por Pedro Salmerón Sanginés *

La revolución de 1968 cuestionó decididamente la hegemonía estadounidense en el mundo occidental y el aval soviético a esta hegemonía a cambio del respeto de su dominio sobre los países del “socialismo real”. Cuestionó con mayor fuerza todavía la homogeneidad de la cultura del mundo occidental —en la más amplia acepción de la palabra— y, de paso, la de los estados-nación, en cuyo seno empezaron a reivindicarse lenguas, tradiciones e historias diferentes (véase Immanuel Wallerstein, “1968: Revolución en el sistema mundo: Tesis e interrogantes”, Estudios Sociológicos, 7: 20 [1989], 229-249 —disponible aquí).

La historiografía resultante de la revolución de 1968 fue en busca de esas diferencias hasta entonces acalladas por los intentos homogeneizadores de lo “occidental” y lo “nacional”. Lo primero fue el tránsito de la historia global (las historias “universales” centradas en occidente, y las historias “nacionales” enseñadas en las escuelas) a las historias regionales (o de “nacionalidades”, en los estados en que éstas habían sido sometidas a lo nacional en singular); luego fueron la microhistoria, la búsqueda de lo subterráneo, la vida cotidiana, el género.

Estas tendencias generales tuvieron una vida distinta en cada país. En México, el combate a la hegemonía estadounidense y a una cultura y una moral monolíticas se tradujeron en la crítica al sistema político que asumía esas premisas y las sazonaba con un autoritarismo peculiar, cuyas modalidades represivas fueron sacadas a plena luz por el propio sesenta y ocho. En historiografía, esta crítica se convirtió, nos cuentan nuestros maestros, en el “revisionismo histórico de la revolución mexicana”, que arrancó entre 1967 y 1973 con los libros de John Womack, Armando Bartra, Arnaldo Córdova, Adolfo Gilly, Jean Meyer, Lorenzo Meyer y James D. Cockroft. Luego vendrían otras revisiones del proceso revolucionario.

En estas reinterpretaciones hay, al menos, dos grandes tendencias, a una de las cuales le cabe mucho más ajustadamente que a la otro el título de “revisionista”. Alan Knight, quien se define a sí mismo como “contrarrevisionista”, menciona entre los que se atrevieron a generar nuevas interpretaciones globales de la revolución a “Jean Meyer, François-Xavier Guerra, Ramón Ruiz, Hans Werner Tobler, John Hart y yo”. Partiendo de esa lista, que no por casualidad excluye a Adolfo Gilly, Arnaldo Córdova y Friedrich Katz, Knignt afirma que “es interesante notar que los sintetizadores son todos extranjeros, la mayoría europeos”. Si ésa es la lista de los que se atrevieron, es lógico que Knight y Hart aparezcan como los exponentes de una corriente contraria a la que representan Meyer, Guerra y Ruiz, pero también contraria a “la marxista, representada en general por trabajos bastante esquematizados y carentes de datos originales de archivo: por ejemplo, los libros de Antol Shulgovski o Adolfo Gilly” (Alan Knight, “Interpretaciones recientes de la revolución mexicana”, Secuencia, 13 [1989], 27-30).

El carácter de las revisiones de la primera tendencia obligaban incluso a poner en tela de juicio el concepto de revolución. Como ha explicado Luis Villoro, los historiadores “revisionistas” de diversas revoluciones han terminado por desechar “la noción de ruptura y recomienzo” como lo significativo de una revolución: vista desde un periodo largo, la ruptura con el pasado habría sido más ilusoria que real. En fin, si la continuidad prevalece sobre el cambio, si la revolución no es un giro decisivo, si tiene lugar más en la mente de sus actores que en la realidad histórica ¿sigue siendo un concepto útil para la historia? (Luis Villoro, “Sobre el concepto de revolución”, Theoría, 1 [1993], 71 —disponible aquí).

Ya Arnaldo Córdova había señalado que la revolución pertenecía al mismo proceso histórico iniciado en México con el triunfo de la república, que puede resumirse en una frase: el desarrollo del capitalismo. Pero al darse cuenta de ello, algunos de los revisionistas también notaron otra cosa importantísima: ésa fue la revolución que quisieron y que hicieron los triunfadores. Pero hubo otros grupos revolucionarios con otros orígenes y aspiraciones, que fueron vencidos; “la otra revolución”, como dijo Arnaldo Córdova. Porque resulta que Gilly y Córdova, antes que Meyer, Guerra, Ruiz o Knight, presentaron sendos trabajos que eran también reinterpretaciones globales del proceso revolucionario que críticos como Knight no querían o no podían ver —aunque, a juzgar por el número de ejemplares vendidos, han tenido en México una aceptación y un impacto mucho mayores que el de aquellos autores.

