por Bernardo Ibarrola *

La investigación de la PGR sobre la desaparición de los 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa es el expediente de mayor trascendencia del actual gobierno y será estudiado en el futuro por muchos historiadores. Sin duda, uno de los rasgos que éstos destacarán es su imprecisión. Imprecisión por incompetencia, dolo o por ambas cosas, pero imprecisión a fin de cuentas.

Aun sin tener acceso a la inmensa mayoría de los documentos que conforman el abultadísimo expediente del caso, no es difícil señalar los indicios de estas imprecisiones para, en función de ellos, proponer un experimento pericial.

1. Los indicios, el móvil

La versión oficial del gobierno, expuesta públicamente en dos ocasiones por el procurador general de la república, sostiene que la noche del 26 de septiembre de 2014 los estudiantes fueron identificados como integrantes de una banda rival, detenidos por las policías municipales de Iguala y Cocula, y entregados a una célula de mafiosos, que los condujo a un basurero, los asesinó, los quemó hasta incinerarlos, los pulverizó y luego arrojo sus restos en un río cercano. Es decir, que el móvil del asesinato masivo fue un error de apreciación.

Este argumento no parece muy lógico a simple vista, pero es posible si se consideran las experiencias previas y el grado de abyección moral de los supuestos multihomicidas: se trata de unos matarifes que bien pueden haberse equivocado y que no chistaron en cumplir órdenes tan espeluznantes como asesinar a sangre fría a más de cuarenta jóvenes desarmados y completamente sometidos.

La motivación que no se explica es la que llevó a desaparecer sus cadáveres con tal ahínco. En México, sólo dos de cada cien homicidios dan lugar a una condena. Por eso las mafias llevan años resolviendo sus asuntos a balazos y por lo menos una década utilizando cadáveres como portadores de mensajes e instrumentos de propaganda: cartulinas con explicaciones y amenazas fijadas al pecho del muerto de turno con un cuchillo; cadáveres atrozmente atormentados, colgados de puentes peatonales; cabezas arrojadas a pistas de baile, expuestas junto a monumentos públicos, en lugares muy transitados, ahí donde hay más luz.

Las mafias asesinan con casi total impunidad y cuando los cadáveres no le sirven, los entierran en fosas poco profundas, que aparecen a cada rato. ¿Por qué hacer desaparecer, como si se tratara de una consigna bíblica, todo rastro del paso de estos jóvenes por el mundo? El licenciado Murillo Karam ha insistido en esta voluntad, pero no ha dicho ni media palabra para explicarla. Ni siquiera la fertilísima imaginación de Luís González de Alba en sus artículos de Milenio o la minuciosa versión de Esteban Illades publicada en Nexos ofrecen alguna explicación sobre esto.

Una última nota al respecto: si era tan importante para esta mafia desaparecer todo rastro del asesinato masivo, ¿por qué cuatro de sus integrantes decidieron confesar y narrarlo con todo detalle?

2. Los indicios, el procedimiento

Las ciencias forenses ha experimentado progresos casi tan espectaculares como la medicina. Así se ha logrado localizar e identificar cadáveres desaparecidos por las dictaduras de Centro y Sudamérica —verdaderas maquinas de desaparición y muerte, que contaban con todos los recursos de sus gobiernos— aun décadas después de cometidos los crímenes. En cambio, la célula de matones dirigida por el Cepillo consiguió, en menos de 24 horas y sin motivo aparente, borrar de la faz de la Tierra todo rastro de 42 personas: ropa, relojes, calzado, teléfonos celulares, esposas de acero, cabellos, uñas, sangre de más de cuarenta personas detenidas y transportadas a bordo de camionetas perfectamente identificadas; restos biológicos de todas estas personas, asesinadas a balazos, cuyos cadáveres fueron arrastrados muchos metros y arrojados a una hondonada profunda. De todo esto no quedó prácticamente ningún rastro útil.

