Pensar desde el sur (2)

por Octavio Spíndola Zago

Oigo la tempestad. Me hablan de progreso, de “realizaciones”, de enfermedades curadas, de niveles de vida por encima de sí mismos.
Yo, yo hablo de sociedades vaciadas de ellas mismas, de culturas pisoteadas, de instituciones minadas, de tierras confiscadas, de religiones asesinadas, de magnificencias artísticas aniquiladas, de extraordinarias posibilidades suprimidas.
Me refutan con hechos, estadísticas, kilómetros de carreteras, de canales y de vías férreas.
Yo, yo hablo de millares de hombres sacrificados en la construcción de la línea férrea de Congo-Océan. Hablo de aquellos que, en el momento en que escribo, están cavando con sus manos el puerto de Abidjan. Hablo de los millones de hombres arrancados de sus dioses, de sus tierras, de sus costumbres, de su vida, de la vida, del baile, de la sabiduría.
Yo hablo de millones de hombres en los que hábilmente se ha inculcado el miedo, el complejo de inferioridad, el temblor, el arrodillamiento, la desesperación, el servilismo.
Aimé Cesáire, Discurso sobre el colonialismo

Y esos millones de hombres que han sido triplemente negados por el colonizador, por sí mismos y por los historiadores, padecen a la vez una violencia material y una simbólica, recuperando la fórmula de Pierre Bourdieu, sobre sus cuerpos y sus subjetividades. Complementando estas líneas del pensador de la negritud, Cesáire, resuenan las palabras de Homi K. Bhabha: “las víctimas de la violencia son ellas mismas ‘significadas’: son las víctimas de temores proyectados, ansiedades y dominaciones que no se originan dentro de los oprimidos y no los fijan en el círculo del dolor”, debido a su marginalidad intersticial.

Han pasado 27 años desde que Bhabha (graduado en Oxford y actual director del Mahindra Humanities Center en la Universidad de Harvard) publicara su colección de ensayos críticos sobre las relaciones entre cultura y nacionalismo con el título Nation and Narration. Cuatro años después Bhabha profundizaría en la lectura marxista del sociólogo caribeño Frantz Fanon, entrecruzándola con el psicoanálisis lacaniano y los contenidos lingüísticos de la crítica literaria posestructuralista, para consolidar su apuesta por los estudios subalternos desde el enfoque poscolonial en su clásica obra El lugar de la cultura, texto del que recuperé las líneas antes citadas y del que valen extraer dos comentarios acerca de la labor del historiador desde el sur.

En la última entrega del año pasado propuse a todas y todos los que en este espacio intercambiamos ideas que nos aproximemos desde nuestros ejercicios investigativos a lecturas emancipatorias pronunciadas en contextos epistemológicos del sur, dentro y por fuera de las experiencias áulicas. El camino por el que continuamos andando es la apuesta por la autoreflexividad teórica, la vía de salir de nuestra zona de confort preocupándonos exclusivamente por la crítica de fuentes y la difusión de los productos en un sistema de rendimiento académico desgastante que se ha convertido meramente en lo que O ‘Gorman calificaba como “hablar de lo que se habla” y nos ha conducido a la saturación de información disponible anulando toda posibilidad de aproximarnos al pasado y a los textos al dejarnos únicamente con interpretaciones.

Recuperando las reflexiones heideggerianas acerca del límite (no como punto final, sino  como punto de comienzo), Bhabha no da concesiones en su tesis de que el sujeto colonial es habitante siempre temporal e inestable del límite, viajero o migrante que no puede ser totalmente captado en ninguna plenitud, que se articula en el movimiento y la ambivalencia, que da un sentido desplazado y suplementario a aquello que se simula aceptar: repetición y diferencia.

Pensando desde el límite, el lugar “entre-medio”, el tercer espacio, como lugar de enunciación, Bhabha nos invita a desenmascarar la modernidad y mostrar su verdadero rostro, no sólo en la idea de civilidad, sino en la genealogía del momento colonial y la biopolítica que se implementó en los espacios de dominación; en el momento de las relaciones dominantes de poder y conocimiento. Ir más allá de la estructura temporal de la totalidad expresiva hegeliano-marxista (en la que numerosos trabajos se encuentra aún inscritos inconscientemente) es una posibilidad para ubicar más que causas o estructuras, al significante del deseo en la cima del lenguaje, la ley y la historia para elaborar formas de representación social sensibles a la subjetividad y la sociabilidad. Es negar la normalidad del devenir para marcar a la historia dentro del estado de emergencia, de lo emergente.

Un rasgo fundamental del discurso colonial es su dependencia del concepto de “fijeza” en la construcción ideológica de la otredad (aquí valen tanto las declaraciones de la elite europea sobre los musulmanes, como la estadounidense acerca de los migrantes o de la latinoamericana acerca de los negros y los pueblos originarios. El estereotipo es su estrategia discursiva mayor al asegurar la repetibilidad de lo que está en su lugar en exceso, conformando mecanismos de individualización y marginalización, produciendo —y aquí está lo más peligroso— efectos de verdad probabilísticos y predictibilidad cartografiables, en suma, enunciados científicamente avalados; el papel de la antropología, la demografía, la sociología y la historia han sido emblemáticos en la consolidación de los grandes proyectos coloniales.

Desde este punto de vista, la colonia no sólo es el lugar de dominación y de la resistencia, sino de todo tipo de complejas interrelaciones e hibridaciones que eran consustanciales al modo en que se instituyó la modernidad. El colonizador no quedaba inmune en la situación colonial, pues la historia de la modernidad se ha producido desde la metrópoli occidental como desde las colonias, aunque claro, en esta no sólo con voces insurgentes, también con intelectuales que han venido reprimiendo los traumas de origen y travistiéndolos conceptualmente o sencillamente negándolos.

Bolívar Echeverría niega a las ciencias sociales potencial para ser parte de la solución al ser ellas mismas parte del problema colonial, por ello él se decantó por los saberes nativos y la potencialidad creativa de sus prácticas para constituir una epistemología otra. Regreso con Cesáire al respecto y las implicaciones contemporáneas de la represión de los traumas de origen: “una civilización que se muestra incapaz de resolver los problemas que suscita su funcionamiento es una civilización decadente. Una civilización que escoge cerrar los ojos ante sus problemas más cruciales es una civilización herida. Una civilización que le hace trampas a sus principios es una civilización moribunda”.

Pero si la disciplina histórica es capaz de desmontar los criterios de cientificidad instaurados por el empirismo del primer historicismo que la vinculan a la modernidad colonial, entonces definitivamente podrá tomar parte ya no de las habladurías ad dementia, sino de las propuestas afirmativas, de formas distintas de pensar pactos sociales y de imaginar lo político, lo que nos es común a todos.

 

 

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