por Pedro Salmerón Sanginés *

El domingo 27 de julio, a sus 94 años y tras breve agonía, murió en su cama, en la eterna casa de José María Rico y Amores, doña Sofía García Iglesias, viuda de Sanginés, matriarca indiscutible, tronco y argamasa de un clan que entre hijos, nietos, biznietos y cónyuges suma casi ochenta personas, y que añadiendo primos, sobrinos, compadres y hermanos no consanguíneos bien puede llenar las plazas de un batallón de infantería.

Nunca ocupó un cargo público, no fue amiga de ningún famoso, no figuró en episodio ninguno de la vida política, no militó en ningún partido, no marchó contra el gobierno ni sus fraudes y excesos. Escribió dos o tres libros que cuentan la faceta romántica de una vida de mujer de clase media, sin más sobresaltos que los cotidianos de un matrimonio de veinte años (que no fueron pocos), y de certezas que se diluyen sin desaparecer y certezas que permanecen sin desdibujarse. Una vida en la que los suyos tuvieron el lujo de no tener hambre (domo dice Sabina); y aunque a veces se contaban los bolillos, nunca faltaron las tortillas ni los frijoles.

Su muerte nos permite medir el tiempo: nació cuando era presidente Venustiano Carranza y su memoria personal se remontaba a Plutarco Elías Calles y a una primera comunión semiclandestina. Se emocionó con la expropiación petrolera y con los éxitos de la Wehrmacht, pero también la horrorizó el horror nazi, cuando se enteró. Encendió la primera radio y la primera televisión, en cuya pantalla vio al hombre llegar a la luna. Vivió devaluaciones y vio con el corazón sobrecogido a los estudiantes desafiar al gobierno, porque entre quienes marchaban iban sus hijos. Lloró con la llegada del papa polaco, al que amaba. Construyó su perfil de Facebook para comunicarse con sus nietos.

Doña Sofía García Iglesias, viuda de Sanginés.
Matriarca.

Y el mantel nunca olió a pólvora. Vivió el siglo XX sin que la violencia la tocara. La suya fue una familia de paz desde el tiempo de sus bisabuelos, que hicieron la guerra contra Francia en el cantón de Ozuluama, Veracruz. Incluso era de paz su familia política, aunque el bisabuelo, el abuelo y el padre de su marido fueron militares que pelearon las diversas guerras civiles, de 1858 a 1914, considerando su jefe a Porfirio Díaz; porque cuando ella nació, quien años más tarde sería su suegro ya había trocado el sable por la escuadra del ingeniero constructor.

Enormes legados dejó. No materiales, pues nunca fue rica. Aprendimos en la práctica el valor de la igualdad: la certeza de que todos somos iguales a los ojos de su dios y que deberíamos ser iguales ante la ley de los hombres. Aprendimos también la tolerancia: ella, que se formó en una fe intolerante y excluyente, aprendió a amar a quienes pensaban distinto. Y al hacerlo ella misma, al convertir esa fe en una fe tolerante e incluyente, nos enseñaba.

Nos sentábamos así, frente a ese mantel que nunca olió a pólvora, mecánicos, ingenieros, amas de casa, científicos, maestras, veterinarios, pasteleras, escritores, rancheros, secretarias, músicos y actrices; también antitaurinas con primos que aprecian una buena faena en el tendido de sol; antialcohólicos con quienes disfrutamos —hasta un poco demasiado— un buen rioja y un mezcal artesanal; creyentes y no creyentes; heterosexuales, homosexuales y asexuales; castos y lujuriosos; funcionarios públicos y antigobiernistas radicales. Panistas, priístas, cardenistas, neozapatistas, anarquistas y apolíticos.

Tengo compañeros que nunca convivieron con su tía católica o le retiraron la palabra al primo que votó por Peña Nieto. Yo entiendo —porque lo vivo— que hay personas honestas que creen sinceramente y con argumentos que las reformas propuestas por el PRIAN son necesarias y están bien planteadas, o que Felipe Calderón fue un buen presidente. Eso me obliga a afinar mis argumentos, a buscarles cimientos sólidos, a limarles asperezas… y a combatir a quienes se creen poseedores de la verdad, sobre todo en política. También me obliga a no sorprenderme frente a quienes descalifican, sin atender ni razonar, todo aquello que suena discordante con sus prejuicios.

La abuela me enseñó que la historia se escribe todos los días, en el trabajo y el amor a la gente, la cercana y la distante. Que el futuro se construye en la calle, con la gente común. Si existe ese dios en el que ella creyó toda su vida, ya está ante él. Si no (como escribió el poeta cubano del comandante que nació cuando ella tenía ocho años de edad y que murió asesinado dos años antes de que ella enviudara), habrá otros; claro que habrá otros dignos de recibirla.

1 Comment

  1. Excelente narración, Pedro!! Felicidades!! Pero quiero decirte que lo leí por recomendación de un amigo que lo leyó y recordó que tiene algunas palabras del título de mi novela: “Un mantel oloroso a pólvora”, que tú ya conoces, pues coincidimos en Puebla en el Museo de los Ferrocarriles. Saludos afectuosos!!

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