Adolfo Gilly parte de un presupuesto contrario al de los autores extranjeros mencionados: ni siquiera contempla la idea toquevilleana o gatopardezca según la cual las revoluciones a fin de cuentas no cambian nada. De hecho, hay una definición precisa: “La historia de las revoluciones —escribió León Trotsky— es para nosotros, por encima de todo, la historia de la irrupción violenta de las masas en su propio destino”, y la historia que cuenta el libro de Gilly es “la irrupción violenta de las masas campesinas que en un momento dado de su trayectoria pudieron gobernar sus destinos, pero que fueron sometidas por una minoría que recuperó el mando e interrumpió un proceso real y tangible”.

El autor de La revolución interrumpida
Revolución mirada desde otra parte. (Foto:  editorialitaca.com.mx)

Los protagonistas de La revolución interrumpida (México: El Caballito, 1971) son los campesinos que formaron los ejércitos de Villa y Zapata, los soldados de esa revolución derrotada. Aunque parte del análisis de las condiciones económicas y sociales prerrevolucionarias mediante el método marxista, Gilly no retoma a Alperovich y Rudenko —como creen equivocadamente sus críticos— sino que va mucho más allá. Hay en el libro de Gilly una diferencia cualitativa.

En efecto, M. S. Alperovich y B. T. Rudenko publicaron dos libros a mediados de los años cincuenta (el primero en colaboración con N. M. Lavrov) en los que presentan una versión de la revolución mexicana acorde a la escuela del estalinismo que, a pesar del mecanicismo inherente a dicha postura y de la escasez de recursos para la investigación, presenta algunas ideas novedosas e interesantes: en el seno de una revolución democrático-burguesa se gestó un poderoso movimiento campesino acaudillado por Villa y Zapata que, en su avance, destruyó las fuerzas de la reacción. Sin embargo, al no encontrar el campesinado su dirigente natural, el proletariado, incipiente y dirigido por “anarcosindicalistas apolíticos”, los liberales burgueses pudieron retomar la iniciativa y derrotarlos. Los campesinos no supieron consolidar sus éxitos (M. S. Alperovich y B. T. Rudenko, La revolución mexicana de 1910-1917 y la política de los Estados Unidos [México: Ediciones de Cultura Popular, 1973], 196).

Para estos autores, la revolución democrático-burguesa era también nacionalista y antiimperialista y su fuerza motriz fueron los campesinos, y aunque los caudillos campesinos que en un momento dado rompieron con la dirección burguesa fueron derrotados por su falta de visión, lograron que al programa burgués se incorporaran sus demandas —que le dieron un carácter popular a la revolución nacionalista burguesa.

Es decir, estos soviéticos siguen definiendo la revolución mexicana en términos muy parecidos a los de Jesús Silva Herzog, o los “protomarxistas” (el término es de Álvaro Matute) Rafael Ramos Pedrueza o Luis Chávez Orozco. La presentación de estos movimientos campesinos tampoco difiere de los ensayos reivindicadores de Jesús Sotelo Inclán, Federico Cervantes o Alberto Calzadíaz, autores los dos últimos cuyo esfuerzo estaba enfocado a conseguir el reconocimiento del villismo como parte integral y heroica del gran movimiento popular y agrario que fue la revolución.

Gilly va por otro lado: con un sólido sustento teórico, aunque las condiciones en que escribió el libro le hayan impedido la consulta de materiales de primera mano, presenta la revolución campesina como otra revolución y muestra que los ejércitos campesinos tuvieron una dirección campesina que actuó con autonomía frente a la dirección burguesa, ya no “de la revolución”, sino de la otra revolución, a la postre victoriosa. Todo en el libro de Gilly apuntala estas dos novedosas ideas, empezando por la estructura misma del trabajo. Una prosa atractiva y convincente, bien distinta de los anteriores ensayos protomarxistas, obliga al lector a no dejar la lectura. Así, la revolución empieza, realmente, cuando los campesinos armados rebasan a la dirección burguesa de la revolución, que quiso detenerla en mayo de 1911 y empiezan “a resolver desde abajo, con sus métodos directos y claros, sin esperar leyes no decretos, el problema de la tierra”.

