por Octavio Spíndola Zago

Uno nunca piensa que no le va a pasar, ¿no? Estamos exentos, las probabilidades son una en mil. Vivimos en una de las zonas más inestables del mundo, justo en la placa de Cocos: México está atravesado por las sierras Madres, custodiado por volcanes que lo mismo hacen fértiles los valles del altiplano central que nos vuelven un foco rojo por actividad sísmica. Pero no vivimos conscientes de ello, o preferimos no estarlo.

El Aula Magna de la preciosa Casa Presno, uno de los muchos edificios históricos que la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla conserva en el corazón de la ciudad de Puebla y han sido acondicionados para albergar actividades de docencia, investigación y divulgación —en este caso para el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades Alfonso Vélez Pliego—, estaba rebosante de gente que nos dimos cita para el inicio del ciclo de conferencias Los hijos de Cronos, que dictaría el profesor Berber Bevernage, de la Universidad de Gante, sobre las políticas de memoria en diferentes países desgarrados por el trauma de dictaduras o genocidios.

La intensidad iba subiendo de tono conforme profundizábamos en los episodios traumáticos de la historia humana, y los ahí presentes no podíamos más que remitirnos a nuestra propia experiencia nacional, plagada de episodios traumáticos que no hemos —como historiadores ni como ciudadanos— sabido elaborar: desde la conquista, pasando por la guerra con Estados Unidos, el 68 y el mismo terremoto del 85 que marcó el despertar de la sociedad civil mexicana, hasta Iguala y los feminicidios por los que en Puebla decenas de miles de universitarios marchamos el lunes 18 de septiembre en memoria de Mara Castilla, exigiendo justicia y un alto a la impunidad y la corrupción.

Todo lo demás fue muy rápido. Las escenas se precipitaron. La brusquedad de la sacudida de la tierra parecería contrastar con la lentitud con la que vivimos aquella experiencia fatídica. Las sillas empezaron a saltar a contratiempo; todo daba vueltas. ¡Está temblando! Los gritos no tardaron en hacerse oír entre la confusión. ¿Está pasando? No, no puede ser real, no puede estar pasando. Mis piernas traicionaron a mi mente y se pusieron en marcha. Mis manos dejaron la libreta en la mochila y la colocaron debajo de la silla para no estorbar el paso a los que venían tras de mí. Pero yo seguía sin caer en cuenta de lo que estaba sucediendo.

Al principio los más próximos a la puerta se precipitaron a ella corriendo, pero los más nos apuramos a pedir calma y procurar orden al evacuar. Carajo, ¿por qué no se dejan abiertas las dos puertas? Para salir a la avenida Juan de Palafox y Mendoza debimos cruzar tres puertas y la última, un portón de madera de gran tamaño del siglo XIX, permanecía cerrada a excepción de la pequeña portezuela por la que se da acceso diariamente. ¿Qué nadie capacitó al personal de seguridad universitaria para abrir el portón por completo en estas contingencias? Teníamos prisa por salir, sin un lugar a dónde dirigirnos.

Las calles del centro histórico de Puebla eran caóticas. ¡No jodas, mira cuánto humo hay allá sobre Reforma! ¡Mira el templo de la Compañía, su torre giró sobre su propio eje! ¡Una esquina del hotel Casa de la Palma se cayó! ¡Se agrietó terriblemente una parte de los portales del Zócalo! Hicimos círculos, instintivamente, para congregarnos con nuestros cercanos; la necesidad de proximidad corporal con nuestros seres queridos se alternaba con la búsqueda de encomendarnos a algo superior y conciliar con ello la esperanza de sobrevivir. A mi lado una señora partía en un llanto de tal calado que lo sentí en lo más profundo de mí ser. Abracé a mi amiga para aminorar el impacto de lo que suponía para ese momento: una tragedia.

¿Ya paró? ¿Se detuvo? ¿Cómo estar seguros? La zozobra no nos permitía pensar con calma ¿Y si vuelve a temblar, y peor?

—¡Una ambulancia, pidan una ambulancia! —oí a una de mis maestras gritar en tanto se aproximaba a una señora que, sentada, sufría un ataque de ansiedad.

—Las líneas están caídas, no sirven —respondían otros. Mi instinto actuó con mayor agilidad que mi mente, otra vez. Corrí a una patrulla cercana a pedir una ambulancia, pero la única respuesta que recibí fue un seco “no tenemos comunicación”. Pensé “¿pues qué no tienen radio, carajo?, ¿no hay protocolos para esto?” y corrí de regreso. Por fortuna ya la habían trasladado para que le brindaran atención médica.

