por Javier Yankelevich *

Siempre parece haber un argumento para indicar que los sentimientos de piedad y solidaridad están mal dirigidos. Si uno se conmueve con las víctimas del terrorismo en París, el argumento es que la política exterior o la historia colonialista del estado francés hacen en parte responsables a sus habitantes de los tiroteos y bombazos, o que se es hipócrita al no sentir algo semejante frente a masacres en Líbano, Kenia o México.

 

1. Twitt de Fernández Noroña

Si uno se conmueve con la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, es que no se conmovió oportunamente conforme los muertos y desaparecidos se acumularon en este país, o porque no hay razones para dar un trato privilegiado en nuestras emociones a 43 de entre infinidad de víctimas, o incluso porque “no hay ningún honor en su desaparición”. Si uno se conmueve con la hambruna en Somalia, es que no observa la de Chiapas. Si uno se conmueve con la suerte de los migrantes mexicanos y los abusos de los que son objeto, es que los migrantes en tránsito por México la ameritan al menos tanto o más que los connacionales (¡o viceversa!). Si uno se conmueve por la violencia asesina que padecen las mujeres, es porque ignora o soslaya que la mayoría de víctimas de homicidio son varones. Si uno se conmueve con las masacres en escuelas y cines en Estados Unidos, el argumento es que la ausencia de control de armas o la historia de la política internacional del gobierno estadunidense de algún modo justifica o los hace merecedores de sus matanzas. Si uno se conmueve con los perros y gatos que se comen en China, es que debería también hacerlo por las vacas y cerdos que nos comemos en occidente. Si a uno le conmueven las víctimas del terrorismo en Israel, es que la política sionista de alguna forma hace a los muertos responsables de que se les asesine. Y si le conmueven las víctimas palestinas, es que el terrorismo de Hamás de algún modo las corresponsabiliza por la violenta política de segregación que se ejerce en su contra.

2. Eating dogs in China

Por algún motivo, manifestar públicamente conmoción ante la tragedia o empatía hacia personas o grupos victimizados siempre levanta objeciones; siempre hay quien opina que deberías sentir algo distinto, que eres hipócrita o inauténtico en tus emociones, ya sea porque no fueron inspiradas por lo que él o ella estima que es lo realmente —o al menos igualmente— merecedor de ellas, o quizá porque las sientes sin considerar suficientemente el contexto de aquello que te las provoca. O por el motivo que sea. Este fenómeno al que se me ocurre llamar “guerra por la solidaridad”, ¿a qué podrá deberse? Sus instigadores probablemente apelarán a que la atención sobre la tragedia humana y los sentimientos que inspira están inequitativamente distribuidos: que su asignación óptima puede definirse de algún modo y que se viola cada vez que alguien siente empatía por unos y no por otros, o por quienes no debería sentirla. Algunas de las reglas de esa asignación óptima de solidaridad —al menos en mi medio— serían algo así como:

1 Más empatía conforme menos responsabilidad en los hechos tenga quien se conmueve con la tragedia. La idea aquí es trocar la solidaridad por culpa. Por ejemplo, si consumes ropa hecha en Asia por multinacionales, puedes ser acusado de hipócrita al manifestar solidaridad con los niños objeto de explotación infantil porque tú compartes la responsabilidad de su situación.

2 Más empatía conforme las víctimas sean más cercanas geográfica o culturalmente. Por ejemplo, si te conmueve la situación de los indígenas en las reservas en Brasil o en Canadá, eres criticable por no preocuparte previa o suficientemente por la suerte de los indígenas en México.

3 Más empatía conforme las víctimas sean más pobres o en general más desgraciadas. Por ejemplo, si te conmueve el dolor de los millonarios Vargas frente al secuestro de su hija, no faltará quien te señale por no haber sentido algo similar frente a infinidad de historias semejantes vividas por gente sin un alto perfil y sin acceso a los medios y las instituciones.