O el Cepillo y su equipo son sencillamente magistrales y se sucedieron una serie enorme de casualidades, o esto es falso. De forma también bíblica, la versión oficial del gobierno mexicano cifra sus explicaciones de la desaparición masiva en los elementos: el fuego y el agua. Los cadáveres desaparecieron porque el fuego los redujo a cenizas, y luego éstas fueron diluidas en un río.

Desde que el procurador hizo pública esta versión a principios de noviembre del año pasado, se alzaron voces para desmentirla desde la lógica del conocimiento científico: reportes meteorológicos que señalan chubascos en la zona durante aquella noche, necesidad de una cantidad mucho mayor que la disponible de material acelerador —llantas, madera, plásticos, gasolina, diesel— para la combustión de esa cantidad de cadáveres, ausencia de testimonios de la columna de humo que provocaría una fogata de tales dimensiones, ausencia de restos fundidos de las partes metálicas de las llantas en el lugar del fuego…

Durante el encuentro del 27 de enero con la prensa, en el que nos reveló su “verdad histórica”, el procurador acometió, sin mencionarlas explícitamente, contra algunas de estas objeciones: “Por la topografía del sitio, los vientos predominantes, fueron propicios para generar un óptimo sistema de oxigenación del fuego contenido, lo que permitió mantener la combustión un tiempo prolongado, asemejando a un gran horno […].”

El sábado pasado. el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), que también trabaja en el caso, declaró tras una reunión con los familiares de los estudiantes desaparecidos que la investigación de la PGR ha tenido errores y que todavía no puede ofrecerse una versión concluyente sobre lo ocurrido. Acerca del fuego y la supuesta incineración de los cuerpos, afirmó que no hay elementos suficientes para dar por buena la versión oficial, pues gracias a revisiones de imágenes satelitales pudo establecerse que antes del 26-27 de septiembre de 2014 hubo varios fuegos en el lugar y, sobre todo, que fueron localizados restos humanos (una prótesis dental con un fragmento de mandíbula) que con toda certeza no pertenecen a los estudiantes de Ayotzinapa (ninguno de los 43 desaparecidos llevaban prótesis dentales).

En resumen, las evidencias indican la existencia de varios fuegos a lo largo de los años y que cualquiera de éstos puede ser el origen de los restos humanos encontrados, incinerados también en otros episodios. Lo que confirma, por medios externos, lo que una lectura cuidadosa del último “mensaje” de la PGR revela: que no hay ninguna evidencia —aparte de las confesiones de el Pato, el Jona, el Chereje y el Cepillo— que vincule el basurero de El Papayo con los estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa, y que cuando Jesús Murillo Karam afirma que “sin lugar a dudas, […] los estudiantes normalistas fueron privados de la libertad, privados de la vida, incinerados y arrojados al río San Juan […]” está haciendo una extrapolación, una trampa argumental básica que convierte en necesidad algo que sólo es una posibilidad.

En efecto, aunque la posibilidad es remota, es posible que los sucesos hayan ocurrido como él afirma. A la luz de las mismas evidencias, es igualmente posible que no hayan ocurrido así en absoluto y, sobre todo, también es posible (y menos inverosímil) que hayan ocurrido parcialmente como quiere la versión oficial y parcialmente de otros modos, que todavía desconocemos. Por ejemplo, que entre los cadáveres incinerados en El Papayo haya alguno o algunos de los estudiantes desaparecidos, pero que otros hayan sido ocultados en otras partes o, incluso, que no estén muertos.

3. La pira

Al convertir la posibilidad en necesidad, el procurador pretende cerrar el expediente: los normalistas murieron, se detuvo a un centenar de personas y éstas serán juzgadas por asesinato. Fin de la historia (oficial). Si reconociera, en cambio, la posibilidad de que las cosas hayan ocurrido de otro modo, entonces los estudiantes siguen sin aparecer desde que fueron detenidos por agentes del poder público; es decir, el delito de desaparición forzada sigue en curso y así la obligación de investigar, localizar a los desaparecidos (vivos o muertos) y castigar a los culpables de su desaparición y destino posterior.

