por Donovan Hernández Castellanos

Esa mañana fue el simulacro que conmemoraba 32 años de aquella tragedia que ningún mexicano podrá olvidar aunque no la haya vivido: el 19 de septiembre de 1985. Referencia sempiterna, indeleble, que llegó para quedarse. La generación que creció con esos relatos —la mía y las que siguieron— ha crecido con una historia colectiva, compleja y para nada armónica, que se confunde con esa particular toma ciudadana del poder y el gobierno sobre la ciudad. Es así porque es bien sabido que la administración priista fue morosa en el accionar y lerda en la recepción de la ayuda externa. No faltaban las historias de confrontaciones entre soldados y sociedad civil; los unos ocupados en impedir las labores de rescate, los otros empeñados en ver vida donde las empresas inmobiliarias sólo veían —y ven— ganancias. “Enfrente de nuestra casa se derrumbó una escuela con los niños adentro, no alcanzaron a salir”, resumen mis padres con aplomo siempre que en alguna pequeña cena familiar se recuerda el suceso. El 85 estructuró nuestro lenguaje también, y no sólo los fantasmas que trabajan nuestros temores. Para decirlo rápido y mal, en México no hay un temblor que no se espere: está siempre ahí, siempre evocativo, itera una y otra vez la memoria desplazada de una tragedia.

Como cada año, recordé que la alerta sonaba para ejercitar y quizá exorcizar los miedos del ciudadano promedio. Los conjuros consisten en convocar aquello que se teme. Pero no es cierto, nadie estaba preparado para la tarde de ese improbable día en particular.

Terminé de almorzar con calma. Realicé mi ritual personal; uno que acompaña mis manías y mitos idiosincráticos: me preparé mi café y lo bebí con calma y parsimonia. Salí a trabajar. Ni siquiera recuerdo si saludé a algún vecino. Soy misántropo funcional. Tomé uno de los taxis de la muerte de Tacubaya, famosos por ser cafres y sortear el tráfico por rutas inverosímiles, rutas que ni los urbanistas que planificaron la zona que conecta Observatorio-las Torres-Santa Fe llegaron a imaginarse. Llegué media hora antes a la Ibero —siempre llego media hora antes.

Entonces dio la 1 de la tarde.

Comencé mi clase puntualmente. Necesitaba salir con un colchón de tiempo. Debía cumplir con un compromiso académico en la UNAM y presentarme en las Jornadas Género que mi querida Cintia y Ana Mora coordinaron. Tenía muchas ganas de estar en esa reunión y saludar a algunas colegas que hacía tanto tiempo que no veía. Le expliqué eso a mi grupo; eso y que teníamos un examen para el jueves entrante. Comencé con el tema de esa sesión: Michel Foucault, la especialidad de la casa. Llevaba diez minutos hablando y escribiendo en el pizarrón cuando una alumna gritó a voz en cuello: ¡está temblando! No lo podía creer, no lo podíamos creer. ¿Temblando? ¡Temblando! Alcancé a girar sobre mí para verla y entonces sentí el golpe trémulo bajo los pies: no era un temblor ordinario, esto era un terremoto. Corrí a abrirle la puerta entonces a mis muchachos. Rápido, uno tras otro, de dos en dos, de tres en tres salieron espantados pero organizados. El tiempo se estiraba como el maldito chicle, una sustancia viscosa que había sustituido al suelo firme que tenía bajo mis pies aquella tarde. Ese momento del desalojo del salón fue para mí eterno. Sin saber de mí, logré salir a tiempo tras mi grupo. Todavía en el corredor los instaba —hoy lo puedo decir— con una paciencia que se parecía más a una súplica: “Muchachos: avancen a las áreas libres, no se detengan en el pasillo, caminen ordenados. Voy tras ustedes.” Mi voz sonaba calmada, me decían, pero juro que no estaba calmado. Mi cabeza estaba a mil años luz de ahí calculando los segundos que tardaría esa columna en desplomarse, el techo sobre nuestras cabezas en convertirse en una trampa mortal, los cuerpos sin rumbo que eran la diferencia entre la vida o la muerte.  La fortuna cuenta y estábamos en planta baja. Logramos salir a los jardines, que son tan hermosos, que en ese instante se volvían ominosos por completo: los árboles se bamboleaban como si el mar se hubiera vuelto sólido y vegetal. Caerían sobre nosotros. ¿Dónde es un lugar seguro cuando la tierra entera te regurgita? ¿Qué es esa fantasía que llamamos seguridad, certeza y con la que, estúpidos y narcisistas como somos los seres humanos, nos adormecemos y creemos estar en control de la situación? Pero la tierra no nos pertenece. Con una simple sacudida se libera de nosotros. Y nos descubrimos frágiles y pequeños, infinitamente pequeños.