4 Más empatía conforme más difícil sea argumentar que las víctimas merecen lo que les ocurrió. Esto hace que, en general, los niños victimizados sean los mejores destinatarios de solidaridad, y los delincuentes, así como los habitantes de países con políticas bélicas o historias colonialistas, los más criticables.

3. Niño sirio ahogado

5 Más empatía conforme más difícil sea argumentar que los llamados de solidaridad no se articulan con una agenda política. Por ejemplo, quien hizo eco del llamado de la organización Invisible Children en 2012 con la campaña Stop Kony enfrentó acusaciones de respaldar la agenda intervencionista de Estados Unidos en África, y algo análogo tuvieron que enfrentar quienes se sumaron a la campaña #Bringbackourgirls después de que lo hiciera Michelle Obama.

4. Michelle_Obama

Se me ocurre que lo que hay detrás de estas polémicas es una batalla política por la dirección de nuestras emociones, una suerte de competencia por la orientación de lo que sentimos, en la que participan medios de comunicación, gobiernos y en general la gente que nos rodea —sobre todo la más politizada— cuando polemiza con nosotros. El combate, a final de cuentas, es entre ideas políticas: concepciones enfrentadas sobre la naturaleza de los antagonismos sociales, ideas de quién es “nosotros” y quién es “ellos”, nociones de justicia y retribución.

Dicho lo anterior, varias preguntas me vienen a la cabeza. La primera, ¿qué escala tiene la guerra por la solidaridad? Me pregunto si estas discusiones estarán generalizadas en la sociedad o serán peculiares de un cierto sector (tal vez clasemediero e izquierdista). La segunda, ¿cuál es la historia de la guerra por la solidaridad? Me intriga si esto es propio de todas las épocas o específico de la nuestra. Tal vez sea un subproducto de la globalización comunicativa que nos enfrenta cotidiana y mediáticamente con desgracias de las que antes no hubiéramos podido enterarnos; o tal vez siempre hubo alguna versión de esta discusión, aunque fuera de otra escala, como criticar al pariente por solidarizarse con sus vecinos y no atender a sus familiares.

La tercera pregunta es: ¿cuáles son los efectos de este permanente combate por la definición de la tragedia humana? Me pregunto, por ejemplo, si la persistente reiteración de críticas hacia las manifestaciones de solidaridad tiene como resultado insensibilizarnos frente al dolor de los demás, de facilitarnos siempre un argumento para determinar que “no es tan importante”, de hacer más cómodo no posicionarse o inhibir que lo hagamos públicamente; o, por el contrario, si el continuo debate multiplica el interés y efectivamente redirige la empatía hacia donde un criterio superior establece que debería estar. La última pregunta, tal vez la más interesante, es: ¿será posible —o deseable— un triunfador en esta guerra de la solidaridad?

3 Comments

  1. Aleluya!!!! Gran análisis! Lo que es de llamar la atención es que si no estás a favor de X o Y suceso te conviertes en enemigo o peor aún te consideran una imbécil vendida a tal o cual partido, religión o idea. Lo triste es no hay modo de conciliar ninguna postura. En esta guerra por la solidaridad no hay términos medios.
    Sin embargo me pregunto. ¿Qué tanta es la influencia de un medio de comunicación para condicionar tal o cuál pensamiento?

    Muchas gracias por el artículo. Me encantó.

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  2. Quienes critican la solidaridad y la denuncia de un hecho particular en un espacio y en un momento dados, creyendo que se descalifican o minimizan otros, llaman la atención a la necesidad de expresar solidaridad con y de denunciar todas las injusticias, todos los crímenes, todas las arbitrariedades en todas partes y todos los tiempos. La solidaridad y la denuncia tienen que ser, pues, omnicomprensivos, pero en política se tienen que priorizar objetivos. Hay un tiempo para cada tema y algunos necesitan un tiempo permanente, mientras no se resuelvan positivamente, favorablemente. Los críticos deben tener paciencia y entender que no se descalifica ni minimiza ningún crimen, ninguna tragedia, sólo porque no se le menciones al denunciar un hecho particular.

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