Espejismos de la divulgación

por Luis Fernando Granados *

Es evidente que el conocimiento histórico producido por profesionales tiene poca o ninguna vida más allá de las aulas y los cubículos donde se produce. El lenguaje que usamos y nuestros términos de referencia, por no hablar de los medios que empleamos para comunicarnos, han hecho que nuestras disciplinas parezcan pequeños planetas ajenos casi por completo al gran teatro del mundo. Ni siquiera las exposiciones y los documentales consiguen escapar al aislamiento social que caracteriza a nuestro trabajo.

La renuencia o incapacidad de los profesionales para involucrarse en un diálogo más pleno y fecundo con los millones de personas interesadas en la historia ha tenido dos consecuencias principales. La primera es que el espacio social de la divulgación histórica esté casi siempre en manos de aficionados, a menudo tan entusiastas como poco rigurosos, como esos que Pedro Salmerón ha vuelto objeto de su furia periodística —aunque seguramente son más numerosos y populares los cronistas pueblerinos, los sabios autodidactas, los gurus de ésta o aquella tradición oculta.

El otro efecto de la irrelevancia social de los profesionales es el llamado, repetido con impaciencia, para que abandonemos nuestra torre de marfil y salgamos a la calle a difundir los saberes que producimos entre el archivo y la biblioteca. Con frecuencia, por desgracia, se asume que difundir conocimientos históricos implica adelgazar la densidad lingüística y conceptual del trabajo académico profesional. Peor aún, a menudo se presume que el mejor modo de “provocar el interés de los legos” consiste en emplear relatos novelados, anécdotas curiosas, imágenes familiares o referencias convencionales, como si sólo con engañifas, disimulando el carácter argumentativo del conocimiento histórico, pudiera alguien conectarse con lo que hacemos.

Deberíamos hacer telenovelas, nos sentimos obligados a pensar (sin advertir que de este modo, por lo demás, legitimamos un género —y con ello una epistemología, una pedagogía, una visión del mundo— que es co-responsable de la crisis que atraviesa el país). Y si no telenovelas, hagamos al menos exposiciones que partan de lo que la gente “quiere”.

¿Qué tal una exposición sobre el Tribunal del Santo Oficio centrada en los instrumentos de tortura que dizque empleaban los dominicos en su trabajo? ¿Qué tal otra presuntamente sobre el miedo pero compuesta en realidad por maniquíes de la Llorona, Perseo con la cabeza de Medusa y el cadáver de un Chupacabras? ¿Y que tal una más sobre la momificación en el antiguo Egipto que aluda en su título a la “maldición” que supuestamente alcanzó a los profanadores de la tumba de Tutankamón?

Lugares comunes

Lugares comunes

Lamentablemente, ninguno de estos tres ejemplos es imaginario. Como puede verse en los pasillos de la estación Pino Suárez del metro, dos recintos de la Universidad Nacional Autónoma de México promueven en  estos días sendas exposiciones tituladas La inquisición (en el Antiguo Palacio de Medicina), El miedo y Tutankamón: La tumba de oro y la maldición (ambas en el Palacio de la Autonomía), las cuales, efectivamente, acuden a esa forma de sensacionalismo extremo y ofensivo para atraer visitantes. De un modo u otro, las tres utilizan tropos e imágenes antiguos, estereotipados y falaces como “gancho” para hablar de asuntos de gran complejidad —aunque en realidad apenas arañan su superficie.

¿De verdad tiene sentido emplear los peores lugares comunes para que la gente se interese por el pasado colonial, la historia de una emoción o las prácticas culturales de los egipcios de ayer? ¿No estaremos por el contrario perpetuando el divorcio entre historia y vida si el único modo en que concebimos la divulgación es como conocimiento simplón y pasado por agua, o sea como práctica paternalista desdeñosa de la inteligencia del público?

