por Benjamín Díaz Salazar *

En una rueda de prensa celebrada ayer al medidodía, el titular del ejecutivo mexicano exclamó, desde su ronco telepromter, la síntesis más aguda de la política exterior e interior en todo lo que va del sexenio. La vida en México se resume a “una comprensión, a razonar por qué la medida y a ajustarnos a esta realidad”. Luego de cuatro días de silencio, el preciso explicó así el aumento brutal del precio de las gasolinas que, desde los primeros minutos del 2017, sangra los bolsillos de los mexicanos.

El anuncio se vislumbró desde mediados de diciembre, a la par que las gasolineras del Bajío declaraban un desabasto. Poco a poco, la ausencia del combustible se extendió, cual plaga, por todo el país. El norte, el centro y el sur, alzaron la mano para pedir que la que fuera la joya paraestatal surtiera de combustible a todos sus expendios. El plan se tornaba claro: mientras que la tambaleante —única— empresa surtidora comenzaría a dar muestras de su desgaste, en 2017 aparecerían las concesionarias petroleras a ofrecer un reparto constante, completo y económico. ¿Qué podría salir mal?

La red se llenó de memes, momos y publicaciones que ponían sobre la mesa el disgusto de la población por el inminente aumento, del veinte y hasta el treinta por ciento, sobre el precio de las gasolinas y el diesel. Los despachadores de las gasolineras vieron con temor el solitario servicio ofrecido durante las primeras horas del año; sin embargo, declararon temer mucho más el aún profundo desabasto del que sus estaciones eran testigos. Los primeros cierres de gasolineras no se dieron por protestas, sino porque no llegaron los suministros.

Respuesta al aumento. (Foto tomada de aquí.)
Respuesta al aumento. (Foto tomada de aquí.)

Los acuerdos no se cumplieron. El costo de las gasolinas aumentó más de lo anunciado en algunas zonas fronterizas y la molestia entre los ciudadanos comenzaba a soltar el primer hervor. Gasolineras fueron tomadas y, en muchos de los casos, inutilizadas. Las principales autopistas y accesos carreteros fueron bloqueados y se habilitó el paso gratuito en algunas casetas. Los llamados a la protesta que se identificaron provinieron en su mayoría de las redes sociales, de una sociedad organizada —e iracunda— y de grupos con claras banderas políticas detrás; sin embargo, minuto a minuto aparecieron nuevas convocatorias, con horarios diferentes, días de reunión distintos y puntos de movilización dispares. Las ganas de protestar al dente y el panorama incierto. Las centrales camioneras de diversos estados decidieron recortar las corridas por los bloqueos carreteros mientras que algunas pipas del agonizante Pemex son ordeñadas en mitad de las carreteras para repartir el ahora “vital” líquido.

Lo cierto es que la liberación del precio de los combustibles trae consigo otras tantas y peculiares consecuencias. El aumento próximo en consumibles como el maíz, la harina, y algunos vegetales es un secreto a voces, al igual que la inminente alza del transporte público —y del transporte de pasajeros—… por no mencionar el ya declarado incremento en el costo del gas LP y de las tarifas eléctricas de la ínclita CFE.

El argumento que adjudica el alza del combustible al voraz IEPS gana cada día más partidarios. Hay quien dice que todo es parte de un plan. Las arcas del gobierno engordarán mientras Pemex perece, y más tarde el “salvador” de la economía mexicana propondrá una disminución en el impuesto, provocando así que las nuevas y brillantísimas concesionarias ofrezcan un combustible económico y accesible. Se logrará así generar la ilusión, privatización de por medio, de un México todavía más neoliberal que su vecino —cada vez más proteccionista— del norte.

Al filo de la desesperación, la doctrina de Naomi Klein —La doctrina del shock: El auge del capitalismo del desastre, trad. Isabel Fuentes García (Barcelona-México: Paidós, 2007)— vuelve a tomar su lugar. El saqueo de tiendas de autoservicio y el pánico vertido en las calles se convierte de nuevo en una estrategia para replegar el ánimo de cambio, de exigencia. Es momento de no “ajustarnos” a una realidad sino a modificarla. Andamos por los caminos privatizadores de la Argentina de Menem, al filo de los tiempos de De la Rúa: convirtamos mejor nuestro “gasolinazo” en un “cacerolazo” y salgamos a gritar ¡qué se vayan todos!

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