por Wilphen Vázquez Ruiz *

Me levanto.
Estoy muy sosegado. Ya pueden llegar los meses y los años. No podrán quitarme nada más. No me quitarán nada más. Estoy tan solo y tan desesperado que puedo recibirlos sin temor. La vida que me ha conducido a través de estos años late todavía en mis manos, en mis ojos. Ignoro si la he superado. Pero mientras ella siga ahí dentro intentará abrirse camino, lo quiera o no lo quiera mi “yo”.
Cayó en octubre de 1918, un día tan tranquilo, tan quieto en todos los sectores, que el comunicado oficial se limitó a la frase: “Sin novedad en el frente”.
Había caído boca abajo y quedó, como dormido, sobre la tierra. Al darle la vuelta pudieron darse cuenta de que no había sufrido mucho. Su rostro tenía una expresión tan serena que parecía estar contento de haber terminado así.
Erich María Remarque, Sin novedad en el frente.

Entre 1914 y 1918 la mayor parte de Europa se vio inmersa en la gran guerra, conflicto bélico que confrontaría al continente que se jactaba de ser el pináculo de la civilización. Esta conflagración, en la que se estima que hubo más de 37 millones de bajas (8 millones de muertos incluyendo a civiles; heridos o mutilados, más de 20, y desaparecidos alrededor de 7), dio inicio a una modalidad en la que la guerra no volvería a “limitarse” al enfrentamiento entre dos o más ejércitos en un campo más o menos establecido. Esta guerra, que inauguraría lo que —en palabras de Eric Hobsbawm, Historia del siglo XX, trad. Juan Faci, Jordi Ainaud y Carme Castells (Barcelona: Crítica, 1998)— se conoce como el siglo XX “corto”, provocó una serie de cambios en los paradigmas sociales y culturales entre los que se encuentran corrientes pictóricas tales como el dadaísmo, el surrealismo y, por supuesto, el expresionismo —teniendo éste último a uno de sus mejores exponentes en la persona de Otto Dix.

Nacido en diciembre de 1891, Otto Dix se yergue como uno de los autores pictóricos más importantes del siglo XX. Plasmó en su obra los horrores que la Gran Guerra sembró en millones de combatientes y sobrevivientes tras la derrota alemana, y marcó en definitiva el lenguaje con el que este autor expresó lo que las corrientes tradicionales no permitían.

¿Cómo reflejar en una obra el sinsentido que conduce a hileras de seres humanos a desfilar hacia la muerte, la angustia por lo que vendrá, el hedor de cuerpos descomponiéndose, devorados por los gusanos que junto con ellos se funden con la tierra en un paisaje yermo y desolador? ¿Cómo retratar la decadencia de una sociedad que tiene que acostumbrarse al deambular de las mujeres convertidas en prostitutas, a los ex combatientes en mendigos y a quienes, en la sociedad berlinesa, se encumbran por encima de los demás como producto de su egoísmo hacia el otro? Otto Dix lo consiguió a un precio que sólo puede reflejarse en su frase “Hay mucho caos en mí. Hay mucho caos en nuestro tiempo.”

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Luego de haber estudiado pintura en Dresde, Dix se sumó a los voluntarios alemanes que experimentarían la guerra en el frente occidental. Sabido es que fue un hombre contrario a la guerra pero, lo mismo que autores como Sigfried Sasoon —quien combatió por los británicos—, su compromiso humanista paradójicamente le forzó a participar en ella en batallas tan emblemáticas como la de Somme y la campaña de Flandes, pues tenía la consigna de retratarla y lo logró.

Con una exposición que comprende más de 160 obras las cuales incluyen dibujos, pinturas, acuarelas y óleos, el Museo Nacional de Arte (junto con el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey y el Goethe-Institut Mexiko) ofrece la muestra Otto Dix: Violencia y pasión, que mantendrá sus puertas abiertas hasta el 15 de enero de 2017.

Debemos mencionar que este montaje nos da —por vez primera en nuestro país— la oportunidad de admirar una muestra tan amplia y representativa de este autor. En ella, si bien se refleja el eje fundamental que marca la obra de Dix como producto de su participación en la gran guerra, no se limita a éste.

Testigo y actor en una sociedad que buscaba reconstruirse, Dix atestiguó el surgimiento y la caída de la república de Weimar, así como el auge del nacionalsocialismo alemán y, nuevamente, los procesos mediante los cuales Alemania volvió a levantarse de los escombros. En el camino, en 1926, Dix se convirtió en profesor en la Academia de Arte de Dresde, puesto que conservó hasta 1933, cuando Adolfo Hitler tomó el control de Alemania. Sabemos cuál fue la posición nazi hacia las expresiones culturales que no comulgaron con el nacionalsocialismo; esto se vio reflejado en el Museo de Arte Degenerado en Berlín. que se encargó de denostar a los autores que, como Otto Dix, se oponían a la cultura de la guerra y cuyas obras, tras ser expuestas, fueron destruidas. De ello también da cuenta la exposición que ofrece al Munal y proporciona imágenes fotográficas de la producción de este autor que sufrieron ese destino. Él mismo permaneció en prisión como uno de los detractores del régimen nazi; sería liberado sólo para ser obligado a enrolarse en lo que quedaba del ejército alemán en 1945.

Otto Dix: Violencia y pasión no sólo nos permite admirar de cerca la obra de este autor, sino también repensar que los demonios que retrató siguen rondando en distintos puntos del orbe, en lo que no se ha aprendido de las experiencias que trae toda guerra. Sin duda, ésta es una muestra que conmueve al espectador y que no debe dejar de ser vista.

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