Posmodernos

por Octavio Spíndola Zago *

Recientemente, Francis Fukuyama publicó Los orígenes del orden político (2011), donde refrendó sus tesis posmodernas respecto al fin de la historia, la muerte de las ideologías y la fosilización de los monumentos traumáticos, al tiempo que reiteraba su fe en la democracia liberal como única alternativa de proyecto político. Muchas de esas ideas ameritarían sin duda una reflexión con detenimiento, pero por ahora nos detendremos en el posmodernismo, esa palabra tan incómoda para muchos historiadores. Cabe meditar acerca de los autores que abiertamente se han declarado afines a esta línea y el impacto que ha tenido en la historia y las ciencias teóricas.

Resulta provechoso realizar, en un primer momento, un acercamiento genealógico de este pensamiento fundado con La condición postmoderna, de François Lyotard (1979), cuyas raíces se extienden desde el pesimismo de Schopenhauer y Nietzsche, pasando por los neomarxistas de Fráncfort, posestructuralistas como Michel Foucault, Jacques Derrida y Judith Butler, “girolingüistas” como Ludwig Wittgeinstein, John Austin, Gilles Deleuze y Jen Baudrillard y hermenéuticos como Hans-Georg Gadamer y Paul Ricœur, hasta desembocar en los representantes del pensamiento débil: Peter Sloterdijk, Slavoj Žižek, Guy Debord, Gus Scarpetta, Gianni Vattimo y Gilles Lipovetsky.

El resultado de esta mezcla ha sido una compleja filosofía de las realidades humanas que se saben envueltas en sociedad multiculturales francamente en crisis. En general pugna por el fin de los metarrelatos, las verdades absolutas, los discursos legitimadores y el proyecto progresista moderno; a cambio privilegia la dialéctica, el proceso de personalización hedonista, lo virtual, la ética, lo multinacional, el relativismo, los microcosmos, las consignas cosméticas y la ética indolora. En otras palabras, la sensibilidad de la Ilustración se transformó en el cinismo contemporáneo.

En palabras de Daniel Innerarity, el posmodernismo ha configurado un nuevo eclecticismo en la arquitectura y un nuevo realismo-subjetivismo en la pintura y la literatura, así como un nuevo tradicionalismo en la música, impactando a las ciencias, conduciendo a la filosofía a un estado fragmentario y pluralista, amparado en la destrucción de la unidad del lenguaje. En suma, siguiendo a Adolfo Vásquez Rocca, el posmodernismo es el triunfo de la simultaneidad sobre lo unilineal, es la muerte del ser racional, del futuro cual camino esperanzador y del pasado como magister vitae, para dar vida a ese ser perdido, nihilista, corpóreo y digital que hoy habita el mundo, un mundo condenado-rescatado al eterno presentismo.

Obra de Barbara Kruger en el Museo Hirshhorn, Washington, D.C., 2012. (Foto tomada de theconversation.com)

Obra de Barbara Kruger en el Museo Hirshhorn, Washington, D.C., 2012. (Foto tomada de theconversation.com)

Pero, ¿cómo llegó a fraguarse este panorama tan complejo y que hemos intentado resumir (aclarando lo más posible sus matices)? Los autores posmodernos, disímiles y antidoctrinarios por inmanencia, son desde mi punto de vista resultado de 1989; son una generación que vio caer sus esperanzas y quedó desposeída de todo sueño al verse afianzado el neoliberalismo y los gobiernos afines al proyecto de mercado globalizado. No postulo al socialismo como un régimen ideal —nada más alejado de la verdad—, pero sí era otro camino al que las masas habían apostado para construir esa utopía que todo humano sueña con vivir —como bien señala Umberto Eco en Historia de las tierras y los lugares legendarios.

Ésta en cambio es la era de la banalidad, de la búsqueda de alternativas y el rechazo de todo intento de modelo y lección moralizante, como bien lo señala Enzo Traverso en ¿Dónde están los intelectuales? Vivimos tiempos inciertos; la sociedad no genera utopías y los intelectuales han quedado relegados, mientras, impotentes, ven su papel como “autoridades académicas” apropiado toscamente por los medios de comunicación y figuras mediáticas artificialmente construidas. Sin embargo, también es cierto que debemos distinguir a los autores críticos (como Lipovetski y Žižek) de los militantes (como el propio Fukuyama); estos últimos hoy asesores políticos en nómina gubernamental. Mientras los primeros describen con precisión la realidad que viven y observan, los segundos alaban sus beneficios. Mientras los críticos nos desafían a combatir este estado sin esencia sin recurrir a tautologías o falacias disfrazadas de racionalismo, los militantes abiertamente se deslindan de toda postura contraria y, paradójicamente, adoptan actitudes dogmáticas.

¿Por qué deben los historiadores reflexionar en torno al posmodernismo? Fundamentalmente porque es una de las maneras a través de las cuales se escriben las interpretaciones del pasado y se vincula al historiador con su área de trabajo, así como con su contexto sociocultural. Es uno de los medios teóricos a través de los cuales se construyen los esquemas epistemológicos y al público receptor del quehacer del historiador.

Como propone Mauricio Beauchot siguiendo a Heidegger, todo es interpretación; pero una demasiado abierta o demasiado cerrada sencillamente se anula por sí misma. Las posturas radicales no llevan más que a un diálogo de sordos: se ha confundido el desplazamiento teórico del archivo para dar cabida a la diversificación de fuentes, con el destierro del archivo, la banalización de la metodología y el menosprecio de la reflexión teórica.

No cabe duda que todo discurso historiográfico es en esencia ideología, pero eso no significa permitir que el pasado histórico sea altaneramente manipulado para sustentar proyectos políticos, como lo ha propuesto Fukuyama en su libro. No podemos olvidar, mucho menos en nuestro contexto histórico actual, que el historiador es ante todo un ciudadano y debe ser congruente, pero sobre todo, asumir las responsabilidades para con su sociedad.

Baudrillard advierte que el fin del milenio y los principios del nuevo siglo padecen los efectos de la “desrealizazión” producidos por las tecnologías de la comunicación: lo real y lo apócrifo se difuminan y se asimilan por la simulación. En este escenario, el historiador puede perder el camino y dejarse llevar por la corriente. El posmodernismo no es necesariamente ignominioso; es más un reflejo de nuestras sociedades, una oportunidad para reconciliar y mediar, y entablar el diálogo. Quizá sea hora de ver nuestros tiempos como un momento de transición, superar el debate modernidad-posmodernidad y —siguiendo a Rosa María Rodríguez Magda— cambiar la perspectiva por una “transmoderna”.

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