por Bernardo Ibarrola *

En el centro de la conmemoración de 2010 hubo, como fue voluntad del presidente, unos huesos y éstos encabezaron procesiones y fueron venerados por millones de personas. Pero las autoridades ya sabían que en la colección había algunos huesos de menos y, sobre todo, muchos huesos de más. Y decidieron no sólo ocultarlo, sino mentir abiertamente.

Guillermo Ortiz y Felipe Calderón el 30 de mayo, 2010 (Foto: Cristina Rodríguez.)
Guillermo Ortiz y Felipe Calderón el 30 de mayo, 2010 (Foto: Cristina Rodríguez.)

El 14 de agosto de 2010, Alonso Lujambio afirmó a El Universal: “no hay ninguna duda que los restos de los catorce héroes de la patria que serán trasladados mañana […] corresponden a esos personajes de la historia como Miguel Hidalgo, José María Morelos…” Pero en ese momento el secretario de Educación sin duda conocía el resultado de los estudios que José Antonio Pompa, Jorge Arturo Talavera y Nancy Geloven habían realizado en el laboratorio del castillo de Chapultepec, los que, además de señalar algunas ausencias, establecían inequívocamente la existencia de huesos pertenecientes a muchas otras personas e incluso a animales. Lo sabía, pero decidió decir otra cosa.

El Instituto Nacional de Antropología e Historia, por su parte, no cumplió con su palabra de mantener “informada a la sociedad sobre la continuidad del proceso”, como había ofrecido en el boletín de prensa de 31 de mayo de ese año, cuando inició los estudios de lo huesos. En cambio, mantuvo tanto como pudo el carácter de reservada la información relativa a estos estudios. No fue sino hasta fines de diciembre pasado que Silvia Isabel Gámez, de Reforma, dio a conocer el contenido de uno de los informes, que “el IFAI ordenó entregar  al INAH tras ser interpuesto un recurso de revisión”. El lunes pasado, Mónica Mateos-Vega publicó en La Jornada información semejante, proveniente de seis informes, obtenidos por el mismo cauce.

Poco después, en entrevista con Rocío Méndez, de Noticias MVS de Carmen Aristegui, José Manuel Villalpando doró la píldora en torno de la mentira y, sobre todo, intentó cubrir las espaldas de su antiguo jefe. Villalpando: “encontramos catorce esqueletos […] pero en ese momento, la información antropológica tenía que mantenerse bajo reserva para ser corroborada por información histórica.” La periodista, interrumpiéndolo: “¿Incluso ante el propio primer ejecutivo de la nación?” Villalpando: “Para empezar hasta al propio presidente de la República y seguro ante la opinión pública.” Luego insistió en que, en cuanto Calderón conoció la versión completa de los estudios antropológico e histórico, en agosto de 2012, decidió de inmediato que se publicara.

Con estas declaraciones, el licenciado Villalpando enreda aún más las cosas. ¿Debemos creer que, en agosto de 2010, tanto él como el secretario de Educación inventaron que había catorce esqueletos, a pesar de los reportes de los antropólogos —sin duda ya elaborados para ese momento— que evidenciaban la presencia de restos de muchos más cadáveres, y que, además, mintieron a su jefe? ¿De qué manera, según Villalpando, la información histórica iba a modificar la información antropológica? ¿Descubriendo que Mariano Matamoros en realidad era una mujer transvertida y que alguno de los próceres de la independencia tenía una malformación congénita que daba a algunos de sus huesos la apariencia perfecta de huesos de venado? ¿Por qué no se ha publicado el estudio que ordenó el presidente hace casi medio año? Ojalá que ese estudio histórico, que por cierto, él dirigió, se haya hecho con mayor sentido común del que evidencia en estas declaraciones.

Sobre este tema las preguntas de base siguen siendo las mismas. ¿Para qué ordenar el estudio científico de unas reliquias? ¿Para qué mentir y ocultar una vez que, como era previsible, este estudió no confirmó plenamente su supuesto origen? ¿No hubiera sido más honesto, en mayo de 2010, ordenar sólo medidas de conservación y consolidación para transportar y venerar los huesos? O bien, una vez que intervinieron los científicos en agosto de ese año, ¿no hubiera sido más coherente prescindir de las urnas del Ángel en la exposición de Palacio Nacional?

Parece que en la gestión pública del pasado, el gobierno de Felipe Calderón actuó como en otros muchos asuntos: imponer su voluntad por encima del sentido común o del acuerdo; imponerla a toda costa, sin importar la descalificación inmediata tras la conclusión de su sexenio. Como si después de éste no fuera a haber nada. Una pena para él, exiliado de su propia historia; un desperdicio para todos nosotros, que, bajo su dirección, perdimos la posibilidad de convertir la conmemoración de 2010 en una verdadera reflexión sobre nuestro pasado y nuestro presente.

* Profesor de carrera, Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

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