por Rafael Guevara Fefer *

Dicen que los viajes ilustran. Viajar también permite ver otros modos de ser y estar, de reconocernos al mirar a los otros: espejos que reflejan una versión de lo que somos, tal como hacen los espejos que usamos a diario y que nos entregan una versión integrada inversamente de los que somos. Un viaje también permite hacer observación de cómo se usa o se ignora la historia de la ciencias.

El azar y la necesidad, pero sobre todo la amistad, me llevó Washington D. C.. Allí quedé patidifuso y ojidisperso de ver la capital de un estado nacional que nació con vocación defensiva como todos los estado de América, pero que muy pronto, en sus primeros años de vida, encontró su verdadera vocación imperial. Tal argumento no es de mi cosecha: fue desplegado en una fabulosa exposición montada por el National Museum of American History, cuyo tema era la nación y la guerra.

Los viajes hechos a la medida de los turistas no sólo ilustran; también ocultan, omiten, obvian, refuerzan clichés y hasta construyen la ideología que precisan los imperios para proteger su hegemonía. Allí, entre las paredes de un museo con vocación histórica, encontré entusiasmado una exposición sobre los avances tecnológicos y su importancia para la sociedad durante el siglo XX. La exposición era un deleite para los sentidos del ojo entrenado y del neófito. El argumento era claro como una lámpara: la imprescindible tecnociencia que hoy nos tiene fanáticos del confort y el despilfarro es producto de un lento proceso en el que unos visionarios llamados inventores, lograron después de muchos empeños darnos focos, teléfonos, analgésicos y muchos otros artefactos que hoy son familiares en la vida cotidiana.

Inventor olvidado
Inventor olvidado

La narrativa plástica, escritural, lumínica y espacial de la exposición dejaba un lugar privilegiado para la invención de la pastilla anticonceptiva, la píldora: hecho histórico del siglo XX tan importante como los procesos de descolonización que vivió el mundo después de la llamada segunda guerra mundial, o como cualquiera de los hechos fundamentales de nuestro cronotopo. Por primera vez, sin renunciar al sexo, las mujeres podrían, sí se les permitía, tener la opción de elegir cuándo y cómo embarazarse.

La píldora es un producto cien por ciento interdisciplinario hecho de una mixtura de saberes tan diversos como la botánica, la endocrinología, la ecología de las selvas mexicanas, la bioquímica, la fisiología y otros tantos, que llenaría páginas enteras. Antes de llenar páginas con muchos datos, sólo quiero ilustrar que en esta experiencia museográfica imperial pude confirmar que la participación fundamental de México, como naturaleza y como tradición científica, fue omitida de la sorprendente historia de la famosa píldora, para poder contar el cuento de que los países del norte, solitos, producen lo bueno de este mundo, dejando a los países del sur el rol de comparsas.

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