El asqueroso olor de la tortilla

por Ariel Arnal *

“Allí, a través de la lectura de nuestros clásicos, del café negro, de nuestra milenaria lengua que nadie entendía, recordábamos a los seres queridos, los olivos peinados por el viento y la sal bajo el implacable sol del Egeo. Allí, en la espesa neblina que calaba los huesos, éramos una gran familia que curaba el corazón del exiliado”: Evangelos Panopoulos, El olivo en la neblina, memorias del exilio (1820).

Aquí hay una versión "impresa"

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Más allá de la definición legal del exiliado reconocida por el ACNUR, aquí hablaremos del exiliado como condición existencial, de alguien que ha sido obligado a dejar su país de origen, Chile, por diversas razones. Si bien los primeros exiliados en llegar a México lo hacen por algo tan sencillo como salvar la vida, con el tiempo encontraremos exiliados que abandonan Chile por otros motivos que no excluyen, en muchos casos, la posibilidad de conservar la vida. Hablamos aquí de la imposibilidad del desarrollo profesional y la calidad de vida. La dictadura echa a andar de inmediato una persecución a la libertad de expresión que se traducirá en la llegada a México de intelectuales que ven su carrera truncada en su país de origen. De igual modo, la crisis económica chilena de finales de los años setenta, y el experimento neoliberal planteado por la dictadura como solución al problema económico, obliga a salir de Chile a otro importante contingente que, de paso, suele estar bajo sospecha por su pasado allendista.

Es a partir de septiembre de 1973 que empezaran a llegar a nuestro país un sinnúmero de exiliados y que no dejarán de hacerlo, en grandes cantidades, hasta el rompimiento formal de relaciones diplomáticas entre Chile y México en 1974. A partir de entonces, los exiliados chilenos que continúen llegando lo harán desde otros lugares del mundo, siendo realmente muy pocos los que lleguen directamente desde Chile.

Pero, ¿cómo es el arribo a México de esta gente extranjera? La llegada abrupta a un nuevo lugar, aún a un país “hermano” como lo era México, se plasma a través de un verdadero universo de maneras de comprender e interactuar con lo nuevo. Amanecer literalmente en un nuevo país, para el exiliado, no sólo es abrir los ojos a una luz tropical naturalmente más luminosa; es también abrir los ojos a una nueva realidad que, queramos o no, es de golpe violenta y radicalmente distinta. Ese abrir los ojos a lo que le rodea y a lo que está por venir. Esa nueva manera de entender el mundo, su mundo, es tan amplia y variada en formas como la propia historia de la humanidad. No existe un exilio; existen tantos exilios como exiliados.

Es interesante el modo en que se reconstruye la cotidianidad en el exilio. A través de la historia de los exilios políticos, solemos encontrar al menos dos modos de afrontar lo que es la nueva realidad en un país que es en principio extraño. Estas maneras de levantar de las ruinas una cotidianeidad que en los hechos suelen combinarse, mezclarse, pelearse, volviendo a encontrarse inexorablemente, son maneras de entender el mundo —cosmogonías particulares al fin y al cabo— que sobreviven en el corazón y en el alma del exiliado, como lo hacen las múltiples personalidades de la esquizofrenia. Son, al fin y al cabo, un ir y venir entre los dos extremos que significa mantener la “chilenidad” a costa de lo que sea o, por el contrario, la integración completa en México, aún perdiendo los signos identitarios chilenos. De traidor y revisionista podría acusar la chilenidad a la mexicanización. Arcaico y chovinista, patriotero barato le respondería la mexicanización a la chilenidad. Ése es el diálogo constante que ocurre en el espíritu dolido y doloroso de cada exiliado en sus primeros años en tierras mexicanas. La gran mayoría encontrarán el equilibrio con los años, a través de los hijos y los nietos, de la comida y la luz radiante del trópico. Otros muchos jamás hallarán consuelo, aprendiendo a vivir con el dolor y la carencia, y agradeciendo eternamente la mano mexicana extendida, mano no por ello diferente y ajena.

El primer caso, la conservación intacta de la identidad, que incluye no sólo la pertenencia a lo que ambiguamente podemos denominar “cultura chilena”, sino también a los principios y valores que conforman también una identidad política, suele ser una postura común entre los exiliados. Advertir aquí que “chilenidad” no es más que un término instrumental que refiere a la certeza del exiliado que hay valores y costumbres distintos a los del mexicano, que son constitutivos y que por ello han de resguardarse. Nada tiene que ver este concepto con, por ejemplo, las definiciones nacionalistas y patrioteras… aunque se le parece mucho.

