Los caminos de Rubén

por Arturo E. García Niño

El alma exige la más alta trascendencia;
no consiente nada por encima de ella, no
consiente incluso a Dios por encima de ella.
Meister Eckhart

De entrada y para matar el equívoco: la vida y obra de Rubén Salazar Mallén son más que el escándalo suscitado a raíz de haberse publicado fragmentos de Cariátide en la revista Examen (que dirigía Jorge Cuesta) en 1932 y por su confesa militancia fascista en algún momento de su vida. Autor inmerso en lo sorprendente, Salazar Mallén (nacido en Coatzacoalcos, Veracruz, el 9 de julio de 1905) jamás pudo dejar en claro (porque jamás se lo propuso, que conste) los terrenos propios de su actuar citadino y los de su obra y oficio, ocasionando con ello la negativa de la crítica ante lo literario específico salido de sus manos; con honrosas excepciones como, José Luís Ontiveros, Javier Sicilia, Marco Antonio Campos, Christopher Domínguez Michael y José Emilio Pacheco.

Autor maldito y maldecido por iniciativa propia, como resultante de una búsqueda y apuesta constantes por el hombre, Salazar Mallén es un heterodoxo, un salmón (al igual que José Revueltas) provocante y puntilloso en un medio timorato, complaciente y reproductor de los elogios mutuos bajo cuyas directrices se construyen y destruyen los prestigios artísticos. Admirador confeso de Revueltas, comparte con éste el no dudar, como buen a-normal, en aventurarse tras sus convicciones a contracorriente de la norma aceptada y oficializada.

Esa vena ácrata fue precisamente la que lo condujo a ser comunista (según él mismo afirmaba), a militar en el Partido Comunista Mexicano (y ser el primero en la historia de la organización en renunciar), a cofundar la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios, a ser fascista y a retornar, como si nada hubiera ocurrido, al anarquismo como proyecto social y vital. Itinerario rudo sin duda, del cual bastó su coqueteo con el fascismo para que la república de las letras y la academia lo anatemizaran. Y si bien dicen que muerto el perro se acaba la rabia, en el caso de Salazar Mallén la cuestión es distinta: hoy continúa siendo presencia importarte de la cultura nacional, aunque su centenario haya pasado inadvertido y la crítica mainstream y correcta políticamente lo mantenga arrumbado. Su obra es abrevadero a la luz de los tiempos corrientes plagados de intolerancia y denostación de la diferencia, constatando así su pertinencia, aporte y actualidad.

Colaborador en Contemporáneos (en los números 8, 11 y 22 de la revista publicó tres cuentos cargados de una atmósfera erótica y sensual que prefigura su obra posterior), Salazar Mallén nunca ha sido identificado, por razones de ninguneo extraliterario, con el llamado “grupo sin grupo”. Ni mejor ni peor que los otros contemporáneos, su obra exige una revisión profunda que exponga de manera justa sus virtudes y pecados. Y de allí pueden surgir sorpresas, como darse cuenta de que Cariátide es la primera crítica desde la literatura a la ortodoxa y religiosa práctica comunista de entonces, impregnada del estalinismo, algo que Salazar se preocupó siempre de precisar, afirmando que su cuestionamiento no era a la concepción marxista de la historia y del mundo sino a la forma de militar que dominaba en aquellos años —postura-propuesta continuada por Revueltas en Los días terrenales y Los errores. Con todo, la novela pasó a la historia como una obra literaria anticomunista y por los ataques en su contra al ser publicados sus dos primeros capítulos en Examen: desde la izquierda los embates fueron supuestamente por atacar al comunismo; desde la derecha por usar “malas palabras”, lo que originó que tanto el autor de la novela como el director de la revista fueran llevados a juicio acusados de ¡inmorales!

Después del juicio, el original de la obra de Salazar Mallén se quedó en las manos del impresor responsable de su publicación y el autor quemó la única copia existente, según dijo, por “necesidad vital”: una noche de borrachera el frío era muy intenso y para darse calor él y Alejo Díaz tuvieron que hacer una fogata con el manuscrito. Posteriormente, Natalia Cuesta, hermana del poeta cordobés director de Examen, hizo entrega a Salazar de algunos fragmentos rescatados de la imprenta y a partir de ellos Salazar Mallén reconstruyó la narración, que se publicó en 1959 con el título de Camaradas. De allí surgió una obra con un lenguaje conciso y precisa en su desarrollo, que obtiene del lector la certeza de estar ante algo distinto, al cual no le sobra ni le falta nada.

Fragmento de la portada de la edición conjunta de Camaradas y Soledad.

Juntó a CariátideCamaradas, Viva México, La sangre vacía (una radiografía cruda y descamada de los intestinos guerrilleros mexicanos en los años setenta) y Soledad son las creaciones mayores de Salazar Mallén. Parte importante de la literatura mexicana, Soledad es una obra maestra del relato breve; está en el mismo nivel que El túnel, de Ernesto Sábato, por citar sólo un nombre indiscutible y consagrado. Aquiles Alcázar, el personaje central de Soledad, es una síntesis de la mediocridad perfilada hacia el fracaso ante la angustia vivencial de una rutina burocrática; es su vida la del hombre sin matices (el del traje gris) que habita un espacio urbano donde se encuentra solo rodeado de grandes masas humanas. Eso es Soledad: cuando el protagonista habla mirando hacia el futuro (“Sobre los siglos flotaba un nombre: Aquiles Alcázar, y en los hombres latía el recuerdo de un ser insignificante y humillado en su tiempo: ‘Aquiles Alcázar.’ Así sería, sin duda”) sabe bien que su voz y su existir no irán más allá de su tiempo y se perderán en el vacío.

Escritor digno y profundo, Salazar Mallén es cada vez más moderno y vivo. Cuestionador de todo y creyente de la duda, vivió con el pie metido hasta el fondo del acelerador. Seguramente estas líneas le hubieran causado risa y tanta seriedad de nuestra parte sólo hubiera obtenido de él una sonora mentada de madre, acompañada de una invitación para ir por cervezas o vino. Al fin y al cabo, como a Samuel Beckett, la fama no le preocupó: renunció al prestigio personal y optó por el suicidio social que debía llevarlo al anonimato —lo que no logró por culpa de su vida y obra mismas: éstas le trascendieron contradiciendo su intentona, para bien del arte y para que el buen Rubén se encabrone.

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