por Pedro Salmerón Sanginés *

Hace un tiempo, mi hermana Andrea, que es gente de teatro, me preguntó —como parte de una encuesta que estaba haciendo— acerca de las razones por las que no voy al teatro. Recuerdo vagamente que las respuestas que le di son erróneas. La verdadera es que no voy al teatro porque no me invitan, lo que quiere decir que sí, voy, cuando me invitan; casi siempre ella.

Y viene a cuento porque tuve el placer (no, placer no: horror) de ver dos obras recientes de tema similar. Magníficas y escalofriantes denuncias (no, denuncias no: puestas en escena que nos tocan, de cosas que sabemos intelectualmente y que al tocarnos, nos llegan al corazón). El teatro, es decir, el arte, cumple no sólo su cometido, sino que, además, llena el espacio que los periodistas, por muy justificadas razones, no pueden atender hoy en día: el de hacernos sentir en toda su crudeza la realidad de tantas familias, de tanta gente en México. El horror del narco y el vacío del estado. El horror de las víctimas, el horror de los victimarios, que juegan, que hablan con voces que sentimos suyas.

Ambas obras tienen elementos en común: la eficacia minimalista de la puesta en escena, en medio de una penumbra, casi oscuridad, que sobrecoge y que deja a los actores en el centro; actores que van exponiéndose por turno, desgranándose, casi desangrándose ante el espectador; las voces y los rostros que hacen que entres, que casi te sientas dentro de ellos, con el dolor, la fatalidad que ellos expresan.

Caborca, de Paulina Barros Reyes Retana, dirigida por Andrea Salmerón Sanginés. La vi en el sótano del teatro Carlos Lazo, de la UNAM, donde ya no podrán verla; pero como ganó el concurso del “programa de coinversiones del Fonca”, estará de gira el primer trimestre de 2017 en San Luis Potosí, Jalisco, Michoacán, Querétaro, Hidalgo y Aguascalientes, de lo que informaré con oportunidad.

Hablan Lila, la niña secuestrada por narcotraficantes para obligar a su padre a vender su tierra, y las personas relacionadas con su secuestro: su madrina, el comandante de policía, el gatillero, la cocinera, el encargado de los restos y el guardia de la secuestrada. Todos ellos suman sus voces para hablarnos de lo que es cotidiano: una guerra que a todos nos toca. Dice Andrea:

Las personas trabajan para ganarse la vida o para conservarla. Al principio puedes decir que no, pero es tu dignidad contra su AK-47 y no hay mucha duda de quién va a ganar. No hay ellos y nosotros. Todos son vulnerables. Es, a final de cuentas, cualquier pueblo o ciudad de México; y aunque suene a convenenciero lugar común, Caborca somos todos.

veredas

En Las veredas de Dante, de José Ángel Solorio, dirigida por Medardo Treviño, escuchamos, sentimos también el golpe, el dolor de las voces de una madre y de un testigo periodista, y también las de un sicario, un agente de la DEA y un gobernador. Testigo de primer orden de la tragedia que desgarra a Tamaulipas (ha sufrido en carne propia), Solorio ha convertido su vigorosa pluma de periodista e historiador en la de un escritor magníficamente dotado, sorprendente e inusual. Como Caborca, la obra y quiero toca el corazón. Dice Solorio:

Las veredas de Dante son eso: los caminos de los avernos. Los espacios que transitan, con pasos cada vez más inciertos, los hombres del Noreste mexicano. Es un trabajo testimonial, que refleja la lobreguez de una guerra ganada sólo por los que lucran con ella… los personajes síntesis y despliegue de las sensaciones que la sociedad norestense vive y sufre.

Las veredas de Dante estará todavía dos viernes más en El Círculo Teatral de la colonia Condesa de la ciudad de México. La tercera llamada se dará a las 8.00 de la noche. Luego partirá a Tamaulipas. Seguiremos informando.

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