Esto conlleva una difícil negociación cotidiana con la realidad mexicana. Esta negociación prioriza, en cualquier caso, la construcción de una realidad propia que se impone a las costumbres mexicanas. El trabajo, la escuela, la compra en la tienda de la esquina o el supermercado se convierten en la prueba cotidiana del sostenimiento militante de “chilenidad”. ¿Hasta dónde soportaré estoicamente la influencia ajena de un país que no es el mío? El dolor y el sufrimiento militante es en este caso la constatación de lo que define el origen del exiliado. Mucho se ha dejado en Chile; no sólo a la familia y los amigos, sino también el sufrimiento de quienes soportan a la dictadura, de los compañeros que sufren prisión y el dolor —inmenso dolor— por los que han muerto o están desaparecidos.

La Moneda

Así, las tentaciones de san Antonio en su particular versión mexicana, el México vibrante, amante de la vida, de los colores, los olores y los sabores, se tornan en el pecado identitario al que no hay que someterse de ninguna manera. Es posible conocer a México y a los mexicanos como un turista, como un etnólogo por obligación, pero de ningún modo las costumbres mexicanas deben sustituir a las chilenas.

Esto es en principio fácil de hacer. Tras la llegada del chileno común a México, la fortaleza de su chilenidad frente al nuevo ambiente mexicano se ve claramente consolidada ante una terrible, espantosa costumbre mexicana: la ingesta cotidiana en grandes cantidades de maíz en forma de tortilla. Un producto sin personalidad, estéticamente sin ningún interés y, lo que es peor aún, con un olor repulsivo que de inmediato quita el apetito. Soportar el olor de la tortilla es síntoma de fortaleza, del sufrimiento necesario a modo de penitencia revolucionaria.

La realidad es doble por el simple deseo de que así sea, por el íntimo deseo de que, tal como sucede en el mito de la caverna, la realidad esté en otro lado, en lo profundo del corazón de cada exiliado. La calle, la escuela, el trabajo, son un espejismo, una pesadilla que pronto desaparecerá… cuando caiga la dictadura.

En ese universo paralelo, México transcurre con su propio ritmo mientras el exiliado construye y reconstruye su realidad personal a su manera, una y otra vez. Esto es así, afortunadamente, porque no significa que la realidad, la verdad histórica absoluta deseada por el viejo positivismo decimonónico, se materialice a partir del deseo. Por el contrario, constatan solamente la plasmación de verdades particulares que construyen realidades en la medida que ésta es interpretada a través de ideologías y sistemas de pensamiento. Se trata en este caso de elevar a rango de realidad el deseo de la sobrevivencia de los valores de la izquierda chilena, a partir de cada acto de cotidianeidad.

Es interesante que la mayoría de los exiliados refieren el olor de la tortilla como unos de los grandes martirios de sus primeros días en México. Frente al hotel San Diego en la calle de Luis Moya —uno de los hoteles donde el gobierno mexicano ubicaba a los exiliados recién desembarcados del aeropuerto Benito Juárez—, se encontraba entonces una tortillería. Las habitaciones que daban a la calle, y por ende a la tortillería, permanecían cerradas aún en el caluroso mes de mayo. ¿Por qué los mexicanos consumían tortilla, si el sencillo pan de marraqueta cumplía con creces las necesidades básicas de cualquier comida que se dijera digna de una civilización milenaria?

Como si de un criptojudío en la España del siglo XVI se tratara, el chileno disimulaba en el trabajo o la escuela su horror a la tortilla. Al llegar a casa, refugio y verdadero “Chile chico” en medio de la agresiva selva tropical citadina, la familia o los amigos se reunían piadosamente para cumplir con los rituales heredados de generación en generación, materializados en la santa liturgia de la “once”, la hora del té a la chilena, hora del té que desde luego no incluía tortilla. Resulta al menos curioso que, si bien la mayoría de los exiliados refieren su horror al olor de la tortilla, los parientes y turistas chilenos que visitarán México de manera voluntaria suelen enamorarse a primera vista, olfato y gusto de tan importante signo identitario mexicano.

