por Benjamín Díaz Salazar *

El lunes 30 de marzo despertamos con la noticia de la sorpresiva muerte de Érick Salvador Rodríguez García, testigo clave en el proceso penal contra la ex dirigente del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, Elba Esther Gordillo. El caso, como alega la PGR, no se verá beneficiado por la ausencia de Rodríguez García, aunque —tal como lo hemos comprobado con otros presos— lo más seguro es que encontrará la debilidad argumentativa de las autoridades y la lideresa saldrá victoriosa del penal de Santa Marta.

La parcial y nada ciega justicia en México es sin lugar a dudas un asunto trascendental. Pero en esta ocasión prefiero poner los ojos en los altos costos culturales y sociales de la gangrena que invade al SNTE y que repercute en el sistema educativo nacional. Esa infección fétida que invade al sindicato más importante en nuestro país y que es responsable de arbitrariedades contra el magisterio, de parasitarios partidos políticos y de incoherentes reformas educativas.

Elba Esther Gordillo ascendió a la dirigencia del SNTE en 1990, tras la salida repentina de Refugio Araujo. Un año antes, el movimiento magisterial, con una histórica organización, había logrado la salida del líder vitalicio Carlos Jonguitud Barros y un pequeño aumento salarial. Los mítines, plantones y paros lograron cohesionar las fuerzas de todas las secciones sindicales que levantaron su voz por aquello que su dirigente desde 1974 olvidó exigir.

Durante la “administración” de Jonguitud, además de su evidente servilismo con el gobierno federal, el magisterio sólo consiguió la escisión de su sindicato en dos grandes grupos. Se formaron así las facciones democrática, personalizada por la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, y la conocida como “charra”, que se mantuvo alineada a los parámetros emanados del SNTE. Se dividieron los estados de influencia y —cuando se federalizó el sistema— se tejieron redes de favores con las secretarias de educación estatales.

Anterior de la llegada de Jonguitud, el SNTE vivió un periodo conocido como el roblesmartinismo, llamado así por la figura de Jesús Robles Martínez, secretario general que obtuvo el cargo en 1949 y lo soltó hasta 1972. El periodo real de Robles Martínez fue de seis años, aunque mantuvo su influencia en los posteriores 17.

La fundación del SNTE se remonta a 1943, como producto de la lucha y cohesión magisterial, liderada por el profesor Luis Chávez Orozco. Sin embargo, es imposible olvidar que el origen que el sindicato fue la CTM y, por lo tanto, las relaciones con las élites del poder que se afanaron en mantener el control sobre tal fuerza sindical.

La corta historia del SNTE es un claro ejemplo de una inquebrantable relación servicial con el gobierno federal. Muestra de ello son los “vistos buenos” que se otorgaron a las reformas educativas de 1993, 2006 y la más reciente en 2014, sin garantizar, claro está, la adecuada representación de sus agremiados y, por supuesto, de la educación en México.

Empero la fuerza política se ha extendido a la CNTE, la que ha otorgado, por largos años, plazas en sus estados de influencia y mantiene a un importante número de “aviadores” en las nóminas de la Secretaria de Educación Pública. La consecuencia inmediata es la llegada en desbandada a las aulas de miles de profesores y profesoras que compartían el mérito de una conexión con el SNTE o la CNTE.

El SNTE y la CNTE supeditan la educación a las ambiciones de sus dirigentes. Más allá de buscar los acuerdos necesarios que favorezcan a miles de estudiantes, se codician puestos públicos, curules legislativas y otras tantas mercancías de la miscelánea política. ¿Quién representa, verdaderamente, a las profesoras y a los profesores en nuestro país? Pero ante todo surge la pregunta, ¿quién vela en realidad por la calidad educativa?

Juan Díaz de la Torre, el Flor de Te. (Foto: Agencia Reforma.)
Juan Díaz de la Torre, el Flor de Te. (Foto: Agencia Reforma.)

La reciente reforma “educativa” fue aprobada sin reserva por Juan el Flor de Te Díaz de la Torre, el actual dirigente del SNTE. (Su apodo es por aquello que “Nadie sabe de dónde ha venido, ni cuál es su nombre, ni dónde nació.) Tiene una importante esencia laboral que envuelve al magisterio en una amplia nube de incertidumbre. Dentro de las curiosidades que se están materializando están los contratos provisionales por tres meses o la declarada intromisión de la PGR en asuntos escolares —establecida en los lineamientos 2014-2015— que profiere a los docentes un trato de criminales, sin hablar, claro, de la ola burocrática que aminora el tiempo de atención para los estudiantes.

¿Quién levanta la voz por ellos? ¿En dónde está la organización magisterial? Perdida entre el reparto de cargos y bienes a los dirigentes y, claro está, distraída por los comicios que le prodiguen al “turquesa” más que algunas diputaciones. Nublada por las ansias de recuperar, de la mano de un atrofiado proceso legal, la libertad de la liderezs.

¿Cuáles son los costos de tal podredumbre institucional? Cinco millones de analfabetas y un 36.6 por ciento de rezago educativo nacional, más miles de generaciones de estudiantes formadas bajo los cánones extraños de un infectado sector educativo. Es indispensable que consideremos los rumbos que se deben tomar y, sobre todo, el punto de acción que debe impulsar el devenir educativo en nuestro país.

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