4 Respuestas a “Espejismos de la divulgación

  1. Con esto me acuerdo mucho de una frase de Luis Arturo Salmerón, que dijo en el Palacio de Minería, durante la presentación de la revista “Relatos e Historias”:

    “La Historia no necesita ficciones, necesita una buena pluma”.
    _______________________________________________________________________

    Algunos comentarios:

    1.-El saber comunicar los saberes, sin menoscabar el rigor de la investigación, es todo un arte (y ustedes lo están haciendo, por ejemplo, en este blog, con artículos cortos que nos hacen reflexionar y conocer más de este saber).

    2.- Hacer una novela a propósito, además de suponer con ello que la Historia no es -per se- interesante, se cae en la posibilidad de trivializar este género literario, usándolo como un simple medio, siendo que como parte del arte, debería ser un fin, también, per se.

    3.- No obstante, las novelas históricas que existen -preferentemente sin haber nacido con el propósito de ser “didácticas” (y por ende, con menos artificios)- contienen también un valor sociológico y de historia de la vida cotidiana muy apreciable, sobre todo si se escribieron en la época, sus autores fueron protagonistas de la misma (Ignacio Manuel Altamirano, Vicente Riva Palacio, Manuel Payno) o investigaron muy bien acerca de ella, dado que nos presentan la posible historia del contexto social.

    4.- Cada quien puede elegir el camino que le plazca, a sabiendas de que -y en ello coincido con Luis Arturo Salmerón- la historia no le pide nada a la ficción, es más, en ella pasan a menudo sucesos, que bien podrían formar parte de una película (eso me dijo mi hermano), ¿por qué no rescatarlos? En lo personal, fue leyendo Historia como confirmé a menudo la certeza de esa frase que dice: ¡la realidad supera a la fantasía!

    5.- Coincido con que lo que se discute más es la falta de rigor de muchos divulgadores que no son historiadores. Más a menudo -y eso es ventaja- para llegarle al publico o a las nuevas generaciones, no hace falta trivializar, falsear o exagerar (tampoco ser morbosos), sólo despertar la curiosidad por hechos verdaderos.

    6.- El manejo político de la historia, es un problema que se cuece aparte, más no es reciente. Peor que divulgar mal en este sentido, es hacerlo con dolo y con este propósito. La solución, por fortuna es la misma: divulgar los hechos como fueron (y en eso, al saber mejor las fuentes, los profesionales también tienen ventaja) sólo hace falta, acercarse al público (como ya lo han hecho varios). La divulgación en historia -como en la ciencia- tiene que nacer más sincera y en beneficio de la gente, que necesita -y tiene derecho- a conocer su pasado.

    Gracias a quienes están comenzando con esta labor, no se desanimen con los primeros resultados, lleva tiempo…

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  2. Sin embargo, no podemos hacer que argucias tales como las de esas exposiciones dejen de satisfacer necesidades de las personas que las visitan. Quizá un modo de emplearlas sea dandole un significado a partir del presente que vivimos -y eso implica arriesgarse a interpretar el presente y a nosotros mismos incluídos-
    Por ejemplo:
    ¿Será posible pensar que el curador de la exposición del santo oficio está pensando en hacernos creer que la crueldad actual de los soldados de élite del ejército mexicano metidos a narcos tiene antecedentes coloniales?
    ¿Es plausible creer que la exposición del miedo también puede ayudar al Estado a continuar con su obra de amedrentamiento/control de nuestra sociedad?
    A partir de ello ¿No podríamos buscar en el pasado intentos semejantes en nuestro país o en otro, en épocas lejanas o cercanas, en sociedades propensas a la manipulación o que se libraron de ella?

    ¿Qué tal intentar desmontar ese discurso de terror actual vinculando la indignante difusión que se le dio al pozolero o al “niño sicario” hace poco con lo que se intenta hacer en la exposición sobre lo que dizque hacia la Inquisición?

    Más osado aún -pero también quizá, más vital-
    ¿qué tal difundir lo que pensamos que puede pasar de seguir como vamos?

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