por Gabriela Pulido Llano

Sin proponérnoslo, recientemente hemos venido coleccionado anécdotas “simpáticas” acerca de los dictámenes académicos relacionados con las humanidades y las ciencias sociales. Los dictámenes son en términos generales certificaciones de nuestro trabajo, ya sea con el objetivo de publicarlo en una revista o en un libro, ya (como en el caso del INAH) para que al validar una ponencia podamos obtener la cobertura económica para asistir a alguna reunión nacional o internacional. En uno u otro caso, la dictaminación se ha convertido en un proceso inquietante, que pone el alma en vilo a cualquiera que lo enfrente.

Sabemos que la lectura de otro, mejor si es de un desconocido, es fundamental para obtener en la escritura una buena expresión de nuestras ideas. Esa lectura desde afuera es capaz de reparar las contradicciones y carencias que a nuestros ojos se pierden por estar familiarizados con lo que ha quedado plasmado en la hoja. También es esa mirada la que muchas veces detecta asuntos graves como el plagio. Un dictamen bien hecho, aunque la determinación sea que el texto no es publicable, se agradece.

¿Qué es lo que se espera del dictamen de un texto académico? Cada revista o editorial, ya sea institucional o particular, repara en ciertos aspectos que considera de mayor relevancia. Los diagnósticos que se solicitan varían en algunos asuntos; sin embargo, en su mayoría, buscan que el texto tenga coherencia interna, presente ideas y fuentes originales, se haga un uso adecuado de las fuentes, se cite a los colegas que en la actualidad estudian tal o cual tema, que esté bien escrito, que la extensión sea apropiada, se dilucida si hace falta agregar o eliminar partes del escrito, etcétera. Con base en este arbitraje se decide si el trabajo es publicable, publicable con correcciones o no publicable.

Hasta aquí la cosa parece seria, y sin duda lo es. ¿Con qué otros parámetros contamos en el ámbito editorial académico para tomar las decisiones acerca del quehacer de publicar? Hace algunos años, un muy querido amigo que ocupaba un cargo importante en el entorno académico sugería que se podía contar con el apoyo de un buen editor que nos ayudara a mejorar la calidad del texto antes de someterlo a dictamen o incluso para prescindir de él.

Ello implicaría que, sobre todo en las instituciones de educación superior, se abrieran plazas específicas para esta labor. Los departamentos de publicaciones de estas instituciones (me refiero en particular a las universidades e institutos), dirán, ya cuentan con editores contratados para trabajar los textos que fueron aceptados para su publicación, tras el tortuoso proceso de dictaminación. De nuevo, hasta aquí la película destaca la importancia del dictamen y alguna posibilidad de eliminarlo siempre y cuando hubiese un trabajo concienzudo previo a la edición.

En tiempos recientes, la publicación se ha convertido en la medida máxima de nuestra labor académica, aunque no necesariamente sea la más importante ni la única. La aplicación del dictamen como medida se ha transformado en una práctica mediante la cual se cometen cada vez más abusos y se deja a expensas de una mirada, no siempre objetiva y seria, la posibilidad de que un texto circule o simplemente se le declare la muerte.

Obra de Francisco de Goya.

No se cuál será la mejor, sin duda, pero inicio con la anécdota de una colega a quien le dictaminaron un trabajo como negativo, enviándola a leerse a sí misma… lo que quiere decir que quien dictaminó ni siquiera se tomó la molestia de revisar sus notas al pie o la bibliografía. Sigo con la de otro colega que envió un trabajo a senda publicación extranjera y en el tiempo récord de 10 minutos recibió la respuesta negativa, simplemente avisándole de esto y sin mayores reflexiones. Una más tiene que ver con las editoriales “reconocidas”. Se recibieron dos dictámenes negativos a dos libros, sin mayor explicación, sólo con un comentario de que no eran libros que cupieran en sus colecciones, cuando a todas luces no era así. Uno se publicó en otra editorial y obtuvo recientemente un importante premio nacional y el otro saldrá pronto bajo otro sello de enorme prestigio. Y ambos tenían desde luego cabida en las colecciones de la primera.

Otra clase de perversiones se asoman de los dictámenes que no dictaminan el texto sino el tema y que concluyen diciendo que no es publicable porque el tema no les parece importante, sin argumentar más acerca de sus apreciaciones. Si el tema les parece o no importante no es el asunto del dictamen, eso es a título personal. (Es como las tesis que quieren los directores que un alumno realice sin que el alumno sepa por qué o por dónde, cuando la idea que presentó era otra). Si el tema no le parece importante al dictaminador, ¿entonces para qué aceptó el encargo? El dictamen se enfoca en sus apreciaciones, que son irrelevantes pues nunca hace mención al texto que estaba dictaminando. A esto llamamos dictaminar desde la víscera. Al igual que otro colega que recibió un dictamen negativo, cuyas palabras iniciales eran: “Estoy harto(a) de leer textos que…” Si alguien dictamina desde el hartazgo, ¿cuál puede ser el resultado?

Las mejores historias de dictámenes elaborados con la víscera tienen que ver con la identidad de quien escribe y quien dictamina, muchas veces colegas enfrentados y con rivalidades notorias. Recordemos que para algunos temas son pocos los colegas y se conocen mucho. La víscera se apodera del empoderado y entonces su dictamen, que debe versar acerca del texto que recibe, se convierte en una valoración de la persona detrás de la escritura. Son dictámenes que dejan un retrato abierto de quien los elaboró. Sin embargo, se vuelven armas mortales de quien es presa de la subjetividad y no de la pretendida objetividad del arbitraje.

Otros casos provienen de colegas que no fueron incluidos en algún libro colectivo o una antología de textos, y en quienes se advierte desde la primera línea de su dictamen la rabia o los celos profesionales. Consideran que, en un renglón para cada caso, pueden decir por qué diez capítulos de libro no son publicables, cuando en un párrafo de diez renglones argumentan acerca del único que sí es publicable (en el que a todas luces reconoció la pluma del amigo).

Seguramente nos quedamos cortos con lo escrito hasta aquí. Quien dictamina debería aceptar con seriedad el papel que se le encomienda. No es poca cosa, pues con su mirada, perspectiva y conocimientos, podría enriquecer y retroalimentar, ya sea aceptando o rechazando la publicación de un texto, la mirada y perspectivas de un colega. Tal vez para llevar a cabo esta labor tan importante y de suma responsabilidad sólo debemos volver a la máxima del respeto al trabajo del colega.

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