Dos grandes alas tuvo la revolución campesina: “El zapatismo fue la expresión más concentrada de la irrupción nacional de las masas campesinas.” La presentación de la acción revolucionaria del zapatismo no es muy novedosa, pues se sustenta explícitamente en el Zapata de Womack, publicado en español menos de dos años antes que el libro de Gilly, pero sí es novedosa la inserción del zapatismo en el panorama nacional, a través de la Convención, que trasciende el carácter cerrado y puramente local que Womack atribuye al movimiento suriano. Mucho más novedosa es la presentación del otro ejército campesino:

La división del Norte es una de las mayores hazañas históricas mexicanas. Su organización fue el punto de viraje en la guerra campesina y en la revolución. Las masas del norte del país y las que se sumaban en su avance, se incorporaron a ella, la organizaron de la nada y contra todos, le dieron su tremendo empuje, alzaron a uno de sus propias filas, Francisco Villa, como el mayor jefe militar de la revolución, barrieron en el camino con cuanto se les puso por delante [Adolfo Gilly, La revolución interrumpida, edición corregida y aumentada (México: Ediciones Era, [1971] 1994), 122).

Para Gilly, la división del Norte era la expresión más potente de los campesinos rebeldes —un ejército campesino mandado por caudillos campesinos que movilizaba a las masas campesinas dondequiera que pasaba—, que fue abriéndose camino hacia la independencia política de clase y que, al aliarse con los zapatistas, unió nacionalmente a la insurrección campesina.

Donde parece repetirse la ortodoxia marxista no es en la novedosa presentación de la revolución campesina, sino en la explicación de la derrota de esta revolución. La razón última de la derrota de los campesinos fue su incapacidad para construir un proyecto alternativo de nación. Dice Gilly que hubo un momento en que la marea campesina llegó a la superficie, y todo fue reivindicación y justicia agrarias, pero los dirigentes campesinos —Villa y Zapata— perdieron el control de los acontecimientos, porque cuando buscaron una expresión política de clase no la encontraron: “Ejercer el poder exige un programa. Aplicar un programa demanda una política. Llevar una política requiere un partido. Ninguna de las tres cosas tenían los campesinos, ni podían tenerlas.”

Sin embargo, a pesar de su derrota, fueron los ejércitos campesinos los que destruyeron hasta los cimientos del antiguo régimen y la continuidad estatal burguesa que Carranza hubiera querido preservar. La ocupación de la ciudad de México por las masas campesinas fue, dice Gilly, “la culminación que consolidó la confianza en sí mismas de las masas” y “dio una conciencia nacional al campesinado de México […]. Nada más esas dos conquistas, imposibles de medir en términos económicos, valían los diez años de lucha armada.” (Gilly, Revolución interrumpida, 173 y 204).

Por último, para Gilly la derrota de la revolución campesina no fue total: muchas de sus demandas fueron retomadas por el sector radical o bonapartista (obregonista) del constitucionalismo, y se manifestaron en el congreso constituyente de 1917. Esta comprensión de que los movimientos villista y zapatista habían sido otra revolución, distinta de la de los ganadores, fue recogida al vuelo y enriquecida por muchos otros, hasta adquirir carta de naturalidad. Se nos olvida a veces que esa interpretación nació desde la observación aguda y pausada, desde la reflexión crítica hecha en una crujía del palacio negro de Lecumberri.

4 Comments

  1. He leído un poco sobre revisionismo, a Poggio, a Pedro Varela, y Luis Reed, pero siento que en México no existe como tal. Que el revisionismo no se trata como una corriente definida, aqui en México, es una postura ante la historia oficial, más que nada de la historia totalizadora que se heredó del siglo del siglo XIX, que buscaba una identidad nacional. Y que lo que se ha escrito de historia y que no tiene esos tintes totalizadores es considerado como revisionismo. Porque en por ejemplo en el caso del revisionismo Europeo van de la mano la socialismo y social democracia (identificada con la iglesia católica), al igual que puede ser Argentina. (revisando esta última, vemos la cercanía con Francisco I.). Algo que me parece muy díficil que pueda suceder en México. Con esto, cree que hay historiadores en México que hacen historia revisionista, sin estar consientes de serlo. Mas bien se ha hecho desde siempre, pero desde la derecha y desde la izquierda ideológica, y que posiblemente no haya una convergencia de estas dos corrientes como se esta presentando en el revisionismo europeo, que es lo que lo define como revisionismo.

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