Desamortización y cosmovisión náhuatl

por Baruc Martínez Díaz

A la memoria de Margarita Carbó Darnaculleta quien era, como dijera un antiguo manuscrito nahua, tlamatini, ocotl, coyahuac ocotl ahpocyoh —conocedora de las cosas, sabia, ocote, grueso ocote que no humea.

Desde que era un niño me fascinaba escuchar las variadas historias que mis abuelos paternos relataban acerca de nuestro pueblo, Tláhuac; sobre todo aquéllas que tenían como telón de fondo la insurrección zapatista en los pueblos lacustres del sur de la cuenca de México y la incorporación de mi bisabuelo, Pedro Martínez Ramos, a las filas del Ejército Libertador del Sur. Por ello, siempre tuve la inquietud, durante mi formación como historiador, de documentar la gesta revolucionaria en los pueblos de la región, ya que casi nada se ha escrito sobre ésta y hasta la fecha sólo se tienen noticias dispersas y aisladas acerca de la participación de las fuerzas revolucionarias que comandó el general Emiliano Zapata en esta zona. Debido a diferentes circunstancias, sin embargo, me avoqué a estudiar otras temporalidades y otros espacios durante la licenciatura, así que el plantearme el abordaje del zapatismo tuvo que esperar algunos años más.

Cuando ingresé a la maestría en historia en la UNAM, lo hice con un proyecto de investigación que se enfocaba en el movimiento zapatista en la región de Tláhuac y, además, en un conflicto territorial de gran envergadura que, con todos los procesos generados por él, tuvo mucho que ver en la decisión de los habitantes de la zona para engrosar las fuerzas surianas: la desecación del lago de Chalco, promovida por el hacendado español Íñigo Noriega desde 1894, y llevada a cabo en el lapso comprendido entre 1896 y 1905. De esta manera entré al posgrado y durante los dos años desarrollé el proyecto titulado “La chinampa en llamas: Conflictos por el territorio y zapatismo en Tláhuac (1894-1923)”, bajo la dirección de Margarita Carbó, a quien, por cierto, yo había solicitado como directora porque, desde la licenciatura, me había identificado con sus intereses y trabajos historiográficos. Al poco tiempo, Carbó me señaló la necesidad de abordar, además de los procesos ya enunciados, el tema de la desamortización de las tierras comunales en la región, ya que le parecía importante su abordaje antes que la propia desecación: su estudio quizás evidenciaría pugnas territoriales importantes que hubieran antecedido a la rivalidad que existió entre los pueblos y Noriega. Al respecto ya había hecho algunas pesquisas y no estaba convencido del todo, ya que me había dado cuenta de la escasa documentación con la que se contaba para abordar este tema en mi región de estudio. No obstante, al final accedí a la propuesta de Carbó.

A la postre escribí un segundo capítulo con casi cien páginas, contrario a lo que yo había pensado en un principio. Después me puse a redactar el tercer apartado que trataba, ahora sí, de la desecación del lago de Chalco y las estrategias de resistencia que las comunidades crearon, de forma cotidiana, para hacerle frente a esa difícil y novedosa situación, al quedarse sin un espacio con el cual habían convivido a lo largo de cientos de años. En eso andaba cuando sucedió algo completamente inesperado y que, por lo demás, me dolió muchísimo y me colocó en una especie de limbo académico: a finales de noviembre de 2015 falleció Margarita Carbó. A pesar de la trágica noticia, decidí continuar con la redacción, tal cual estaba estipulada en el proyecto original, y concluirla como un póstumo homenaje a la memoria de mi directora.

Conforme transcurrían los meses, me fui dando cuenta que el texto iba creciendo sobremanera y entonces recordé lo que algunos profesores así como compañeros de estudio me habían señalado con anterioridad: mi tema era demasiado extenso como para abordarlo en una tesis de maestría. Aunado a esto, las observaciones que me hicieron Ethelia Ruiz y Guilhem Olivier, quienes habían estado siguiendo de cerca el curso de mi investigación, en el sentido de que sólo tomara una parte de lo ya redactado para no demorar más la conclusión de mis estudios de maestría, visibilizaron un hecho: me había aferrado, durante muchos meses, a un tema que me seguiría consumiendo más tiempo del previsto inicialmente. Todos estos factores me llevaron a considerar la propuesta de Ethelia y Guilhem. Así pues, me dispuse a investigar, mientras tanto, sólo el caso de la desamortización del territorio comunal de la región de Tláhuac. Sin embargo, no quería presentar el proceso nada más de forma tradicional, es decir, desde la óptica de los dominadores, enfocándome en la legislación y en su posterior aplicación, esto es, en lo puramente político, sino, sobre todo, tratar de profundizar más en la cuestión, construyendo un texto de mayor densidad. Abordar, por ejemplo, las impresiones que habían tenido los antiguos comuneros al momento en que se les presentaba la disyuntiva entre desamortizar o no sus patrimonios colectivos.

