Zapata abarrotan los estantes. La revolución se vende, se vuelve un producto reducido a los personajes que los jóvenes ven en sus clases de historia de México.

Mi reencuentro con el monumento, después de años de despreciarlo, fue tremendamente amargo. Ver a una multitud de personas formarse para comprar un “recuerdo” de su visita, como en cualquier sitio arqueológico de la república, se me hizo tan vacio e incómodo como el propio discurso de Peña que escuché a lo lejos. Esto me hace pensar en la simplificación comercial, y plástica, de lo que han sido personajes, sucesos, edificios y hechos históricos. Se ha vuelto más atractivo tener un “recuerdito” material de un momento histórico que tratar comprenderlo. Ese recuerdito es sólo lo que lo representantes del poder han querido que veamos (y no digo observar porque ya es mucho pedir): me refiero a los mismos personajes, a los mismos héroes, y no a los luchadores de a pie, a los desaparecidos de la historia.

La exposición Contra la colonización de la mirada, curada por Miguel Ángel Berumen en el museo subterráneo, trata de todos esos desaparecidos o, mejor dicho, encubiertos por la historia caudillista. Nos narra cómo fueron tomadas ciertas imágenes del inconmensurable archivo de los Casasola para representar a la revolución, y cómo con el tiempo estas imágenes se convirtieron en los iconos más representativos, en las referencias visuales más significativas para la población. Como efecto colateral, cientos de miles de personas fueron relegadas de su presencia en este movimiento armado. Tratando de reivindicar a estas personas “desaparecidas”, Berumen recupera el trabajo de muchos fotorreporteros que trabajaron el mismo proceso social y muestra algunas fotografías inéditas o desconocidas para el ciudadano común. (Aquí un acercamiento general de la exposición, de la revista Cuartoscuro.)

La imagen icónica de la exposición.

La imagen icónica de la exposición. (Colección Gabriel Flores.)

Lo que el curador pretende es combatir un monopolio visual, algo que él llama “colonización” de nuestra forma de representar la revolución: la casi automática imagen de Madero a caballo, la adelita asomándose desde el tren o el jovencito armado y vestido con uniforme de federal. Combatir esta visión única de la revolución es una buena propuesta. Sin embargo, se queda lejos de provocar una reflexión diferente acerca de lo sucedido. Sumar a las fotos de Casasola otras fotos de otros archivos no alcanza para derruir ese imaginario social que nos construyeron en la educación básica y media superior. En un esfuerzo por enseñarnos cómo nos han introyectado la idea del héroe caudillo, la exposición termina por llevar a la gente más fotos; es decir, no presenta una nueva propuesta para el análisis visual de las imágenes, comparable al que, magníficamente, John Mraz nos muestra en su libro Fotografiar la revolución mexicana: Compromisos e iconos (aquí la breve presentación que Ricardo Pérez Montfort hace del libro en Cuartoscuro, 114 [junio-julio, 2012]: 61-63).

Para entender esta necesidad de plantear uno (o varios) discursos diferentes para criticar nuestra idea fotográfica de la revolución, tal vez lo primero que debemos entender es que más fotografías mostrando a Villa y Zapata en último plano (casi diminutos), o de colgados, o de montones de cadáveres incendiándose no va a resolver la “colonización de la mirada”. El curador tiene buenas intenciones, pero poco impacta en el público que visita esta mini exposición, pues incluso su lugar en el museo es metafórico: en la parte de atrás de la exposición permanente, de los personajes y los hechos que si son importantes. Arrumbados allá atrás, los recuerdos de miles de desaparecidos de la historia encuentran una otra, nueva tumba.

¿Por qué vale la pena intentar recuperar a los desaparecidos? Precisamente para entender que la revolución, así como otros procesos históricos, fue hecha por personas comunes y corrientes con aspiraciones, deseos y esperanzas para dotar a su vida de significado. El hecho de que su imagen no sea tomada para convertirse en un producto de marketing, como ha sido la de los “héroes”, no significa que sean menos importantes. Incluso su propia recuperación, bajo un carácter crítico y propositivo, nos ayudaría a contagiar el ansía por comprender la historia en vez de sólo comprarla.

* Maestría en Docencia para la Educación Media Superior, UNAM

Una respuesta a “Desaparecidos de la revolución

  1. Mis más sinceras felicitaciones por haber dejado los muros de la academia para darse un baño de pueblo que muy pocos historiadores hacen quedándose a pontificar desde los muros de las sagradas y pontificias universidades.
    Y más gusto me da que trate de conectarse con la realidad para entender lo que ocurre afuera: simpatía por nuevos personajes abandonando a los antiguos símbolos de poder históricos ya anquilosados y en cierto modo caducos; nueva actitud de masas ante una realidad lacerante que obliga a actuar más a corto plazo; revitalización de elementos de supervivencia y manipulación ideológica de medios masivos de comunicación.
    Uasted intenta recuperar aquello que, a un siglo de distancia, ahora sirve para dar de comer a historiadores, maestros e investigadores. Tal pareciera que después de eso “cien años de soledad” y si es así, pues seguiremos con otros cien.
    Creo que hay más personajes, si de ellos se trata y muchos hechos para documentar la lucha que se hace a diario en este país. La revolución murió pero el pueblo sigue aquí.
    Espero siga saliendo a ver, a mirar, a sentir, a sensibilizar y darse cuenta de lo que ocurre para después pasar a la acción y no se quede ponrificando frente a los pizarrones y peleando por la pertenencia a un grupo universitario que llegue a la dirección de alguna facultad.
    Saludos y nuevemente… mis más sinceras felicitaciones.

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