¿Acaso la tortilla se convierte en el fetiche que concentra la resistencia a mexicanizarse?, ¿será que el sucumbir a la tortilla abre las puertas a un universo de perdición que incluye abandonar la chilenidad o, lo que es lo mismo, el convertirse paulatinamente en mexicano?, ¿significa abandonar la lucha por la resistencia y, lo que es peor, olvidar a los compañeros muertos y desaparecidos? Temor vano como demostraría afortunadamente el paso del tiempo. Esos mismos exiliados se definen hoy en día a partir de identidades mixtas que desde luego incluyen, todos ellos, los tacos al pastor, las quesadillas, gorditas, flautas, sopes y chilaquiles.

Frente esta posición de enrocamiento alrededor de la patria transplantada, encontraremos en mucha menor medida el abrazo a México y a la necesidad de construir una vida nueva, aún a costa de perder algunos elementos del pasado inmediato chileno. La prueba triunfante para quienes han elegido esta manera de vivir su exilio se vislumbra claramente en los hijos nacidos en México. Antes que nada, son mexicanos que de manera voluntaria y paulatina eligen las costumbres de los padres y las hacen suyas sólo en la medida de sus necesidades. Son mexicanos en el amplio sentido con padres exiliados.

Es así como los hijos de exiliados cuyos padres han optado por esta manera de integrarse a México no se diferencian a sí mismos de otros mexicanos —chilangos como ellos—, cuyos padres han emigrado desde los estados o desde otros países. Si el origen de la emigración de sus padres tiene un trasfondo clara y eminentemente político, su vida personal resulta similar a la de estos otros hijos de migrantes.

Por el contrario, para quienes el exilio es una constante lucha por mantener intacta la identidad chilena, muchas veces los hijos heredan también esta identidad de resistencia, practicando en los hechos una doble vida: como mexicanos en la vida pública entre mexicanos y como chilenos en el exilio entre sus iguales. El exilio republicano español ha demostrado que la herencia transgeneracional de una identidad trasplantada puede reencontrarse fácilmente en los nietos, mexicanos que “añoran” la España de sus abuelos y sufren hoy en día el haber perdido la guerra.

Es de este modo como desde el exilio se construye una nueva frontera, esta vez entre Chile y México. La frontera forma parte del exiliado, la carga consigo y la lleva a todas partes cada día. Con esa frontera por filtro en su mirada, el exiliado se reafirma como tal a través de las comparaciones y los inevitables juicios de valor. Con el paso del tiempo, esa frontera se convierte en algo inherente a él mismo. Pero, como en cualquier cultura, este concepto de frontera portátil es maleable y lo modelamos como barro según nuestras necesidades y a medida que la realidad nos lo va exigiendo.

Llegado este punto, es importante señalar que, de manera natural, esa supuesta “intacta identidad chilena” cambia como cualquier identidad. Paradójicamente, muchas veces la sorpresa es mayúscula cuando ciertas costumbres van desapareciendo en el territorio chileno, mientras que en el exilio se mantienen como pieza arqueológica. Sirva de ejemplo la “once” —la hora del té—, costumbre que poco a poco va desapareciendo en las regiones urbanas debido al cambio en las relaciones y horarios laborales. El neoliberalismo chileno desplaza paulatinamente a la “chilenidad” y sus costumbres sagradas, como lo es desde luego la “once”.

Es por eso que, en la mayoría de los casos, quienes tardaron en regresar a reconstruir su vida en Chile “justo donde la habían dejado”, muchas veces vuelven a hacer el camino de retorno a México; a conservar, como si de una reliquia se tratara, las “verdaderas costumbres chilenas”, olvidadas en la patria justamente porque la nueva democracia burguesa ha dejado en la cuneta los valores y principios que los trajeron exiliados a México. México y la casa del exiliado se convierten así en una suerte de templo de la pureza de los principios y costumbres chilenas, donde cada uno de los actos cotidianos han de recordar este mesiánico encargo del destino. Ni siquiera Chile es ya el resguardo de la chilenidad auténtica.

Este trabajo de preservación de lo que fue Chile hasta 1973 no puede construirse en solitario. Al llegar a México, lo primero que el exiliado extraña es a la familia y a los compañeros que han quedado en Chile, unos en la clandestinidad, otros desaparecidos o muertos. Es por ello que la tendencia natural es a reconstruir, en la medida de lo posible y la gran mayoría de las veces de manera sustituta, la familia con los valores y soportes emocionales que ello implica. Lo primero que sucede es la redefinición del concepto de familia. Ésta ya no se plasma a partir de relaciones de consanguinidad, sino que se recurre a los valores que han provocado el exilio, los valores de la izquierda chilena, aquellos que hacen referencia a la solidaridad tanto en lo material como en lo emocional. Ser exiliado chileno te convierte a partir de entonces en algo así como un pariente no muy lejano, alguien a quien puedes recurrir cuando hace falta y a quien deberás ayudar cuando lo necesite.