Esta disyuntiva estará en la base de las discusiones y los conflictos de los días por venir. Por lo pronto, y con el ánimo de buscar evidencias sólidas que nos ayuden como sociedad deliberante a enfrentar el asunto, propongo aquí un experimento pericial, tan simple que me sorprende que no se haya planteado antes: examinar empíricamente el episodio clave del relato oficial —la incineración de los cadáveres— que se apoya exclusivamente en la confesión de cuatro detenidos.

El lugar de los hechos, según la PGR
El lugar de los hechos, según la PGR. (Foto: Jesús Villaseca.)

A reserva de que en los próximos días se aclaren los señalamiento del EAAF sobre los errores en el manejo de los restos humanos sacados del río San Juan y de la falta de custodia y posible alteración de la escena del crimen, los elementos periciales con los que se cuenta actualmente respecto de la incineración se basan exclusivamente en la opinión de expertos: unos peritos afirman que ésta fue posible gracias a que el basurero El Papayo asemeja un gran horno; otros peritos sostienen que es imposible tal incineración con los aceleradores disponibles. Lo cierto es que, como declaró la antropóloga forense Lorena Caballero, “Cuando este proceso se sale de un crematorio, me resulta difícil emitir una opinión porque deben contemplarse diferentes factores: primero, se trata de un lugar abierto, y segundo, porque no hay experiencias similares” (Proceso, 1985 [15 de noviembre de 2014], 12).

No hay experiencias similares. Se considera posible o imposible lo narrado por el Cepillo y tres de sus secuaces en función de la opinión de los expertos, no de evidencias incontestables. Pero una pira es una cosa concreta que obedece a constantes físicas y químicas que se pueden medir y controlar, y que además se repiten.

Rehacer la pira. O hacerla por primera vez. En las condiciones más parecidas a las del pozo de El Papayo en la madrugada del 27 de septiembre de 2014: un lugar con una topografía equiparable y con flujos de viento semejantes, con la misma presión atmosférica y condiciones cercanas de humedad, vegetación y composición química de la tierra.

Profundizar en la reconstrucción de la escena, con base en las confesiones disponibles: poner en esta réplica del basurero de Cocula a tantos agentes como sicarios declaran los detenidos que hubo entonces, poner a su alcance las cantidades razonables de materiales aceleradores de la combustión (llantas, plásticos, leña) en función de lo que haya en otros basureros de la zona. Tener preparados bidones con gasolina o diesel, en las cantidades que, según los relatos y el sentido común, pudieron llevar esa madrugada hasta El Papayo.

Seleccionar cadáveres animales con características físicas, biológicas y químicas parecidas a los de los seres humanos: peso, proporción de sangre, grasa, músculo, órganos y huesos, composición química de éstos; agregar ropa, calzado, teléfonos celulares, esposas, balas.

Con todo ello, hacer la pira. Dejar que los agentes que desempeñan el papel de sicarios manipulen las varias toneladas que suman juntos los cadáveres, que acomoden los cuerpos de la manera en que indican las confesiones, que enciendan la pira a las dos de la madrugada y la mantengan todas las horas de esa noche; que trituren (o intenten triturar) lo que haya quedado a partir de las cinco de la tarde.

Entonces podremos ver. Tal vez, en efecto, se pueda meter en bolsas las cenizas y los restos carbonizados. Pero tal vez no. Si no es posible, entonces la versión oficial —montada sobre las cuatro confesiones— perdería todo sustento y habría que modificarla. Si en cambio el experimento evidencia la posibilidad de cremar tal cantidad de cuerpos en un periodo semejante de tiempo y en esas circunstancias, entonces la versión oficial se robustecerá.

Independientemente de su resultado, un experimento pericial de tales proporciones (acaso el más grande que se haya hecho en el mundo) modificaría definitivamente la estructura del expediente y, sin duda, el curso de las investigaciones. Daría también grandes cantidades de información para que los historiadores del futuro –como los del presente— hagan mejor nuestro trabajo y ofrezcan versiones que a ellos les parezcan, a la luz de las fuentes, verdaderas.

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