Desde el ocaso

por Octavio Spíndola Zago *

Expulsado de la naturaleza y fascinado por la infinitud de ésta, el hombre moderno no puede sustraerse a la sensación de hallarse aprisionado entre los estrechos márgenes de su propia limitación, a la sensación de hallarse entre la angustia que le produce el apercibimiento de su pequeñez en el orden del Universo y la que le resulta de sentir sobre sí mismo la pequeñez del orden de su cotidiana realidad.
Rafael Argullol

El avasallante ritmo con que la ciencia, la tecnología y el acaecer de la vida humana están estrechando los límites de nuestra existencia, como daño colateral del acrecentamiento de nuestra comprensión de lo real y circundante, nos ha inducido a un estado de luto, de duelo, por sabernos abandonados a la fugacidad, a lo aparente, a eso que Walter Benjamin llama “la infinitud en la ausencia de esperanza.”

Meditando sobre todo lo acontecido, me asombra la velocidad que rige a nuestra época. Todo ocurre en un pestañeo, pero ocurre sin ocurrir, sólo en lo virtual, sólo en el imperio de la alegoría. Sólo un axioma es contundente para resumir este año: un fantasma recorre el mundo, la permanente y flamante crisis globalizada se acompaña espectralmente por la consciencia de vivir en un lapso terminal. Alegremente gestionamos los aparatos institucionales para administrar la perpetuidad del fin. En la era del espectáculo, los enfrentamientos son guerras por el monopolio de la inhabitabilidad, como advierte Subirats. Ante la inconmensurabilidad de la fatalidad, las redes sociales se han convertido en trincheras de una guerra por la solidaridad donde los combatientes gustan de erigirse en jueces morales.

Este año que roza su final deja al desnudo el ascenso trepidante de neofascismos que defienden la paz eterna kantiana, el orden social rousseauniano y abanderan como propia las banderas de los derechos humanos y el ecologismo chic, pero sin sacrificar su venerado monopolio de la violencia y una tendencia patológica al totalitarismo.

Daesh no es más que el hijo bastardo de la depravada relación que mantienen los centros hegemónicos con las periferias: los primeros financian grupos de choque y facilitan el desangre de las regiones intervenidas, para luego regresar cuando todo sale de control por su propio peso (la ya predecible contraofensiva que hemos visto en Irak, Libia y Siria). ¿Podemos considerar la hipótesis de la guerrilla y el terrorismo como insurrecciones desde la pobreza en la que se mantiene a países marginados de la exuberancia neoliberal, aun cuando repudiemos cualquier tipo de violencia?

Estados Unidos —a decir de Claudio Katz— ha ido perdiendo estruendosamente su capacidad de acción unilateral, pero es claro que mantiene su poder de intervención como gendarme del planeta y garante del orden capitalista por la vía de la diplomacia militarizada y el estado de guerra global. Aunque los recientes “incidentes” en Turquía evidencian el reingreso del gigante ruso al concierto de las naciones, mientras que el uncle Sam, ya reconciliado con Cuba  (aunque Castro no abandona la retórica revolucionaria), ha empujado a Japón al rearme y a abandonar su política de la posguerra. Los antagonismos se desdibujan al calor de las copas geopolíticas.

El fenómeno Trump y el debate en torno de la segunda enmienda (que garantiza el derecho a portar armas de cualquier ciudadano mayor de edad) se inserta en una lógica desquiciada, resultado del impacto del belicismo de la hipermodernidad: una población aterrorizada ante lo otro externo continúa armándose y vociferando la expulsión de todo lo que amenace su utopía. La paranoia y la excesiva presión por la competitividad, sumadas a el cada vez más inaccesible e irreal nivel de las expectativas, son el ambiente propicio para incubar la expansión de grupos ultraderechistas y el aumento desenfrenado en agresiones violentas (bullying y el caso de tiroteos en escuelas y plazas públicas).

Presagio del fin, según Diego Durán

Presagio del fin, según Diego Durán

Escribir en pleno siglo XXI es un ejercicio de autocomprensión profiláctico (recordando aquel epígrafe de Haruki Murakami: “soy de ese tipo de personas que no acaban de comprender las cosas hasta que las ponen por escrito”), es un lamento ahogado en busca de orientación (el decir quiere convertirse en lo enunciado, narrar es interpretar recuerda Ricoeur). Es escribir desde el ocaso, jugando en las palabras que lanzó Enrique Vila-Matas en la FIL.

La crisis griega y la imposición del control alemán (ventrílocuo de la troika pero marioneta de Washington) a los países recesivos como España e Italia, la desaceleración china y su impacto en las burbujas financieras internacionales, los espíritus independentistas escocés y catalán, así como el crepúsculo del proyecto nacional decimonónico, el déficit democrático de los regímenes contemporáneos y la decadencia de las partidocracias… la peor de todas las noticias es que esto no se quedará atrás después del 31 de diciembre.

Pero me rehuso a que “ocaso” sea equivalente de final. Quizá en una poética salpicada de matices schopenhauerianos escribo ocaso pensando en un futuro amanecer, declaro el fin de las utopías para limpiar el paisaje de propagandistas y poder observar con nitidez un horizonte de posibilidad. Ocaso aquí es un sinónimo de instante, ese instante de ligereza pesarosa kunderaniana; un instante para poder soñar sueños en un mar de girasoles como canta Aute, sólo para respirar sin pretensiones, respirar por respirar para seguir andando. Lo dice también Saramago:

Levantamos un puñado de tierra y la apretamos en las manos.
Con dulzura.
Allí está toda la verdad soportable:
el contorno, la voluntad y los límites.
Podemos en ese momento decir que somos libres,
con la paz y con la sonrisa de quien se reconoce
y viajó alrededor del mundo infatigable,
porque mordió el alma hasta sus huesos.
Liberemos sin apuro la tierra
donde ocurren milagros como el agua, la piedra y la raíz.
Cada uno de nosotros es en este momento la vida.
Que eso nos baste.

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