La puesta en práctica de las costumbres chilenas, de los actos de solidaridad con la resistencia chilena a la dictadura, la militancia política, acerca de manera natural a las personas, construyendo así, en comunidad, ese Chile en el exilio del que forman parte todos. Surgen de este modo códigos y referencias comunes que permiten tratar y ser tratado como un familiar. Es dentro de estos parámetros que se conmemoran el 11 y el 18 de septiembre, se adorna la casa con artesanía chilena y referencias a Allende y a los héroes partidarios particulares, dando nacimiento oficial al kitsch del exilio chileno.

Pasan los fines de semana y los chilenos exiliados, a diferencia de los mexicanos, no pueden visitar a la madre, a los abuelos, a los primos. A falta de una familia sanguínea, el exiliado va construyendo poco a poco lo que ocupa ese lugar, una nueva familia llamada exilio. Es allí, en el seno de esta nueva familia sustituta, donde tímidamente empieza a colarse de manera inevitable la realidad que existe de la puerta para afuera. México se mete a través de la televisión, del fútbol, de las reuniones y festejos del trabajo, de las fiestas mexicanas y de la cocina. Se cantan “Cumpleaños feliz” y las “Mañanitas”, tras romper una piñata que escandaliza silenciosamente a los padres de los infantes del exilio.

Quienes pueden pagarse el servicio doméstico verán cómo México se acomoda en su casa de una manera amable. Las fiestas mexicanas, y desde luego la comida, entran de lleno. A la palta de la “once”, desabrida para el paladar mexicano, ha de agregársele todo lo que debe llevar un guacamole como Dios manda. El pan dulce mexicano, inexistente en la tradición chilena, cómo no, dulcifica la conversación. Así, sin darnos cuenta, la “once” se nos ha convertido en la “merienda” con té negro y chocolate Mayordomo. Y desde luego, la tortilla, ese objeto diabólico, avanza despacio y sin hacer ruido desde la cocina, hasta ubicarse en medio de la mesa del comedor, y desde el tortillero, sonríe amablemente a toda la familia.

Así, el exiliado se torna exiliado para siempre, pero dejando a la vera la rigidez de su chilenidad —entendiendo lo que he dicho al principio: que hay tantos exilios como exiliados— y que cada quien puede vivir su personal exilio, reinventando lo que se ha sido y construyendo lo que se quiere ser. El exiliado va descargando poco a poco el dolor de lo perdido a través del bálsamo de lo que descubre nuevo y que ahora le pertenece.

No hace falta dejar de ser chileno para ser mexicano. Los valores de solidaridad característicos de la izquierda revolucionaria latinoamericana son aplicables no sólo en la militancia política en el exilio, sino cada día, y el exiliado descubre además con sorpresa que son universales. Sí, esos valores también existen en México y en el mexicano común, aún en aquél que no tiene idea del marxismo-leninismo o de la revolución cubana, y no sabe nada de Allende.

Dejar el dolor del exilio es aprender a vivir con la pérdida, no regodearse en ella ni hundirse en su fatalidad. Dejar el dolor del exilio es quitarse la carga del prejuicio y el adjetivo negativo, es asumir que nuestro horizonte cotidiano nos regala cosas nuevas y nos hace a cada paso más mestizos. Sin quererlo, despacio pero inexorablemente como una gota de agua en la roca, el mestizaje ha ido haciendo mella en nuestra identidad. La nostalgia primera y el dolor por lo perdido convive ahora con la necesidad inherente de superación y, ¿por qué no decirlo?, de vivir su futuro. “La tortilla es nuestra y la hacen los pueblos”.

6 Respuestas a “El asqueroso olor de la tortilla

  1. Y ese asunto de la tortilla, son palabras de tu capital cultural o estás interpretando el calvario de los chilenos al estar lejos de su tierra. Es grave lo que dices, ya que la tortilla es base alimentaria e identitaria completamente ancestral de los mexicanos. Entiendo que la calidad del maíz está en entredicho y que ya no es buena la tortilla para la salud, pero no es responsable expresarse así de un alimento que portamos genéticamente como mexicano, y sí tu origen es extranjera, agradece a la tierra que te alimenta. Que pena, siempre los leo. Pero está lectura demérita mi interés por leerlos. Ya no los recomendaré más con mis estudiantes.

