Un presente de lucha, un futuro a reclamar

por Francisco Quijano Velasco

No son pocos los que consideran que la izquierda enfrenta una profunda crisis de identidad. Para buena parte de la población, en México y en el resto del mundo, es difícil identificar hoy diferencias sustanciales entre la izquierda y la derecha, sobre todo en el ámbito partidista. Como explica Carlos Illades en El futuro es nuestro: Historia de la izquierda en México (México: Océano, 2017), esta apreciación es alimentada por “la alianza que de facto se ha establecido en muchas democracias contemporáneas entre los partidos de centro izquierda y de centro derecha que alternan el poder pero que comparten los mismos postulados económicos neoliberales” (172). Lo mismo provoca la falta de un referente de gran escala que suponga un contrapeso al sistema capitalista, como en su momento lo fue el llamado “socialismo real”, así como el repliegue que ha hecho buena parte de los grupos y movimientos que se oponen al establishment neoliberal hacia las políticas de resistencia, que desconfían del estado y las organizaciones partidarias y que buscan transformar al mundo sin tomar el poder. Por todo esto, se ha generalizado ese malestar que denuncia la falta de una alternativa de izquierda en los sistemas democráticos contemporáneos y que asume la imposibilidad de cambiar al mundo dentro de la política institucional.

Esta insatisfacción, me parece, parte de una lectura limitada y un tanto reduccionista. Incluso en un panorama no muy alentador, como el de las elecciones presidenciales que estamos viviendo en México, las diferencias en los proyectos de nación de los candidatos hacen que siga siendo operativo recurrir a las categorías izquierda y derecha para analizarlos o valorarlos. Así, más que indicar la falta de alternativas de izquierda, quizá la situación que atravesamos muestra la necesidad, una vez más, de discutir qué es eso que llamamos “izquierda” y hacia dónde puede ir un proyecto que se asuma como tal.

Desde un plano analítico, existen distintas opciones para atender este problema. Se puede optar por un enfoque prescriptivo (propio de la ciencia o la filosofía política): definir a la izquierda normativamente, intentar llegar a acuerdos (quizá a partir de la lectura de ciertas fuentes canónicas) sobre qué tendría que ser la izquierda y qué cosas no pueden ser consideradas como tal. Otra opción es adoptar una perspectiva histórica: hacer una revisión sobre aquello que en el pasado ha sido identificado con la izquierda para ofrecer no tanto una definición sino un abanico de expresiones, movimientos, prácticas e ideas que nutran de contenido histórico al concepto. Como historiador, esta ruta me parece más productiva y es precisamente la que toma Carlos Illades en El futuro es nuestro.

El autor de El futuro es nuestro. (Foto tomada de aquí.)

El libro presenta así un recorrido de 150 años de historia de México en el que se describen y explican procesos relativos al ámbito intelectual, de los movimientos sociales y de la configuración de instituciones que conformaron a la izquierda mexicana. Se trata de un gran trabajo de síntesis, riguroso y documentado, cuya prosa ligera y amena abre la puerta a un público amplio y diverso.

Una de las grandes virtudes del Futuro es nuestro es presentar el desarrollo de la izquierda en México como parte de la izquierda internacional. La empresa de Illades va más allá de un simple trabajo de contextualización de la izquierda mexicana en un marco que supera sus fronteras. Capítulo a capítulo, el texto nos lleva por una historia que corre de manera simultánea, en diferentes escalas y latitudes (Europa, Asia, Estados Unidos, América Latina), no solo intercalando narraciones de acontecimientos sincrónicos, sino poniendo de manifiesto sus múltiples cruces, analizando fenómenos de circulación y recepción de ideas y dando cuenta de la interrelación de los procesos históricos. Con ello, Illades muestra cómo la izquierda es una tradición que debe ser entendida, necesariamente, como un fenómeno internacional, más allá de las variaciones continentales y nacionales que haya podido adoptar.

Por otro lado, la manera en que Illades enmarca la historia de la izquierda mexicana dentro de la historia de la izquierda internacional rompe con la perspectiva eurocéntrica que domina la historiografía. Illades no procede de la manera convencional en que se describe a las grandes tradiciones políticas que tienen presencia global; es decir, no considera que las manifestaciones de corrientes socialistas, sindicalistas o socialdemócratas que se presentaron fuera de Europa o Estados Unidos sean versiones incompletas o poco modernas, que aspiran (incapaces) a parecerse a los modelos acabados del primer mundo. Por el contrario, su libro posiciona al sur global como un escenario protagónico de la izquierda internacional, sin el cual es imposible comprender su pasado, su presente o su futuro.

