por Rafael Guevara Fefer *

Cuando Sarmiento consumó su obra educativa en la Argentina, primero se aprendió de memoria a Horacio Mann; en seguida, por si algo se le olvidaba, acarreo con dos o trescientas maestras norteamericanas y las estableció en las pampas. Más tarde y por la misma época en que yo trabajaba en México, Leguía contrató para el Perú no sé cuantos maestros y un director de Norteamérica. Pero el caso de México no era el mismo. México tuvo universidad antes que Boston, y bibliotecas, museos, diarios y teatro antes que Nueva York y Philadephia. En México basta con rascar un poco el subsuelo para que aparezcan los brotes de la vieja cultura enterrada por la barbarie de los gobiernos. Y a pesar de esta barbarie nunca han faltado entre nosotros personas enteradas, profesionistas que han completado en Europa y Norteámerica su aprendizaje:  José Vasconcelos, desde su Desastre

El farmacéutico Alfonso Herrera Fernández (1839-1901) fue un promotor de su profesión y un científico “bien enterado” de las novedades de su tiempo, las que pertenecían a una doble tradición: la suya, la de los mexicanos, y la de los científicos universales, o digamos trasnacionales, o si  se prefiere cosmopolitas tal como dicen los expertos que deben ser los científicos. Fue un pilar de la tradición científica en nuestro país. Basta, como sugiere Vasconcelos, “con rascar un poco el subsuelo para que aparezcan los brotes de la vieja cultura enterrada por la barbarie de los gobiernos”, y basta con excavar entre las diversas, divergentes y múltiples fuentes disponibles en nuestro territorio, propias de las historiografías de la ciencia y de la educación, para que emerjan héroes como el naturalista Alfonso Herrera.

De entre su diversa y profusa trayectoria —docente, institucional, académica, gremial, profesional, filantrópica y patriótica—, en esta ocasión me voy a referir a su labor en la Escuela Nacional Preparatoria, tema que alguna vez llamé, parafraseando a Tomás Granados Salinas, “un olvido memorable”. Porque a pesar de que la documentación que existe sobre los momentos más gloriosos de la Escuela Nacional Preparatoria señala a un tal Alfonso Herrera Fernández como el artífice de tal gloria, se le conoce poco o se le ignora.

La vieja Escuela Nacional Preparatoria
La vieja Escuela Nacional Preparatoria

A pesar de haber sido el director que sus sustituyó a Gabino Barrera, y de haber logrado que la prepa —en opinión del general Ulysses S. Grant— fuera el primer colegio de América, ningún plantel de dicha escuela lleva su nombre, a diferencia de los directores anterior y posterior a él. Por otra parte, en las conmemoraciones preparatorianas y unamitas brilla por su ausencia, opacado por nombres como Justo Sierra o Gabino Barreda. Al afable profesor Herrera corresponde haber llevado a la realidad escolar las fantasías pedagógicas y filosóficas de Barreda, con la ayuda del Ministerio de Instrucción Pública, con la venia presidencial, la colaboración de los profesores disponibles y dispuestos, el prefecto superior, la secretaria, los cuatro prefectos, el mayordomo, le médico del plantel, los dos bibliotecarios, los dos escribientes, el conserje, el portero del patio grande y el del patio chico, el barrendero, el jardinero y le peón que le ayudaba, los mozos que colaboraban en las clases teórico-prácticas, los preparadores de los laboratorios y, por supuesto, el inspirador entusiasmo de los jóvenes escolapios.

A estos últimos Herrera les decía en una ocasión difícil: “Que esto [ENP] se conserve depende absolutamente de ustedes; la vigilancia, la represión serían vanas en este caso; sólo ustedes pueden cuidar de este amable y pequeño tesoro, a ustedes lo confío” (Justo Sierra, “Los niños presidiarios y Facundo”, en Obras completas, volúmen VIII, La educación nacional [México: UNAM, 1977], p. 145, visto en Lourdes Alvarado “Saber y poder en la Escuela Nacional Preparatoria, 1878-1885”, en Margarita Menegus, Saber y poder en México, siglos XVI-XX [México: CESU-Porrúa, 1997], pp. 245-274).

Este naturalista perteneció a una generación de intelectuales decimonónicos que tenían fe en que México tenía civilización por tener un pasado científico, el cual le permitiría progresar. Aquellos científicos iban más allá: a la ciencia se la puede desarrollar con políticas adecuadas y con acciones de promoción razonadas a partir de nuestra circunstancia y desde nuestra tradición, para mejorar la situación de la sociedad misma. Con tal creencia, el profesor Herrera y algunos de sus colegas logran innovaciones en la Escuela Nacional Preparatoria, la Escuela Nacional de Medicina, la Escuela Nacional de Agricultura, el Instituto Científico y Literario de Toluca y la Escuela Normal de Maestros.