Caminamos unas cuantas calles, deteniéndonos ante cada rostro conocido para corroborar su estado físico y psicológico, indagando minuciosamente los edificios coloniales y decimonónicos que hacía sólo unos segundos amenazaban con desplomarse ante nuestra impotente mirada y frágil presencia.

“Están evacuando el centro, hay demasiados daños para circular por las calles.” El azar me permitió encontrarme con mi prima y junto con mi amiga caminamos al boulevard 5 de Mayo entre los frenéticos gritos de uno de los miembros del personal de seguridad universitaria que, sin los nervios necesarios, tenía en sus manos un altoparlante y vociferaba, atropelladamente, indicaciones para no detenerse a tomar fotos ni recargarse en las paredes. Mi paciencia se colapsó: en la peor de las contradicciones le grité que dejara de gritar, que no estaba ayudando a la calma sino más bien a alterar a las personas.

El tráfico era una locura, el transporte público estaba desbordado en su capacidad. Nuestros rostros estaban en su mayoría trastocados por la preocupación debido al paradero y estado de nuestras familias, congestionados por las emociones encontradas y contenidas.

Cuando pude abrazar a mi madre, a mi padre, a mi hermana, ese momento se volvió eterno, cargado de sentido, absolutamente significante. Llegando a casa supe que a sólo unas calles de distancia de donde estaba, en la 4 Oriente, uno de las edificios de la preparatoria Lázaro Cárdenas había tenido desprendimientos que cobraron la vida de María Celia Miranda Rosas, que trabajara como secretaria a sus 49 años, y cuyo corazón generoso le hizo ayudar a los jóvenes a salvarse antes que a ella misma. El mismo destino corrió la alumna Ana Paola de los Santos Velázquez.

Estudiantes de la preparatoria Lázaro Cárdenas, el 22 de septiembre. (Foto: Omar Contreras.)

No había caído en la cuenta que de un momento a otro toda mi vida podría haberse desgarrado, fragmentado, ido al carajo. ¿Cuáles eran las probabilidades que la tierra rugiera dos veces prácticamente en simultáneo, tan lejos de la franja costera, a sólo doce días del de mayor intensidad en la historia reciente del país que había abatido el istmo y la mixteca oaxaqueños, exactamente el mismo día que el más destructivo, a tan sólo pocas horas del macro simulacro conmemorativo? Una bastó. La ciudad de México fue declarada zona de desastre; en Puebla, las poblaciones de Tochimilco, Atlixco, Izúcar, Tepeojuma, Chiautla, Atencingo y Jolalpan reportaban daños devastadores; en Morelos, Cuautla, Cuernavaca y Jojutla fueron duramente golpeadas. Decenas de iglesias resultaron dañadas, las emblemáticas torres del santuario de la Virgen de los Remedios en Cholula no resistieron y sus cúpulas se colapsaron.

Las imágenes que se difunden desde las primeras horas me reconcilian con este país: miles de personas olvidándose de sí para excavar con sus manos entre los escombros, para entregar lo poco que tuvieran. Se manifestó fuertemente la pertenencia a una comunidad habitada por cientos de miles de héroes anónimos que están poniendo a México, este México bravo que afronta las adversidades, de pie otra vez, triunfando sobre la fatalidad que nos atraviesa, en una lección de solidaridad que asombra, que enseña el significado, este sí, de ser mexicano. Nadie los convocó, no hubo ningún llamado, y aun así todos acudieron, todos se organizaron.

No faltan quienes están lucrando con la desgracia, aquellos que propagan la desinformación, medios amarillistas que sólo saben difundir el miedo, gobernadores de la miseria política como el de Puebla, que sólo están dando paseos con fotógrafos por las poblaciones afectadas pero sin ensuciarse; políticos enfermos incapaces de abstenerse en hacer promoción a su imagen personal sin pudor. Pero hoy, en estos días, dejemos que la esperanza nos deslumbre y el fuego abrazador del hermanamiento entre extraños nos acoja.

Hoy aplaudamos a la masa que anónimamente, ante el olvido oficial o el auxilio tardío, antepuso todo para ayudar sin necesidad de reflectores al momento de jugarse la vida o donando sus pertenencias, y cuyo único testimonio son las fotografías espontáneas que circulan en las redes sociales. Guardemos luto por los más de doscientos muertos, rescatemos los nombres y las historias de generosidad como la de María Celia y celebremos, entre tanta desgracia, que no se ha perdido la capacidad humana de cohabitar, de dar la mano en el dolor para levantarnos juntos.

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