Cartel Land

por Fernando Pérez Montesinos *

Esta reseña llega algo tarde, pero no tanto. Los hechos, desgraciadamente, confirman aún la vigencia de Cartel Land (2015), el perturbador documental de Matthew Heineman. Sólo hace unas cuantas semanas, el 7 de septiembre, un helicóptero oficial del gobierno de Michoacán fue derribado al sur del estado por miembros del crimen organizado (incluido un antiguo cabecilla de los Caballeros Templarios). Este episodio recuerda el más sonado derribo, en el estado de Jalisco y hace poco más de un año (primero de mayo de 2015), de un helicóptero perteneciente al ejército mexicano. Aquella aeronave, de inmediato se supo, fue tumbada por miembros del llamado Cártel Nueva Generación (CNG), alguna vez solapado por el gobierno mexicano para mitigar el avance de los templarios y ahora convertido en uno de los cárteles más grandes del país.

Semanas después de la caída de aquel helicóptero militar, casi como respuesta a la afrenta al ejército, vendrían los hechos por demás anómalos de Tanhuato, Michoacán (22 de mayo de 2015). Según acaba de informar la Comisión Nacional de Derechos Humanos, la actuación de la policía federal en Tanhuato no sólo pasó por alto protocolos mínimos de uso de la fuerza —poco más de cuarenta personas, todas supuestamente miembros del CNG, resultaron muertas tras la intervención policial—, sino que derivó en violaciones flagrantes a los derechos humanos (incluyendo ejecuciones arbitrarias) y la posterior alteración de evidencias y la escena de los hechos. En México —aunque no sólo, pero ciertamente con frecuencia que pasma— la línea entre uniformados y criminales no sólo es difusa sino que ha dejado de existir.

Ésa es, precisamente, una de las conclusiones a las que llega Cartel Land. Nada nuevo, se objetará. Y sin embargo, aunque casi por accidente, la evidencia recabada por Heineman y su equipo y la forma en la que es presentada en pantalla son verdaderamente notables y únicas. El tiempo lo dirá, pero Cartel Land quizá pueda llegar a colocarse dentro de la misma categoría que aquella a la que pertenecen obras como Insurgent Mexico (1914), de John Reed. No tanto porque el documental de Heineman, como el texto de Reed, tenga por eje conductor la consignación de las acciones de hombres alzados en armas (los autodefensas michoacanos, el uno, los revolucionarios villistas, el otro) o porque los personajes y las circunstancias que ambas obras registran sean análogos (no lo son). La razón por la que Cartel Land podría alguna vez verse como parte del mismo género que Insurgent Mexico es otra, a saber, que capta desde dentro y a ras de suelo (como hace más de cien años lo hizo Reed) un fragmento esencial del espíritu de los tiempos —los turbulentos tiempos del México de principios de siglo.

Difícilmente alguien volverá a tener el acceso (y la inocencia) que Heineman tuvo para hacer este documental. Su película reporta con sorprendente cercanía circunstancias y hechos que normalmente hay que leer entre líneas en las notas y comentarios periodísticos. Sorprende hasta dónde pudieron llegar las cámaras y los micrófonos. Cartel Land registra el origen, el ascenso y la caída de los grupos de autodefensa en la tierra caliente michoacana. Documenta las primeras asambleas, las concisas (pero contundentes) arengas de José Mireles, la bienvenida de los locales, la mano alzada de los asistentes cuando se les pregunta quién quiere unirse al movimiento, el momento preciso en que un individuo cualquiera decide tomar las armas —ese momento tan elusivo que los historiadores han perseguido y tratado de desentrañar con nada más que evidencias indirectas y fragmentarias—. La cámara muestra cómo miembros del ejército mexicano son forzados por los habitantes de una población local (Tancítaro) a aceptar la llegada de los autodefensas y luego cómo también se retiran del lugar resignados, despojados de autoridad. Quedan grabadas también las detenciones de presuntos templarios y las balaceras previas a su captura; la gente, se ve en pantalla, sabe sus nombres, dónde viven, quiénes son; ahora puede reclamarles cara a cara haber vejado y asesinado a sus familiares. Los detenidos, antes de ser entregados a la policía, son insultados, golpeados y pateados, una, dos, tres veces —es el miedo y la frustración guardada por años convertida en rabia, en desquite, en violento desahogo.

