por David F. Uriegas *

Los historiadores somos una suerte de necrófilos: miramos el mundo a través de los muertos que por siglos nos han precedido. Eso no quiere decir que tengamos una imagen fría y objetiva del mundo, sino que podemos interpretar nuestra realidad como el resultado de un largo pasado que nos ha dado forma. Miramos desde donde estamos parados.

Y, sin embargo, parados sobre una cúspide intelectual, resulta que una inmensa mayoría se jacta de su conocimiento, y lo presume como un rico que se deleita con todo lo que él ha obtenido de su trabajo. El conocimiento, como el dinero, se resguarda en casa, sea una biblioteca, un aula o la mente misma. Cuando se comparte, parece que no es más que para seguir reproduciendo el mismo resguardo.

Tiendo a pensar que los hombres de ciencia, no por una pretensión intelectual (aunque ésta ha estado presente en la gran parte de la historia), no hacen ciencia porque sí; no se financia la ciencia porque ciertas instituciones tengan que darle una salida cualquiera a su dinero.

El hombre hace ciencia porque tiene un afán sincero por encontrar la verdad, que obedece a una realidad histórica que presenta una necesidad, relevante o no, que puede ser satisfecha por ella. Luego entonces, la ciencia debe representar una carga significativa en aquellos que la deseen fervientemente, una carga significativa de responsabilidad que esté en función del individuo o de la colectividad; es decir, en función de la sociedad misma.

De otra forma, ¿de qué sirve leer ochenta libros para una tesis de licenciatura?, ¿de qué sirve que se encuentre la partícula de Higgs?, ¿de qué sirve saber si el mundo está compuesto de ciertos elementos químicos? Si escribimos tan sólo en una hoja las preguntas que se nos ocurran, veremos que una hoja no basta: el deseo por saber es terriblemente grande y, bajo ciertas circunstancias, agobiante. Cabe la posibilidad de reflexionar acerca de cuál es la pregunta real que deseamos satisfacer, cuál es la pregunta más relevante de todas. Quisiera saber de alguien que no desee saciar su sed de conocimiento, por más insignificante que ese deseo pueda ser. Y, sin embargo, saciar la sed tan sólo genera más sed.

Experimento para identificar la partícula de Higgs. (Foto: CERN.)
Experimento para identificar la partícula de Higgs. (Foto: CERN.)

Cabría entonces cuestionar al lector, sea historiador, sea filósofo, o sea ingeniero, o albañil, o campesino: ¿qué quiere saber? y ¿por qué quiere saber? Muchos critican al historiador en ciernes, sobre todo los viejos y los padres, con la idea, quizá por ignorancia o mucha sabiduría, de “para qué estudiar el pasado, pues el pasado, pasado está, ya no importa lo que sucedió; ¿para qué excavar lo que ya está muerto? Parece más una manía enfermiza que una necesidad científica.”

Quizá lo mismo sucede con el artista. En él parece haber un afán de conocimiento distinto, un afán por comprender el mundo, la realidad en la que vive y encontrar la razón de la razón. Quizá de ahí el pintor expresa sus ideas en cuadros muy diversos, porque una sola pintura no puede satisfacer su sed.

Quizá me equivoque, ¿pero no es lo que sucede en todo ser humano? Ni la ciencia ni el arte satisfacen la sed de nuestros cuestionamientos. Con esto no quiero decir que deba evitarse intentar satisfacer esa necesidad, intentar hacer ciencia. Sabemos que el conocimiento sí tiene, por consecuencia, una función muy práctica en la vida humana y que este conocimiento con su consecuencia práctica debería cargarnos con una responsabilidad de lo que no podemos prescindir.

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