Pero, ¿cómo podría llevarlo a cabo? ¿Cuáles podrían ser los caminos a seguir, a sabiendas que la documentación burocrática generada no refería las miradas campesinas cotidianas en torno a la privatización? ¿Sería posible acceder al pensamiento de los habitantes de los pueblos que habían vivido el proceso hacía más de un siglo o, por lo menos, intentar un acercamiento a él? Todas éstas y muchas más dudas rondaban mi cabeza y comprendía que algo de esta naturaleza era bastante complicado; no obstante, tenía claro mi propósito: buscar nuevas rutas para tratar de conocer, lo más cercanamente posible, la historia desde abajo de los habitantes de la región de Tláhuac. Entonces creí que lo más pertinente era centrarme en la cosmovisión como categoría analítica con la cual desentrañar la visión del mundo que poseían los viejos comuneros de finales del siglo XIX y principios del XX. Esta cuestión, de hecho, la tenía ya contemplada en mi proyecto original pero sólo en lo referente a la desecación del lago de Chalco y, sobre todo, en cómo veían el agua los pueblos ribereños.

Una vez decidido esto, tuve que enfrentar varios problemas de orden metodológico, e inclusive epistemológico. En primer lugar, ¿cómo justificar, en un estudio histórico como el mío, la introducción de una categoría analítica que en la mayoría de los casos está relegada al campo antropológico? ¿Podría ser posible un diálogo entre ambas disciplinas con la finalidad de incursionar en un terreno en donde las puras herramientas históricas no alcanzaban para profundizar en él? Cavilando acerca de estas cuestiones, pasaban por mi mente algunos trabajos históricos como Los benandanti, de Carlo Ginzburg; La gran matanza de gatos, de Robert Darnton o El regreso de Martin Guerre, de Natalie Z. Davies; buenas muestras, según yo, de que los recursos antropológicos podían aportar mucho al trabajo del historiador. Los tres en cierta manera tenían algo en común: lograron reconstruir la forma en la que veían el mundo los campesinos europeos de variadas latitudes y disímiles temporalidades, apoyándose en toda clase de fuentes históricas pero, asimismo, tratando de enriquecerse con elementos de corte antropológico. El resultado fue, desde mi perspectiva, una mirada densa, tanto cultural como temporalmente, que no hubiese sido posible si sólo se hubiera tomado en cuenta una sola perspectiva disciplinaria. A menudo los historiadores no profundizamos tanto en aquellos temas que pensamos como típicamente antropológicos (culturales) y, de la misma manera, los antropólogos descuidan con demasiada frecuencia el peso temporal que puede proporcionarles la historia, más allá de los meros “antecedentes”, para dotar a su trabajo de una mayor complejidad.

Aunado a esto, también tenía presente algunos trabajos antropológicos, sobre todo de corte mesoamericanista, que acá en México han echado mano tanto de los recursos históricos como de varias herramientas de la antropología, tales como la etnografía y el método comparativo. Pensaba, por ejemplo, en ciertos textos de Alfredo López Austin, Johanna Broda, Andrés Medina o Beatriz Albores, por citar sólo unos cuantos casos. En varios de ellos era evidente la provechosa utilización tanto de la diacronía como de la sincronía; en un ir y venir de variadas dimensiones temporales que, a la postre, les había permitido construir novedosas investigaciones, con una sobrada riqueza heurística y hermenéutica. De la misma manera que aquellos historiadores, estos últimos habían logrado reconstruir la cosmovisión de sociedades agrícolas mesoamericanas, unas muy antiguas y otras más recientes, pero con una profundidad tal que no era posible este resultado sólo como producto de una sola disciplina sino de un diálogo epistemológico.

Mirada hacia el oriente. (Foto tomada de aquí.)

Así pues, abrevando de estas dos tradiciones histórico-antropológicas, o antropológico-históricas, para no herir susceptibilidades, decidí construir mi nuevo proyecto. De mi antiguo segundo capítulo, reelaboré dos nuevos y un apéndice. En el primero de ellos me enfoqué en una visión global acerca del proceso de desamortización: la proclamación de la ley Lerdo, sus limitaciones y alcances, su significado en el contexto de la ideología liberal, los intentos de su aplicación en algunas regiones, a modo de salvar las inexactitudes que habían dado las versiones historiográficas que pretendieron ser visiones nacionales; la extensa configuración del pensamiento anticomunal a la luz de la larga duración histórica; las estrategias de resistencia que los comuneros desplegaron, también a escala regional, cuando la legislación intentó privatizar sus bienes comunes. Finalmente hice una breve comparación entre las legislaciones agrarias, liberal y monárquica, con el fin de contrastar ambos proyectos de nación y sus implicaciones respecto al sector campesino.