El documental capta los instantes de jolgorio, el sentimiento de alivio que sigue a la rabia contenida, la sensación de justicia alcanzada. Capta, de igual modo, la terrible dinámica engendrada por la violencia. Un individuo es detenido por integrantes de las autodefensas. La cámara está ahí para dar cuenta de ello. La hija del aprehendido (una niña pequeña de quizá menos de diez años) es testigo. Grita y llora. Amenaza con quitarse la vida si se llevan a su padre. Lo dice más de una vez. Nada que hacer. La cámara sigue ahí y graba los golpes, la pistola que apunta a la cabeza del detenido, el momento en que es bajado de la camioneta en la que viaja junto con sus aprehensores y es llevado a lo que claramente es un lugar de tortura. Otras veces, la lente capta el pillaje que acompaña a las detenciones en los domicilios de los aprehendidos. Registra el rechazo abierto de los pobladores de una localidad que las autodefensas trataban de ocupar, las arengas desarticuladas y menos emotivas de Estanilao Beltrán, Papá Pitufo, lo reclamos por los pillajes, la molestia que crece. La cámara no alcanza a mostrarlo, pero el micrófono graba una reunión de los líderes del movimiento en la que Mireles se pronuncia por no entregar las armas al gobierno federal, las posiciones encontradas, la brecha que se hace más grande. Y luego las imágenes de Papá Pitufo abrazando y llamando “mi jefe” al entonces “virrey” Alfredo Castillo, otro de los incondicionales del presidente. El fin de las autodefensas y la integración, con no pocos ex-templarios incluidos, de la policía rural.

Sorprende hasta dónde pudieron llegar las cámaras. El asombro es aún mayor porque Heineman no tenía experiencia previa alguna en la realización de este tipo de periodismo de alto riesgo. No se trata de la obra de un avezado reportero de guerra. Antes de Cartel Land, Heineman dirigió un documental sobre el sistema de salud en Estados Unidos. La película que finalmente salió, repito, lo hizo casi por accidente. El documental, de hecho, también sigue a un grupo armado de civiles en Arizona en la frontera entre Estados Unidos y México. Uno de los supuestos objetivos de este grupo, según dice su cabecilla (Tim Nailer Foley), es proteger al país del norte del avance de los cárteles mexicanos en la frontera. Al principio, éste era el único objetivo del documental. Sólo después Heineman supo de las autodefensas michoacanas y decidió seguirlas a ellas también (originalmente lo haría por dos semanas y acabó haciéndolo por nueve meses). Su documental se convirtió entonces en una historia paralela de dos grupos de vigilantes enfrentando a un mismo enemigo. Al final, la película resultó en otra cosa, más interesante y valiosa. Sin embargo, Heineman no supo cómo y no quiso apartarse del todo del objetivo y la perspectiva que originalmente había pensado para su filme.

He aquí el lado flaco de Cartel Land. La inocencia y la falta de conocimiento de Heineman sobre lo que por años venía sucediendo en México hasta los primeros días de las autodefensas, le permitieron llegar hasta donde finalmente llegó (cosa que pocos reporteros o documentalistas, con más conocimiento de causa, habrían siquiera intentado). Sin embargo, esa misma inexperiencia y ese mismo desconocimiento terminaron también por jugarle en contra. A Cartel Land hay que verlo con más de una pizca de sal. La insistencia de Heineman en mantener un relato paralelo, en dar un tratamiento casi igual y sin suficiente contexto de los de Arizona y los de Michoacán, acaba por ofrecer al espectador un retrato engañoso (aunque quizá no de forma intencional) de ambos grupos, sus motivos y circunstancias. El documental, por momentos, los presenta como parte de una y la misma cosa. No lo son y la película de Heineman hace muy poco para aclararlo. Los de Arizona juegan a la guerra, la imaginan, la inventan hasta el punto de parecer desearla y de verdad buscarla, pero nada más; los de Michoacán la viven y la hacen y sufren sus atroces consecuencias y contradicciones.

El propio Heineman lo advirtió en una entrevista:

las circunstancias son bastante diferentes. En México, la violencia es visceral y real; más de 80 mil personas han sido asesinadas desde 2007 y más de 20 mil han desaparecido desde 2007. En Arizona, esa violencia es un poco más teórica. Incluso se puede sentir como si estuvieras en un área sin ley contralada por los cárteles, pero la violencia no es comparable. Se trata mucho más del miedo a que la guerra de las drogas llegue a invadir nuestras fronteras.

Sin embargo, esa acotación fundamental no alcanzó a estar en el documental. Mireles está ahora preso en una cárcel federal, mientras que Foley probablemente sigue patrullando el desierto deteniendo migrantes y viéndose a sí mismo como un héroe en una guerra que, en realidad, tiene lugar en otro lado.

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