por Felipe Ávila Espinosa

Una tragedia como la que está viviendo México en el centro y sur del país es lamentable. Causa un profundo dolor, tristeza, compasión, rabia. Pero también, una vez más, como en 1985, es una reconciliación con lo mejor de la vida: con el amor, la solidaridad, el altruismo, la valentía, el compromiso con los demás.

Me han tocado los dos sismos en el corazón de esta gran ciudad. He recorrido nuevamente muchas de las mismas calles en la misma situación de catástrofe: edificios colapsados, fachadas destruidas, familias enteras con el dolor y la desesperación de tener familiares y amigos atrapados entre los escombros, muchos más que siguen vivos pero saben que han perdido todo lo que tenían. Duele ver otra vez estas escenas.

Al mismo tiempo, la tragedia ha vuelto a sacar lo mejor de nosotros, eso que normalmente no nos damos cuenta que tenemos y que sólo una emergencia como ésta hace aflorar: la capacidad de ver y sentir a los demás, de salirnos de nuestro egoísmo cotidiano, de reconocer que lo más valioso y lo único que tiene sentido es la vida, la nuestra y la de nuestros seres queridos y también la de los demás.

Foto de Rodrígo Rodríguez, 19 de septiembre, 2017

Estoy sorprendido de ver nuevamente en las calles a miles y miles de personas, de todos los sectores sociales y edades, dando lo mejor de sí para ayudar a los más afectados por la tragedia. Nuevamente la sociedad se volcó a las tareas de rescate. Todos los que han podido están en las calles y han encontrado nuevamente la mejor manera de organizar las tareas de rescate. Sorprende la eficacia de la división de tareas y la coordinación con la que por ensayo, error y sentido común han aprendido a hacer y hacerlo bien.

Todos hacen lo que pueden hacer y lo que creen que es más útil. Los rescatistas que están en la dura faena de abrir lozas, cortar varillas y meterse entre los escombros en busca de vida. Los brigadistas que organizan cadenas enormes de manos que codo a codo se van pasando los escombros. Los brigadistas que organizan el acopio de víveres, comida, agua, medicinas, herramientas. Los que llevan y traen a los voluntarios a los lugares en donde se necesitan, atendiendo el llamado que desde las redes sociales estableció una inmensa red de comunicación y logística. Las miles de familias que han entendido que su labor es llevar ayuda a los albergues y a los brigadistas y que llevan en sus vehículos o a pie lo que pueden ofrecer a quienes han perdido sus hogares y a los que luchan por rescatar vivos a los atrapados en los edificios colapsados.

Me ha sorprendido la entrega y la eficacia de esa inmensa labor de rescate y ayuda. En las cadenas humanas para sacar escombros y descargar víveres nadie habla, no es necesario. Se comunican con la mirada, con las manos, con los gestos. Cerca de los edificios colapsados cuando empiezan a levantarse los puños de la mano derecha se oye un silencio sepulcral. Nadie debe hablar ni hacer ruido, el momento es tenso porque puede significar entrar en contacto y ubicar donde está algún sobreviviente. He visto filas enormes de voluntarios con cascos, palas, picos y cubetas esperar pacientemente su turno para relevar a los que salen. Y he visto con emoción cómo los que van saliendo reciben el aplauso espontáneo y el reconocimiento de los miles que afuera los están acompañando con su presencia. Nadie lo hace por vanidad. No he visto ningún gesto de egoísmo y pedantería. He visto, por doquier, entrega sincera, sin esperar nada a cambio, por el simple hecho de saber que se tiene que hacer eso, que es su deber, que tiene sentido, que ayudando a los demás se ayuda también a uno mismo.

A diferencia de 1985, cuando me tocó vivir en carne propia que el despliegue espontáneo de la sociedad se volcó y fue muy eficaz las primeras 24 horas y que todo cambió en cuanto llegó el ejército que acordonó las zonas de desastre y ya no se pudo seguir con las labores de rescate en la mayoría de los sitios, provocando la indignación justificada de la gente que quería seguir ayudando y ya no pudo, ahora he visto pocos militares y muy pocos marinos. No he visto, en lo que ha tocado, esa confrontación y desplazamiento de la sociedad civil, de las brigadas, por la fuerza pública como en 1985.

Nuevamente es la sociedad civil, organizada espontáneamente, la que está rescatando a los suyos de manera ejemplar. El miércoles en la tarde le pedí a mi sobrina, de 14 años, que me acompañara a la colonia Roma para que viera y sintiera a la gente ayudando, para que fuera parte de esa comunidad. Creo que es uno de los mejores ejemplos que podemos dar a nuestros hijos. Que vean el compromiso y el amor por los demás que todos sentimos en un momento como este. Por escenas como las que he visto estos dos días, y por las que me tocó vivir en 1985, siento un orgullo inmenso de ser mexicano. Éste es el México verdadero, el que vale la pena, el que puede hacer de este país un país mejor, el que tiene en sus manos su destino.

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