En el segundo capítulo bajé la escala a un nivel regional, tratando de caracterizar, con cierta profusión y a pesar de la escasez de fuentes ya mencionada, el proceso de privatización de las tierras comunales en la zona de Tláhuac. Hasta donde me fue posible, quise evidenciar los alcances, límites, contradicciones y conflictividad social que la desamortización había tenido y generado en las nueve comunidades que yo identifiqué como región de Tláhuac; esto último, desde luego, basándome en aspectos geográficos, históricos y culturales. De esta manera, aterricé el asunto de la privatización en los pueblos que estudié, haciendo énfasis en lo prolongado del proceso y, ante todo, en las “artes de la resistencia” —por robarle el término a James Scott— que los campesinos locales utilizaron para hacerle frente a esta nueva realidad. Mis pesquisas me llevaron a concluir que, frente a las versiones más tradicionales, en cierta etapa y bajo circunstancias bien concretas, los antiguos comuneros le voltearon la tortilla al estado mexicano: convirtiendo una orden desde arriba en estrategia para sobrevivir comunitariamente; es decir, utilizando el proyecto privatizador para luchar contra aquellos nuevos agentes externos que quisieron usurparles su patrimonio colectivo.

Finalmente, el tercer apartado, y de hecho el más largo de mi investigación, tuvo que ser construido de manera diferente a los dos que le antecedieron, nutriéndome de aquellos aportes que he referido en las líneas anteriores. Sólo los lectores me podrán decir si lo logré, pero recurrí a ese diálogo interdisciplinario del que ya he hecho mención. En este punto, decidí enfocarme en tres aspectos de la sociabilidad comunitaria, todos ellos enmarcados en una visión de la historia mexicana que yo llamo en clave mesoamericana, sincrónica y diacrónicamente: las diversas significaciones del territorio; las estrategias de resistencia que las comunidades han construido para sobrevivir como entidades colectivas; y los “discursos ocultos” —nuevamente por usar el concepto a Scott— que articulaban históricamente el pasado de los pueblos y que circulaban en su interior en aquellos momentos de peligro —ahora parafraseando a Walter Benjamin.

En el primer subapartado del tercer capítulo traté las implicaciones del territorio desde una perspectiva mesoamericana, esto es, de discernir la manera en que, a lo largo del tiempo y en diferentes contextos históricos, los pueblos mesoamericanos han conceptualizado sus territorios de manera muy diferente a la de las elites políticas que los han gobernado. Para las comunidades, el territorio fue mucho más que parcelas de labor susceptibles a convertirse en mercancía: era el lugar donde estaban sepultados sus mayores, el que les había sido legado por ellos y ratificada su posesión a través de la participación de su santo patrono; la residencia donde moraban los seres sobrehumanos que diariamente convivían con ellos y a quienes debían el mal o el buen temporal, las desgracias o los beneficios comunitarios; en suma, y a pesar de que éste poseía un carácter económico que nunca ha sido mi intención negar, un espacio lleno de profundos simbolismos que sólo podían “leer” aquellos que se hallaban insertos en la misma matriz civilizatoria y al que en lengua náhuatl le llamaban totlalticpacnantzin, nuestra madrecita tierra.

Posteriormente me enfoqué en el ámbito de la resistencia campesina y, sobre todo, en algunos de los mecanismos que la hicieron posible. Apunto mi atención en dos momentos históricos, los cuales, aunque alejados temporalmente, presentan algunas similitudes por estar enmarcados en coyunturas semejantes: la llegada de un actor externo con pretensión de acaparamiento territorial. En ambos casos, los pueblos evidenciaron una notable capacidad de adaptación e hicieron uso, muy creativamente, de su bagaje cultural, utilizando elementos autóctonos o apropiándose de aquellos ajenos, siempre con la finalidad de resguardar sus bienes comunes. Crearon títulos y mapas, dotándolos de una apariencia de mayor antigüedad (a mediados de la época colonial). Cuando el idioma náhuatl había dejado de ser lingua franca (a finales del siglo XIX) tradujeron aquellos títulos, pintaron nuevos mapas y, de nueva cuenta, los presentaron ante los tribunales de los poderosos. Historias casi olvidadas pero que, según yo, merecían ser contadas nuevamente, a pesar de que los indicios que permitieron su reconstrucción son bien escasos, ya que constituyen lo que de forma atinada Scott ha llamado “las artes de la resistencia”.