    Buenas tardes.

    Alejandra Pérez,
    Historiadora FFL UNAM, generación 87_91

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  2. Pingback: Ariel Arnal | | Sistemas de Inteligencia en Mercados y Opinión·

  3. Estimada Alejandra Pérez Martínez:

    Este artículo es una apología de la tortilla. Lo cierto es que no sólo los chilenos, sino españoles, argentinos, uruguayos entre otros, refieren que en sus primeros años el olor de la tortilla les resultaba profundamente desagradable. Dato histórico convenientemente objetivizado a través de la metodología de la historia oral de serios proyectos de la UNAM, entre otros.

    Ahora bien, la tortilla y su olor son aquí una metáfora de lo difícil que resulta la adaptación de cualquier exiliado en cualquier parte del mundo —no sólo chilenos en México—. Si lee usted con detenimiento, se percatará de que la historia que cuento es la de una adaptación paulatina a la cultura mexicana, que termina necesariamente en un mestizaje de todo tipo, también culinario. Así, la tortilla no sólo pasa a ser parte constitutiva de la alimentación del exiliado, sino que se convierte en elemento identitario propio, personal e individual, de cada exiliado, el cual termina sintiéndose a la vez chileno y mexicano. El orgullo por la tortilla como marca de fuego en el corazón de cada exiliado es manifiesto, pero sólo tras un periodo de adaptación. Repito, la tortilla es una metáfora de un universo de intercambios culturales, todos ellos enriquecedores, por duros y doloroso que el camino para ello pueda ser.

    Le sugiero lea nuevamente el artículo a la luz de lo que aquí le comento. La invito a compartir el orgullo por la tortilla y por este país que todo exiliado termina por sentir. Cada exiliado tiene claro que México no sólo otorga generosamente su rica cultura culinaria, sino que además le debe la vida —no es poca cosa—. Así, el agradecimiento por este país —y su tortilla— es inmenso e impagable.

    Apología de la riqueza cultural, emocional y también culinaria de este país es este artículo. Le ruego lo lea nuevamente con calma.

    Si aún así no he logrado cambiar su opinión, le ofrezco una disculpa por haberla ofendido.

    Suyo, orgulloso de los valores que la tortilla porta,

    Ariel Arnal.

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  4. La tortilla en el DF ha perdido la sabrosura que todavía en lugares como Oaxaca, conserva. No deja de ser nuestro emblemático alimento nacional en todas las formas en que aparece el maíz. Pero su calidad, a partir de su masequizacion ha derivado en el intento de substituirla por el,pan. La verdad ir al DF para muchos se ha convertido en una frustracion alimenticia. No es cosa menor y creo que a los extranjeros les habrá obligado a buscar sus alimentos originales. Pero no olvidemos que la transformación de la tortilla,,los tacos, los tamales, et., es un legado del voraz salinismo.

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  5. Ya había escuchado comentarios de extranjeros sobre el olor de la tortilla mexicana, que para ellos, en sus impresiones primeras resulta, en el mejor de los casos, exótico y en el peor, repulsivo. Como mexicano es imposible para mí comprender esta aversión. Una de las sensaciones más entrañables de mi niñez es el recuerdo de mi madre que, tras recogerme de la escuela, compraba un kilo de tortillas y me dejaba comer una en el camino a casa. Como adulto sigo buscando el sabor y el aroma exacto de aquellas tortillas que la calidad deteriorada de las actuales tortillas de la ciudad no iguala. Para lo mexicanos el amor por esos olores y sabores se codifica en nuestra psique desde pequeños. Para los extranjeros cuando mucho adquiere el rango de un gusto adquirido.

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  6. Cuando he viajado al extranjero, me resisto a acercarme a ciertos alimentos de esas latitudes. No es nada extraño que los extranjeros sientan reservas por uno o varios alimentos mexicanos en este caso la toritilla (de torta, española, torilla mexicana).
    Me refiero a una expresión, esa sí, debiera ser ofensiva, por preferir algo dañino por sobre un alimento. “A falta de pan, tortillas”. Me reservo la argumentación, abundante de lo dañino del pan industrializado y las grandes bondades de la tortilla hecha con masa nixtamalizada, eso sí. Un colombiano, intolerante y nada cosmopólita dijo: “los mexicanos huelen a maíz” y se regresó a su tierra.

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