por Rafael Guevara Fefer *

Hay quienes insisten que los derechos universales son históricos y contextuales. (Aunque yo agregaría que lo “universal” es un imperativo occidental en el que el fin —un mercado mundial favorable a algunas potencias en la posguerra— justifica los medios.) Cómo no estar de acuerdo en que debemos tener una nueva taxonomía de derechos humanos que se respeten en todo el orbe. Pero, ¿cómo hacerla? ¿Sólo con ciudadanos, cuándo en muchos países el derecho a comer es fantástico, y al ser el hambre una realidad siempre invisibilizada? No alcanza la mente y la voluntad para construir ese código mundial que recomienda la axiología más vanguardista, si ni quiera alcanza para el anticuado ciudadano universal del siglo XVIII que sería principio y fin de la república.

Desideratum moderno
Desideratum moderno

En su joven y polémica historia, el IFE ha desarrollado proyectos de educación cívica echados a andar por todo el territorio: desiertos, selvas, bosques, costas, ciudades, paisajes bucólicos, fronteras con el gigante y las otras, con el hermano menor latinoamericano, para lograr que esa quimera de quimeras, la democracia, se arraige como el mariachi, el son, el tequila y el mezcal, y que un buen día el porcentaje de votantes en un elección sea cercano al entero o cuando menos que superara los dos tercios de la población de electores.

Se me hace difícil aceptar que la democracia sea posible tal y como lo sugieren algunos manuales de ciencia política; baste recordar la genealogía de ésta se remonta a los tiempos en que había esclavos y con ellos la posibilidad de un gobierno de ciudadanos y de hombres y mujeres sin derechos políticos y sin ningún otro derecho, que no fuera el de servir como objeto y servir como sujeto. Debo comentar que después de tantos años de fundado el IFE, y de las carretadas de dinero para que la gente vote, no sucedió el milagro; peor aún, las elecciones y la cultura cívica en algunos estados no sólo no son mejores que antes, sino que van de mal en peor.

Pero mi perspectiva no es la de la atención racional, sino la de un ciudadano molesto, quizás enojado, por ver cómo en las últimas décadas la democracia como realidad y como categoría se devoró a la pobreza, la desigualdad, el analfabetismo, la violencia de género, la diversidad cultural y tantos otros problemas de la agenda nacional que siguen allí lacerando nuestro espíritu y los cuerpos de muchos paisanos de todo el territorio, y reclamando la atención de los expertos y de la políticas públicas del estado.

Un estado al que estuvimos adelgazando por años, para poder modernizarnos, según nos dijeron flamantes tecnócratas que nos vendieron el espejismo que precisa el sempiterno afán de modernizarlo todo, el cual se hizo creíble con una escenografía de sexenios, en la que la trama iba desarrollándose, paso a paso, hacia el bienestar, la democracia, e incluso la riqueza.

Claro que el guión ocultaba el desmantelamiento de las instituciones propias de un estado de bienestar:

La audaces iniciativas políticas y la propaganda de Salinas vendieron con éxito el sueño de que México estaba por entrar el primer mundo. Mejoras económicas modestas pero reales daban credibilidad a estas afirmaciones. Sin embargo, las expectativas creadas habrían de verse truncadas, tristemente, al finalizar el sexenio.

(Rob Atiken, “Carlos Salinas de Gortari”, en Presidentes mexicanos, 1911-2000, compilación de Will Fowler [México: INEHRM, 2004], vol. II, p. 450).

Así fue como artistas, educadores, científicos, humanistas, antropólogos, taxistas, comerciantes, burócratas, jubilados, amas de casa, economistas, politólogos y más ciudadanos, o mejor dicho habitantes del territorio, compramos el sueño de la modernización, para después sorprendernos, primero con los zapatistas y luego con el error de diciembre, de que todo fue el truco de un ilusionista —truco que se confirmaría plenamente con los pésimos resultados de la política toda, que la necia realidad se empeñó en mostrarnos en las últimas dos décadas.

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