por Alicia del Bosque *

I. En una hermosa, extraña película de Héctor Babenco llamada precisamente El pasado —extraña al menos porque es raro escuchar a Gael García Bernal hablando argentino—, el protagonista masculino sentencia a poco de empezar que “el pasado es un bloque, no se puede dividir”. Rímini está intentando separarse de Sofía y la frase es su modo de intelectualizar su reticencia a seleccionar las fotos que documentan los doce años de una relación que acaba de irse a pique.

Fiel a su convicción, Rímini intenta hacer una vida post-Sofía. Pero el pasado nunca termina por irse: minutos antes de la muerte de una novia, en el mismo día en que se convierte en padre, y finalmente cuando sale de la cárcel, Rímini se encuentra y vuelve a encontrarse con Sofía. Y hablan, y se pelean, y andando el tiempo ella le envía regalitos a su hijo. El pasado es un bloque y no puede dividirse.

Hasta que se divide, claro. Entonces cobra sentido una frase que Sofía pronuncia a medio camino de la película: las fotos son “esos muertos con los que me condenaste a vivir desde que nos separamos”.

Como antes la novela homónima de Alan Pauls, la película de Babenco parece no ser más que un complejo, seductor alegato en favor del olvido. Debe ser por eso que Sofía acusa a Rímini de tener el mal de Alzheimer poco antes de confesar que ella misma no recuerda nada de lo que pasó después de haber salido con su ex de un hotel de paso.

Analía Couceyro es Sofía.
Analía Couceyro es Sofía.

II. El subte de Buenos Aires apenas aparece en El pasado. No hay por eso modo de saber si también allá el metro ha sido tomado —aunque más bien comprado— por una red de comerciantes como la que infesta el “sistema de transporte colectivo” de la ciudad de México: ese ejército de muchachos armados con bocinas apenas disimuladas en sus mochilas que, una estación sí y otra también, fracturan la poca calma de los transeúntes para ofrecer a diez pesos los grandes éxitos de la música de banda, lo mejor de José José o los no-se-cuántos clásicos del rock de todos los tiempos.

Aunque no sólo se venden canciones viejas, la música del pasado ocupa un lugar privilegiado en el comercio vagonero: música escuchada una y otra vez, música que también se difunde en alguna de las varias estaciones especializadas en oldies but goodies. Invariablemente, al menos una persona se rinde a la tentación y compra uno de esos CD “calados y con temas completos”. Casi con la misma frecuencia, alguien ha cantado a media voz los tres versos o cuatro compases que el disk-jockey subterráneo ofrece como anzuelo para su comercio.

Poco importa si casi nunca se trata de la misma persona. Es obvio que ambas —la persona que compra y la persona que canta— reaccionan al estruendo de la música en función de su memoria, que compran o cantan porque la música forma parte de su vida (literalmente, sin cursilería). Es obvio también que el “modelo de negocio” de quienes venden en el metro no apela a la novedad sino al pasado —al conocimiento previo de ésta o aquella canción— pues es imposible que tres versos o cuatro compases basten para despertar una curiosidad primigenia.

III. Salvo que el abismo entre la ciudad de México y Buenos Aires sea tan grande como proclama el lugar común —entre la más europea de las ciudades americanas y la urbe más disfuncional del mundo occidental el espacio para la coincidencia debe ser mínimo—, los mensajes que transmiten el artefacto fílmico y la práctica mercantil tendrían que ser mucho más complementarios de lo que parecen a simple vista. Deberían serlo, de hecho, así sólo sea porque en la experiencia de casi todo el mundo el pasado es alternativamente una presencia abrumadora e inescapable y un menú con el que uno puede relacionarse a discreción.

¿De qué manera reconciliar ambas percepciones? ¿Cómo comprender esa doble naturaleza del pasado recordado? ¿Será que la clave del éxito de una metonimia consiste en hacer innecesario el todo al que pretende, pretendía representar?

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