por Itzel Rodríguez Mortellaro *

El pasado en México es persistente, insistente en su cuota de sangre inocente (Carleton Beals, Mexican Maze [1931])

Autoridades de Estados Unidos emitieron alertas a sus ciudadanos que planeen viajar a México: diecinueve estados de la República fueron señalados como peligrosos, por sus altos índices de violencia criminal.  Paralelamente, la consultoría empresarial Vianovo y el National Journal dieron a conocer su encuesta sobre las actitudes de los estadounidenses hacia México: 72 por ciento de los mil entrevistados consideran que México es un país inseguro para viajar y 59 por ciento ven a nuestro país como “una fuente de problemas para Estados Unidos”. Con decenas de miles de muertos y familias enlutadas, desplazadas de sus hogares y atemorizadas ante la violencia e impunidad cotidianas es difícil establecer otros parámetros para referirse a nuestro país.

Hay datos duros detrás de las percepciones pero también arraigan en la mentalidad colectiva a partir de “imágenes” desarrolladas en el tiempo. La historia de los imaginarios entre México y Estados Unidos es añeja. Advertencias y condenas como las expresadas por el Departamento de Estado estadounidense y los ciudadanos encuestados no son novedad; se han difundido intermitentemente desde hace más de cien años. La idea de un “México bárbaro” ha tenido sus variantes según la época; pero si hemos señalar un componente que permanece es éste: la certeza de un continuidad cultural entre el pasado y el presente.

En febrero de 2012, en una entrevista con The Christian Post, el pastor David Elijah, que también dirige un programa radiofónico en McAllen (Texas), declaró que la violencia en México “también está relacionada con antiguos ritos paganos que aún persisten en la región” ¿Trasnochado del siglo XIX? Puede rastrearse toda una legión de personajes que secundan esta idea. Por ejemplo, el periodista e historiador Carleton Beals determinó en 1931 que “el impulso ‘sanguinario y brutal’ [de los mexicanos] hunde sus raíces hasta la antigüedad indígena”. En términos similares a lo declarado por Elijah, el reverendo Jeremiah Gleeson escribió en 1935: “El corazón de la auténtica civilización es la religión y la religión de los aztecas era esencialmente sangrienta y caníbal”.

The Devil in Mexico es un libro publicado en 1917, de Julian Larising Morrill, que alega exactamente lo mismo. En la literatura sobre México de viajeros estadounidenses generada después de la revolución se nota una obsesión por lo mexicano que se “regodea en la sangre”: abundan los relatos sobre sacrificios humanos, cristos sangrantes en las iglesias, corridas de toros, hombres muertos y tirados a cielo abierto. Estas imágenes, la mayoría generadas entre 1920 y 1940, contribuyeron a fijar la percepción norteamericana de un impulso de muerte como destino de los mexicanos.

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