por Bernardo Ibarrola *

para Ariel Rodríguez Kuri

Hace algunos días Ariel Rodríguez Kuri publicó una entrada en Horizontal que generó un pequeño debate con Pablo Piccato, Roberto Breña, Rodrigo Negrete y Alejandro de Coss (los seis textos, aquí).

En “Las elites en México: Un déficit de honor”, Rodríguez Kuri propone una pista original —y, a juzgar por las evidencias, para algunos desconcertante e incómoda— para explicar la mierda en la que se ha convertido nuestra actual deliberación pública: nuestras elites no se han constituido en un patriciado capaz de generar “imágenes ejemplares ni liderazgos éticos, es decir, auténticos valores públicos”. Nuestras elites no han cumplido con su responsabilidad; no son más que “oligarquías sin patriciado”, “una especie endógena de políticos privados”: “En la cultura oligárquica el honor es débil porque lo que cuenta es la información privilegiada y —de manera concomitante— la secrecía. El honor —la oportunidad que damos a los demás para que nos juzguen de acuerdo con unos valores que nosotros mismos definimos— está subsumido a la acumulación y al privilegio”. “En fin, que los actos, parafernalias y vocabularios de nuestras elites son, a la fecha, nada más que genuflexiones frente al espejo, y no convocatorias para los otros, para el 99 por ciento.”

Piccato reprocha a Rodríguez Kuri que su definición de honor es la misma que “la visión que los científicos tuvieron de sí mismos durante el porfiriato tardío”. Es decir, que soslaya el carácter histórico del concepto honor: “el honor abstracto no existe, en la vida real: existe a través de reglas que guían a los agentes a decidir qué hacer en circunstancias específicas”. Y alega: “Mi desacuerdo […] se puede condensar, entonces, en una ausencia en su argumento sobre el honor […] a la crítica feminista a la construcción moderna de los roles de género […] en otras palabras, de los usos del honor como realidad histórica.”

Breña se pregunta: “¿por qué emplear el término ‘honor’ si lo que nos preocupa es la salud de la república?” y propone que, más que el honor, se indague sobre la honradez, “sea o no republicana”. Negrete, por su parte, aceptando los presupuestos de Rodríguez Kuri, afirma que el México contemporáneo “se trata de un país cada vez más ‘plebeyo’ y al mismo tiempo cada vez más injusto” y propone una tesis: “a las repúblicas plebeyas les resulta más difícil encontrar un sendero hacia la funcionalidad y los ideales jurídicos de legalidad e, incluso, equidad, que a las repúblicas de patricios , y por ello la tarea de refundar la república […] sea quizás la trayectoria que tengamos que enfrentar los plebeyos”. Alejandro de Coss, por último, rechaza de plano el concepto de elite y cuanto se derive de su análisis.

No es mi intención abundar respecto de los argumentos de Rodríguez Kuri ni de los de sus críticos. Eso ya lo hizo, creo que de manera inmejorable, el propio Ariel en la última entrega de la polémica. Lo que quiero es montarme en la de base de Rodríguez Kuri y proponer un argumento complementario.

Al evocar el honor como instrumento de autorregulación de las elites, Ariel puso el dedo en la llaga. ¿Por qué después de la tan traída y llevada transición a la mexicana no tenemos una elite política que merezca ese nombre? ¿Por qué, luego de cuatro o cinco generaciones de leyes electorales, siguen siendo posibles esperpentos como los partidos Verde y Nueva Alianza (¡y los que vienen!)? ¿Por qué, después de momentos de relativa grandeza (o al menos decoro) del debate público, el nuevo modelo de político no es José Woldenberg, sino el Góber precioso, Serrano Limón, Rosario Robles, González Márquez, el Señor de las ligas o el pobre imbécil de Korenfeld?

¿Unas elites que se apoyan en otros modelos de honor, como sugiere Piccato? ¿La ausencia endémica de verdaderas instituciones (formales e informales) de impartición de justicia como señalan el propio Piccato, Breña y De Coss? Sin duda. Pero no sólo eso.