Siguiendo esta estrategia, El futuro es nuestro condensa en siete capítulos una historia que inicia con los orígenes de la izquierda en la revolución francesa y concluye con el proceso electoral que estamos viviendo en México en estos días. El surgimiento y desarrollo del socialismo europeo, su expansión a América Latina y el vínculo que se formó entre el socialismo y ciertas vertientes del cristianismo son algunos temas que toca al tratar sobre el siglo XIX. Por su parte, los capítulos dedicados al siglo XX dan cuenta de los procesos revolucionarios que llevaron a la conformación de gobiernos socialistas y de regímenes nacionalistas y populsitas, incluyendo al mexicano; las escisiones en el comunismo y el socialismo en México y en el mundo, así como las vicisitudes del anarquismo, el sindicalismo y la socialdemocracia. También aborda los movimientos de protesta y la conformación de los dos espacios de acción que marcaron el desarrollo de la izquierda mexicana en la segunda mitad del siglo pasado: la ruta armada y la vía partidista. La caída del bloque soviético, la irrupción de la “sociedad civil” y el altermundismo, así como la fallida transición a la democracia completan el cuadro de esta historia y explican las características de la izquierda mexicana en los albores del siglo XXI. En los últimos capítulos, Illades presenta una radiografía muy completa de los diversos actores y movimientos de la izquierda contemporánea, de sus encuentros y desencuentros: López Obrador es sin duda uno de sus principales protagonistas, pero también lo son el PRD, el EZLN, el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad o el #YoSoy132.

¿Cómo contribuye este fascinante recorrido por casi dos siglos de historia para reflexionar sobre aquello que llamamos izquierda? En primer lugar, el libro confirma que no es posible hablar de la izquierda como una tradición monolítica y homogénea. Históricamente, la izquierda ha sido en cambio una pluralidad de doctrinas, proyectos, movimientos o instituciones que coinciden en su preocupación por la llamada “cuestión social” pero que difieren en sus presupuestos, formas y ámbitos de acción.

En el caso mexicano, para Illades hay tres grandes corrientes de la izquierda que tienen su origen en el siglo XIX y que se han mantenido vivas hasta la fecha, alternando en importancia y nutriéndose unas de las otras (en algunos casos enfrentándose y en otros establecieron alianzas). Estas vertientes son la izquierda socialista, la nacionalista y la socialcristiana. La genealogía de estas corrientes ayuda a entender, por ejemplo, por qué es posible —y conveniente— identificar a López Obrador, a Javier Sicilia o a Marichuy Patricio Martínez como actores de la izquierda, cuáles son sus puntos de convergencia y por qué existen algunas diferencias aparentemente irreconciliables.

Pero el recuento que presenta Illades no sirve solamente para mostrar la diversidad de la izquierda histórica. También identifica una serie de principios comunes que le otorgan cohesión y que permite que se pueda hablar una tradición política. El principio más básico es su preocupación por la “cuestión social”: por la pobreza, la marginación y la explotación de las clases trabajadoras. Parafraseando a Illades, de esta preocupación se deriva —en mayor o en menor medida— la búsqueda de la izquierda por construir una opción civilizatoria para recuperar el dominio de los hombres sobre las cosas, de un orden económico justo y equitativo dentro del cual el bien común esté por encima del interés individual.

Illades cierra el libro con un colofón en el que hace un doble llamado para responder a la profunda crisis que atraviesa nuestro país. Con ello, se posiciona de forma crítica y entusiasta sobre el futuro de la izquierda mexicana. En primer lugar, para él es apremiante revalorar el potencial de transformación que ha tenido y puede tener la izquierda en México: romper con el estancamiento o la desmovilización que supone pensar que no existen alternativas ideológicas o que no existe la posibilidad de establecer proyectos a futuro de gran escala. Para el caso concreto de las próximas elecciones, Illades reconoce en López Obrador una opción de izquierda real que, a pesar de sus límites, debe ser apoyada como parte de la lucha por transformar el presente. El segundo llamado es a construir, de forma crítica e imaginativa, un proyecto de izquierda convergente que permita, en palabras de Carlos, “acabar con la casta parasitaria surgida de la fusión de la política con el dinero, llevar a cabo la redistribución de la riqueza y la democratización de la democracia” (194). El proyecto nacionalista de López Obrador está lejos de presentar una propuesta integral que articule estos objetivos y también lo están las otras corrientes de la izquierda mexicana contemporánea.

Si el diagnóstico es claro, la ruta a seguir se presenta más difusa. Como apunta Illades, un programa de este tipo requiere de un gran esfuerzo de reflexión, innovación y documentación. El futuro es nuestro contribuye de forma determinante en este último aspecto. Además de todo lo mencionado, el libro puede ser visto como un archivo que contiene valiosos proyectos y demandas elaborados a lo largo de la historia (cooperativas, sindicatos, grupos feministas, socialistas, comunistas, de la socialdemocracia o del altermundismo). Algunos de ellos siguen presentes en las vertientes de la izquierda contemporánea, pero otros han quedado marginados a un lugar poco conocido de su historia. Valdría mucho la pena recuperar algunos de estos proyectos y demandas para ponerlos de nueva cuenta en el debate público, no para contemplar nostálgicos un pasado que ya no fue, sino para inventar un futuro que puede ser. Pues algo que queda claro en este libro es que, como lo apuntan Srnicek y Williams en su epígrafe, “el habitar natural de la izquierda siempre ha sido el futuro”. Parafraseando la frase del Che Guevara que da título al libro, si estamos de acuerdo que el presente es de lucha, el futuro es un terreno que debe ser reclamado.

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