por Halina Gutiérrez Mariscal *

Cuando en 1908 Porfirio Díaz declaró que México estaba listo para la democracia y que vería con buenos ojos el surgimiento de la oposición, el interés por la sucesión presidencial rebasó el estrecho círculo de la élite porfiriana y comenzó un intenso debate sobre el ejercicio del derecho al voto y en torno a la posibilidad real de establecer la democracia en la vida nacional. En medio del entusiasmo que el ambiente político generó en algunos, hubo voces que, en tono de escepticismo, trataron de advertir que la sustitución de Díaz en el poder no bastaba para pasar a la vida democrática, y que pensar en el sufragio universal era algo poco menos que descabellado.

Escritos como los de Ricardo García Granados, Emilio Rabasa y algunos otros contemporáneos como Francisco Bulnes, Manuel Calero Manrique Moheno, Esteban Maqueo o Querido Moheno, argumentaban sobre la negatividad de que el voto fuera otorgado a una “masa ignorante” en detrimento de los intereses nacionales [ver, En torno a la democracia. El sufragio efectivo y la no reelección (1890-1928) (México: INEHRM, 2004)].

A poco más de un siglo de distancia, dichos argumentos nos suenan como ofensa a los ideales de igualdad y democracia; sin embargo, hubo una época en que hablar de democracia y participación electoral era un asunto de suyo excluyente. Llama la atención que en casi todos los escritos de los autores mencionados, se hace patente una natural aceptación de la división de la sociedad mexicana entre una minoría consciente e ilustrada con capacidad para participar en los asuntos nacionales, y una mayoría inconsciente, descalificada por su ignorancia para intervenir en la vida democrática del país. Partiendo de ese supuesto, parecía inevitable restringir el sufragio a las clases ilustradas y la exclusión de las mayorías ignorantes.

"Porfirio Díaz hace declaraciones al Mister Creelman sobre las libertades cívicas del pueblo" (Fuente: www.lacma.org).
“Porfirio Díaz hace declaraciones al Mister Creelman sobre las libertades cívicas del pueblo [1908]” (Fuente: http://www.lacma.org).
Cuando iniciaba el siglo XX, era evidente que el acelerado progreso (del que tanto se ufanaba el régimen de Porfirio Díaz) había causado grandes desajustes en la sociedad mexicana. El progreso económico alcanzado no había tocado ni lejanamente a una enorme mayoría de la población nacional y, sin embargo, sí había hecho surgir una pequeña clase media entre la población urbana del país que habría de ir tomando conciencia de su lugar en la sociedad y reclamando derechos que hasta antes no le habían causado inquietud.

Aunque durante mucho tiempo a lo largo de su mandato Díaz fue visto como el hombre que salvó a la patria y al que se le debían el progreso y la paz del país, lo cierto es que al acercarse el siglo XX y hacerse evidente el envejecimiento del caudillo, esa clase media, cada vez más ilustrada, comenzó a interesarse por la vida pública y se sumergió en una discusión en torno a asuntos relacionados con la sucesión presidencial, el voto y las elecciones. Cuando en 1908 aparece publicada la entrevista Díaz-Creelman, el revuelo se hizo mayor.

En 1909 Ricardo García Granados publicó un ensayo titulado El problema de la organización política en México. El estudio de este autor y su ensayo permiten un acercamiento claro y directo a la discusión de la época en torno a las cuestiones de la democracia. Este economista mexicano criticó —desde el periódico que fundó con su hermano, La República Mexicana— el régimen gubernamental de Díaz por no cumplir los preceptos constitucionales en materia electoral, y comenzó —porción de la historia que más interesa en este caso particular— a exponer sus ideas sobre un pueblo mexicano no preparado para el ejercicio de la democracia.

El derecho a la participación política y al voto, así como la posibilidad de ostentar la categoría de ciudadano, han sido producto de varios periodos de lucha. El estado mexicano ha ido evolucionando en su concepción de ciudadanía y por lo mismo ha variado en su inclusión o exclusión de grupos étnicos, socioeconómicos, culturales y de género en dicha categoría de ciudadano. En el momento en que aparece el texto de García Granados (1909), la ley prescribía el voto masculino universal, aunque indirecto. Las discusiones sobre la democracia que se suscitaron a raíz de la sucesión presidencial de 1910 y de la entrevista Díaz-Creelman, incluyeron la cuestión del sufragio universal y tocaron necesariamente el hecho de quiénes debían ser ciudadanos. García Granados explica con claridad y contundencia las razones de peso que le inclinaban a creer en lo negativo de otorgar a la población general, la “masa ignorante”, como le llama, injerencia en la vida pública.

En su opinión, la legislación en ese momento vigente, a saber la constitución de 1857, no era correspondiente a la realidad nacional, por lo que el sector más ilustrado de la sociedad, que solía ser también el más pudiente en materia económica, debía tomar las riendas, las decisiones en el país:

La proposición de establecer la democracia pura sobre la base de la actual Constitución, no me parece, por desgracia, todavía realizable. Un pueblo como el nuestro, ignorante en su gran mayoría, sin espíritu de iniciativa ni solidaridad, sin aspiración a mejorar de condiciones, al cual se ha predicado desde hace siglos la humildad y la resignación y al cual se ha castigado siempre con excesivo rigor cuando ha querido hacer valer su voluntad […] no puede adquirir de la noche a la mañana las aptitudes y virtudes necesarias para gobernarse democráticamente. Tendremos que pasar, en consecuencia, por formas de gobierno intermedias […] antes de alcanzar el ideal democrático, y entre tanto, corresponde a las clases ilustradas hacer un patriótico esfuerzo para instruir y alentar al pueblo y en caso necesario, procurar conquistar por sí solas aquellos derechos políticos que las clases ignorantes no comprenden ni saben apreciar [énfasis añadido].

Esta breve porción del ensayo de García Granados recoge, en extracto, los argumentos del autor para limitar el voto a quienes él llama “la clase pensante”.  ¿Qué había detrás de estos argumentos? ¿Era un aprendizaje surgido de las malas experiencias del siglo XIX? ¿Eran las ideas spencerianas materializadas en las diferencias evidentes entre un sector de la sociedad y otro? ¿Eran los estudios que sobre el acontecer nacional había realizado García Granados lo que le llevaba a razonar así? Quizá un poco de cada cosa. Habremos de discutirlo en la segunda parte de esta entrega.

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