Confieso que lo que más me sorprendió fue que al salir vi los edificios administrativos vibrando en un movimiento aterrador. Los vidrios se golpeaban tan violentamente que creí que estallarían. Sin tiempo de sentir el miedo miré a mis chicos y les hacía una broma para que dejaran de ver esos vidrios. Los sujetaba de los hombros y le sonreía diciéndoles que todo estaría bien, que era muy fuerte pero que estábamos todos afuera. Mi mayor temor era que alguien se hubiera quedado en el aula. Había dejado mi celular y mi tableta en el escritorio. Sólo la vida era prioritaria. ¿Cuánto duró esto? 50 segundos, me dicen los que saben; para mí fue una eternidad: no parecía acabar nunca. Cuando por fin cesó llegaron de inmediato los videos: “¡No mames, se derrumbó el centro!” “¡Güey, ¿ya viste el edificio de Sagarpa?” “Quince derrumbes en la ciudad.” “¡En la Roma y la Condesa se cayeron edificios, prof!” No podía creerlo, no quería creerlo. Todas esas vidas, esa gente. Era imposible. ¿Cómo podía estar sucediendo esto? ¿Cómo era posible que el 85 se repitiera 32 años después exactamente el mismo día? ¡No era racional! Mi escepticismo de profe me obligaba a decir: no difundan información alarmista, hay que comprobar los hechos, no se espanten con cuentos chinos. Pero lo creía, lo veía en esos videos. Entonces se dieron las instrucciones para que cada quien volviera a sus casas, con los suyos, a ver sus hogares y esperar lo mejor. Me sentí entonces: temblaba, no la tierra, sino yo; temblaba, pero no por fuera, no era mi cuerpo el que temblaba, una fractura me recorría por dentro. No la podía verbalizar, pero sufría una terrible angustia. Estaba aterrado. Sentí más miedo que nunca en mi vida. Y no había nadie que pudiera entenderme. De repente me vi solo en Santa Fe. Era ridículo. Una parte de la ciudad que no conozco más que por mi universidad. Me sentí solo, tan solo. Inútil. No había nada que yo pudiera hacer ahí. En medio el distrito financiero de la capital, estaba solo. Salí a Vasco de Quiroga y en dirección a Toluca entonces el tráfico fluía. Caminé para cruzar y tomar camino rumbo a Tacubaya. No tenía miedo de subirme al metro, tenía miedo de no salir de Santa Fe. Tenía miedo de volver a casa y que ya no existiera mi hogar, mis cosas, mi pequeñísimo, nimio e insignificante patrimonio que se reduce a toda una biblioteca forjada contra viento y marea en los mejores y peores días de mi vida. Tenía miedo, además, de perderme en el anonimato, sin nadie especial que pudiera recordarme y decir: al menos fue un buen hombre. ¿Han sentido ese terror de no ser nadie? Me disolvía; nadie preguntará por mí, nadie sabrá más de mí, habré pasado por una noche tan negra que al perderla me habré vuelto una sombra. Naufragaba en el leteo de mi tragedia personal cuando recobré mi rostro, pues fui reconocido por mi querido Carlos Mendoza, con quien intercambié rápidas y nerviosas palabras.

Finalmente pude pasar al otro lado de la avenida.

Avenida Constituyentes. (Foto: Cuartoscuro.)

No había modo de salir de Santa Fe. De pronto la avenida se había convertido en un enorme, inmenso, infinito y borgiano estacionamiento. Qué contraste. Minutos antes la avenida era un río intempestivo que azotaba a todo ser vivo y ahora era una franja sólida de monóxido de carbono. Inútil dos veces: durante el temblor y después del temblor. Sentí que me desmayaba. Compré alguna hamburguesa en un food truck que encontré por suerte y tuve la comida más triste de mi vida. Varado en medio de la nada, donde no era nadie —ni siquiera para mí. El estacionamiento se movía de pronto, por momentos, galvanizado por la histeria colectiva de salir y contar que vivimos. Pude dejar de ser profesor y fui simplemente yo: alguien asustado, preocupado por su familia, amigos, por todo. Logré subirme a un camión que tenía las puertas cerradas, el conductor se apiadó de nosotros. Nos dejó abordar. Metros más adelante logré sentarme. Sólo veía el intenso fluir de la gente que se fue a pie, saliendo de esa trampa indolente de edificios corporativos de cristal, ajenos a la vida humana. Escuchamos la radio. No lo podía creer. En la Obrera se había caído nuevamente un edificio donde laboraban costureras —sí, carajo, trabajadoras de la industria textil. Me derrumbé. No pude más. No pude ni llorar. No dejaba de temblar por dentro. Debo decir que todas las noticias me conmovieron ese día y los demás, pero la costureras me partieron el alma. Tenía que estar ahí, tenía que ayudar, debía hacer algo. Después fue la Escuela Rébsamen, el edifico multifamiliar de Ciudad Jardín, el derrumbe en la Portales. Todos son espacios que recorro diariamente para llegar a mi trabajo. ¿Qué geografía iba a reconocer? ¿Quedaba algo del mundo para mí, para todos? Toda mi cotidianidad se derrumbaba y yo varado en la única parte de la ciudad en la que era inútil. Afortunadamente, alrededor de las 6 de la tarde, logré comunicarme con mi madre y mis afectos. Para entonces, la sociedad mexicana ya estaba levantando lo que el sismo descubrió: nuestro enorme poder de organización autónoma.

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