por Luis Fernando Granados *

El petróleo de México fue mexicano apenas durante 76 años, 4 meses y 24 días. Sólo comenzó a serlo el 18 de marzo, 1938, aunque la constitución de 1917 establecía que el subsuelo era originalmente propiedad de la nación. No lo será más a partir del mediodía de hoy, cuando se promulguen las leyes que permiten de nuevo su explotación privada.

No hay modo de minimizar lo que está ocurriendo. Se trata de la decisión gubernamental más importante que hayamos conocido la inmensa mayoría de las mexicanas; como en aplicación de la segunda ley de Newton, es un acto de gobierno sólo comparable con el que revierte y cancela —que para casi todo el mundo es uno con la foto de la alocución radiofónica que siguió a la firma del decreto de expropiación.

Se trata, más aún, del final de un ciclo o un periodo de la historia mexicana. La destrucción del monopolio estatal del petróleo tiene alcances epocales porque, como Lorenzo Meyer no se ha cansado de repetir (aquí una de las últimas veces), la propiedad pública del petróleo —el petróleo mexicano— implicaba un “proyecto de nación” que hoy ha sido cancelado definitivamente. Lo que hoy está ocurriendo inaugura un país distinto, lo que no conseguirá corregir la consulta electoral propuesta por las izquierdas parlamentaria y para-parlamentaria —que además quién sabe si llegará a ocurrir alguna vez.

La sociedad mexicana parece pasmada ante este momento capital de su existencia. Salvo la clase política, cada vez más distante de quienes usan transporte público, apenas si hay sector que se haya manifestado, ya a favor, ya —más razonablemente— en contra, de una decisión que nos implica a todas de manera íntima y duradera. Acaso porque el martilleo mediático de los últimos dos años ha terminado por abrumar nuestro sentido de la realidad. Acaso porque las urgencias de la vida cotidiana obligan a millones de personas a posponer la reflexión y la organización respecto del futuro del país. Acaso, más sencillamente, porque los movimientos sociales no pueden iniciarse del modo en que, ingenuamente, Francisco Madero imaginó la movilización armada en contra del gobierno de Porfirio Díaz —“El 20 de noviembre de 1910 a las 6 de la tarde, todos los ciudadanos tomarán las armas para derrocar a los usurpadores del poder”, decía el plan de San Luis.

No obstante la gravedad del momento, es prácticamente un hecho que el gobierno y sus aliados festejarán sin oposición esta tarde.

El ex presidente del PAN. (Foto: Germán Canseco.)
El ex presidente del PAN. (Foto: Germán Canseco.)

Hoy es un día tristísimo. Triste, opaco, ominoso.

Y no obstante, quizá el único beneficio del modo en que el petróleo ha dejado de ser propiedad exclusiva del estado es que, en la hora de su victoria, quienes hoy detentan el poder se han atrevido por fin a salir del clóset; en otras palabras, que finalmente han reconocido el sentido de sus actos y así han asumido su genuina orientación política. Lo hicieron hace una semana, en la voz de Germán Martínez Cáceres, ex presidente del junior partner de la coalición gubernamental.

Vengativo en su tono, arrogante en sus argumentos, el artículo —que puede verse aquí— fue objeto de críticas casi de inmediato: Jorge Alcocer y Paco Ignacio Taibo II, por ejemplo (aquí y aquí), hicieron notar la magnitud de la ignorancia y los prejuicios de quien, no obstante citar el diario de Lázaro Cárdenas, evidentemente no tiene mucha idea de lo que ocurrió en México en la segunda mitad de los años treinta. Yo en cambio creo que hay mucho que agradecerle al exabrupto de Germán Martínez. Al menos porque muestra de cuerpo entero la mentira mediática y política que el gobierno no ha dejado de repetir desde el año pasado. Ferozmente anticardenista, la reforma energética es también un modo de ajustar cuentas con el pasado, que revive y actualiza los viejos debates de los años treinta sobre el futuro del capitalismo y la sociedad de masas. Por ello también nos obliga a repensar el sentido del siglo XX mexicano.

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