Ciertamente, los científicos de su generación, como las de sus antecesores y de las de los sucesores, tuvieron que sortear numerosas dificultades para crear instituciones, disciplinas, cátedras, laboratorios, bibliotecas, nuevas escuelas y sociedades de expertos, necesarias e indispensables para poder practicar su quehacer, lo que probablemente les impidió tener más tiempo en lo individual para profundizar en sus investigaciones y vivir con mayores comodidades. No obstante, sus logros institucionales y políticos permitieron, con el paso de los años, más tiempo y espacio para los trabajos de la comunidad científica en su conjunto, así como para mejorar la calidad de vida de quienes sólo viven de hacer ciencia, como los miembros de la Academia Nacional de Ciencias; ésta debe mucho al tal Alfonso, pues fue éste el artífice de su antecesora, la Sociedad Científica Antonio Alzate, nacida en San Idelfonso y bautizada por él mismo.

¿Por qué han sido olvidados intelectuales de la estirpe de los científicos cómo aquél antiguo director de la ENP? El olvido sucede por varios fenómenos sociales y científicos: a) la cercanía o alejamiento al poder ayudan a definir la notabilidad de las huellas que dejan los científicos en su tiempo y en los días porvenir; b) la ciencia actual es un saber entre expertos que están obligados la innovación, la novedad y hasta la revolución de su quehacer, con lo que se hace prescindible mantener una tradición; c) la competencia que representan políticos, artistas, literatos, militares, humanistas e intelectuales para ocupar un lugar en nuestro panteón nacional.

Si aceptamos estas hipótesis, entonces podemos decir sobre Alfonso Herrera Fernández y sus amigos, entre otros muchos asuntos, que aunque ocuparon un sitio privilegiado dentro del régimen; su cercanía al poder parece haber sido más capacidad de gestión y posibilidad de incidir en ciertos momentos, condición que estaba lejos de la circunstancia de los individuos que detentaban poder suficiente para dejar una huella indeleble entre el público general y en su ámbito particular. Sin embargo, como científicos de su clase y de su tiempo negociaron con el estado y la sociedad un espacio para sus profesiones y sus áreas de especialización en los diversos proyectos de modernización emprendidos desde la segunda mitad del siglo XX.

El olvido o —tal vez, con más precisión— el escaso espacio que ocupan en nuestra memoria nacional personajes como éste, también puede explicarse a través del monopolio sobre la memoria de la cultura que detentan intelectuales de corte humanista o artístico, pues una tarea permanente de los herederos de estos gremios es pensar, hablar, escribir, recordar y más aún, conservar e imponer una visión histórica y canónica del linaje del arte y el humanismo mexicano, práctica lucrativa que cuenta con un mercado dentro y fuera de la academia. Mientras tanto, entre científicos la tarea de recordar a los ancestros es errática; a pesar de su valor axiológico, tal acción tiene exiguo valor de cambio de frente a los sistemas de evaluación de pares.

Es preciso insistir en que debemos seguir recordando a los historiadores, literatos, filósofos, politólogos, pedagogos, economistas, antropólogos, arqueólogos, pintores, poetas, sociólogos que articulaban la ideología propia de la nación, al tiempo que participaban en la resolución de problemas técnicos y políticos propios de las dinámicas del estado actual. Pero no debemos dejar de olvidar los trabajos y los días de científicos como Herrera, quienes, además de hacer fármacos y echar andar políticas sanitarias y educativas, también fundaron escuelas, cátedras, revistas y sociedades científicas, al tiempo que formaron cuadros de profesionales por varias generaciones, de tal suerte que a su modo colaboraban con la ideología, los discursos y la infraestructura de un país de antes de la revolución y de después de ésta.

A su muerte, el profesor Herrera fue recordado por Regeneración con las siguientes palabras: “Fue el último director que tuvo esa escuela [ENP], y decimos el último porque de entonces acá no puede darse el nombre de director al que mal desempeña y peor comprende este puesto. Es inútil buscar paralelos. Hay hombres que no soportan comparaciones. Sentimos cordialmente esa desaparición del ilustre maestro, que deja huérfanos a muchos cerebros que de él recibieron luz y energías” (véase Regeneración, enero de 1901, tomo 11, núm, p. 13).

* Profesor de carrera, Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

2 Comments

  1. Gracias, Rafael, por destacar la personalidad y aporte de Alfonso Herrera. Guardando las proporciones, en Sinaloa tenemos la aportación a la docencia y la práctica de la farmacia en la persona de Veneranda Bátiz, primera egresada del Colegio Rosales, 1910, después que lo habían hecho nueve varones.

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  2. Me parece interesante que se llame la atención sobre la labor del maestro Herrera, efectivamente, abundan los “olvidos memorables” en la historia de toda institución, pero creo que falta profundizar sobre los aportes concretos de Herrera en la Escuela Nacional Preparatoria como director de ella, particularmente de las innovaciones, como se menciona en el cuerpo del artículo. De igual forma, me gustaría saber la fuente de la opinión del presidente Grant sobre la ENP. Saludos.

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