En esta polémica todos parten de un supuesto que a mí me parece por lo menos digno de revisión y cuyo cuestionamiento puede ser, también, elemento explicativo: que las elites u oligarquías mexicanas siempre han tenido los mismos objetivos y aspiraciones. Es decir que, desde principios del siglo XIX, las elites se han desarrollado, automodelado y definido en función de una misma idea del lugar relativo que ocupan en su comunidad política.

¿Faltaban a su propia idea del honor los partidarios de modelos monárquicos que, durante el segundo tercio del siglo, aspiraron a crear un régimen cuya legitimidad —y lealtad— se apoyaba en última instancia en dinastías hereditarias europeas? ¿Eran traidores a la patria —y por ello ajenos a la más elemental concepción política de honor— los liberales radicales que en 1847 proponían la anexión simple y llana a la república de las barras y las estrellas? ¿Eran malos mexicanos los convencionistas que no plasmaron en sus utopías legislativas de hace un siglo una sola línea sobre la propiedad originaria de los bienes del subsuelo nacional?

Todos ellos se concebían —y concebían su responsabilidad y ejemplaridad como dirigentes— en función de una determinada idea de soberanía. Es cierto que la elite posrevolucionaria tenía una concepción del honor que partía, como señala Pablo Piccato, de valores machistas desprendidos del ejercicio sistemático y continuado de la violencia. Pero también lo es que dentro de ésta, una idea muy precisa de soberanía nacional guiaba al menos algunos de sus actos y discursos de gobierno, tanto en la esfera internacional como en la nacional.

Esta idea de soberanía, generalmente aceptada por las elites mexicanas durante más de medio siglo —más o menos superficial u honestamente, según fuera el caso—, entró en crisis a principios de la década de 1980 y no se ha generado otra desde entonces. Me parece que la imposibilidad del honor como herramienta de autorregulación de las elites es también consecuencia de esta indefinición.

Ernesto Zedillo y Tony Blair, en Yale, el 4 de diciembre, 2012.
Ernesto Zedillo y Tony Blair, en Yale, el 3 de diciembre, 2012.

¿A qué conjunto de ideas debían lealtad los presidentes De la Madrid y Salinas de Gortari? ¿Qué creían, en el fondo de sus cerebros y de sus corazones, de las reformas estructurales que impulsaron? ¿Que eran la mejor opción para el país que gobernaban; que, dada la situación internacional, eran la única opción que podían tomar para el país que gobernaban, o que eran, simplemente las reformas que les ordenaban sus patrones? Aunque las reformas sean las mismas, el matiz de la convicción retrata, completita, la ética —y por ende el sentido del honor— de las elites (u oligarquías) mexicanas de las últimas tres décadas.

Acaso se podría encontrar alguna lógica en la actual vorágine de actos deshonestos y contrarios al honor de las oligarquías mexicanas si nos interrogamos sobre sus propias nociones de pertenencia a determinadas comunidades políticas. ¿Dónde le gustaría vivir, por ejemplo, a Enrique Peña Nieto a partir del 2 de diciembre de 2018? ¿Con quién le gustaría emparentar a través del matrimonio de sus hijos?

¿Qué leyes, qué códigos de honor acata el día de hoy el ex presidente Zedillo? ¿Qué deseaba, cuando llegó a la presidencia en 1994, hace más de veinte años?: ¿pertenecer a consejos de administración de empresas privatizadas durante su gobierno y tener una coqueta oficina en Yale?, ¿ser respetado, apreciado, por sus iguales? ¿A quienes consideraba entonces sus iguales? ¿Y ahora?

Quizás las cosas sean más simples de lo que parecen: que ahí donde vemos funcionarios públicos y representantes populares corruptos tal vez haya, en realidad, cuadros completos de funcionarios coloniales, con sus sistemas de valores perfectamente claros y coherentes; con sus propios códigos de honor, que respetan pie juntillas. Lo único que tendríamos que reprocharles, en última instancia, es que nos hayan mentido sistemáticamente.

1 Comment

  1. Interesante el articulo, por lo que debemos de cambiar el sistema político social, a través de nuestro voto razonado el 07 de junio, y castigar a los falaces por el proceso electoral que se avecina.-fer

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