Finalmente, en el marco de esta coyuntura que fue la desamortización pero observada desde el cristal de la larga duración histórica (cobijándome en Fernand Braudel), decidí rastrear algunos de los “discursos ocultos” que circulaban en la región de Tláhuac en aquellos años. Aproveché un mito-narración —un robo más: ahora perpetrado contra López Austin— muy conocido en la zona, la “Historia de Petra Cadena”, el cual, desde mi perspectiva, había logrado codificar en el metalenguaje del relato toda una serie de concepciones de corte atmosférico que se hallaba inserta en una cosmovisión que en esas décadas presentaba una coherencia y articulación muy fuertes, proveniente, hay que decirlo, de la matriz civilizatoria mesoamericana aunque caracterizada por cuatro siglos de imposición colonial (o de colonialidad del poder, según Aníbal Quijano). A partir de esta narración, intenté la reconstrucción de una parte de esa cosmovisión, sobre todo en el aspecto meteorológico, echando mano de un buen número de fuentes de carácter heterogéneo: documentos de archivo, hemerografía, estudios viejos y contemporáneos (tanto históricos como antropológicos), trabajo etnográfico, herramientas lingüísticas (utilizando y traduciendo textos en náhuatl); en fin, tratando de seguir las recomendaciones hechas desde Marc Bloch hasta Carlo Ginzburg, en el sentido de que el conocimiento histórico debe construirse a partir de todas las huellas o indicios (o por lo menos de una buena parte de ellas) que han dejado los hombres en la tierra: siguiendo el rastro de los animales, como hacían los antiguos cazadores; recolectando y analizando las pistas más insignificantes, a la manera del detectivesco Sherlock Holmes, o tomando en cuenta los síntomas de los pacientes, como hasta la fecha hacen los médicos.

Así pues, los tres aspectos analizados en este tercer capítulo, según yo, echan luces sobre los elementos vistos en los dos anteriores, profundizando o dotando de mayor sentido la actuación de los antiguos campesinos de la región de Tláhuac en aquellos difíciles momentos cuando la privatización de su territorio se hizo realidad; en esa coyuntura histórica que los transformó de comuneros en modernos propietarios. Entonces, poniendo la cosmovisión como telón de fondo, quizás podamos entender por qué la desamortización tardó tanto en llevarse a cabo (poco más de medio siglo): no sólo eran parcelas de labor las que serían individualizadas; eran los espacios en donde vivían las entidades sobrehumanas productoras del temporal; eran los cerros, lagunas, ciénegas, chinampas y cuevas que sus antepasados les habían heredado, propiedades que les habían ratificado sus santos patronos y en donde trabajaban de forma comunal. Ahí donde el proyecto liberal propugnaba por introducir, o acelerar la penetración, de la visión individual, los chinamperos reforzaban su tradición pueblerina comunitaria a través de historias como las de Petra Cadena, las que los cohesionaban y vinculaban con su territorio. Diacronía y sincronía, pasado y presente, espacio y tiempo, formando parte de una constelación (siguiendo las tesis bejaminianas), se entrelazaban gracias a la secular resistencia de estas comunidades.

A través de mi trabajo, quise mostrar que hay caminos posibles para construir una historia más allá de la pura perspectiva de los dominadores, ésta mucho más conocida por los trabajos de corte “tradicionalista”. Que se pueden edificar veredas para acceder, no sin bastantes limitaciones, a la visión y a la lógica, muy otras (yendo detrás del surco abierto por los compas neozapatistas), de las clases subalternas. Como señalé al final de mi tesis, esto, desde luego, no es la panacea; sin embargo, me nutrí del diálogo entre la historia y la antropología con la finalidad de construir puentes para tratar de conocer el pensamiento en aquellos hombres que vivieron hace poco más de un siglo; quienes a veces nos parecen muy diferentes, pero en muchas otras ocasiones, nos son tan familiares en sus afanes por querer construir ese mundo donde quepan muchos mundos. Ya el lector dirá si conseguí o no mi objetivo.

 

In atl, in tepetl (el agua, el cerro): Desamortización del territorio comunal y cosmovisión náhuatl en la región de Tláhuac (1856-1911)” fue presentada y defendida como tesis de maestría el 6 de diciembre de 2016 en Ciudad Universitaria. Agradezco muchísimo el apoyo de mi director y sinodales, quienes enriquecieron el texto con sus comentarios y recomendaciones: Guilhem Olivier, Francisco Pineda, Josefina Mac Gregor, Ethelia Ruiz y Johanna Broda. La tesis puede consultarse aquí.

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s