por Emilio de Antuñano *

Lejos de ser opuestos, el campo y la ciudad son espacios complementarios cuyas características y límites no son nítidos. Hace unas semanas, mi investigación sobre la urbanización del valle de México me llevó al Archivo General Agrario. El AGA conserva, entre muchos otros documentos, los expedientes de miles de ejidos cuyos inicios a menudo se remontan hasta títulos primordiales del siglo XVI. Como es bien sabido, durante el siglo XX la ciudad de México creció desmesuradamente, en buena medida sobre tierras ejidales. Lejos de erguirse en una suerte de cordón sanitario contra la expansión urbana, las comunidades ejidales y el código agrario que las organizaba configuraron una urbanización sui generis que marcó el devenir de la ciudad de México.

Pero me interesa menos explicar este proceso que describir mi breve experiencia en el archivo. En el AGA los historiadores somos una minoría. El archivo es utilizado principalmente por abogados, gestores y representantes de comunidades campesinas que acuden a él en busca de documentos para hacer toda clase de trámites. No hay nada de sorpresivo en esto, pero la conjunción de todas estas personas bajo un solo techo arroja luz sobre la naturaleza de los archivos y sobre algunos de los cambios ocurrido en México durante las últimas décadas.

Existe, en primer lugar, una diferencia enorme entre los investigadores y las personas que van al archivo a realizar trámites. Estas diferencias son de varios tipos, desde la más fundamental y obvia —unos están haciendo una investigación histórica, otros buscan, digamos, las escrituras de sus tierras— hasta las más superficiales, o no tanto; por ejemplo, la diferencia entre un campesino y un estudiante con una laptop que vale algunos miles de pesos. La dirección del archivo gestiona su doble naturaleza con mayor o menor tino, pero ésta deriva en situaciones “raras” (al menos al compararse con otros archivos como el AGN), como la incomodidad de los agentes de seguridad que revisan cámaras fotográficas y computadora sin contar con un protocolo claro para registrar estos aparatos. También es “raro” que los investigadores cuenten con un espacio separado del resto de los usuarios para consultar sus documentos y tomar fotografías o notas. Esto obedece, me explicaron, a que tales prerrogativas pueden ser percibidas como injustas para quien está pagando para recibir una copia certificada de un documento; aunque la fotografía que el investigador tomó no tenga el mismo valor ni significado jurídico que la copia certificada y, por consiguiente, sea inútil para realizar trámites legales.

Encuentro de pasado y presente.
Encuentro de pasado y presente.

Pese a estas diferencias, a veces historiadores, abogados y representantes campesinos se hacen las mismas preguntas. Una mañana, mientras esperaba a una persona en una sala de espera del archivo, escuché una conversación entre uno de los archivistas y un campesino que buscaba constancia de ciertos títulos agrarios. No entendí la conversación entera, pero sí oí cómo el archivista explicaba al señor la diferencia entre dotaciones y restituciones agrarias; también le decía que era muy probable que los títulos primordiales de sus tierras —en caso de que éstos existieran— no estuvieran en el archivo, y que la resolución presidencial de dotación ejidal, que databa de los años cuarenta, podría ser el documento más antiguo en el archivo, y seguramente el más importante para perseguir sus fines, como el abogado del archivo podría explicarle. Seguí la conversación unos minutos, recordando que el mismo archivista me había explicado asuntos casi idénticos unos días atrás, y reflexionando sobre el ambivalente, y no por eso menos potente, significado de los papeles que llevaba semanas leyendo; éstos eran documentos históricos, pero tenían también un valor político y jurídico, producto de su origen gubernamental. La diferencia de significados estriba en el distinto uso que damos al mismo documento y en que probablemente había mucho más en juego para el campesino que para mí.

Quienes crecimos en la ciudad de México durante los años ochenta y noventa acusamos un cierto sesgo en el mirar (al igual que cualquier generación de cualquier ciudad o región; nadie goza de una mirada objetiva o totalizante, faltaba más). Al margen de nuestras posiciones políticas, crecimos rodeados de una serie de consignas acerca de la modernización, la globalización, la transición a la democracia y el principio y el final de la revolución. El régimen ejidal pertenecía al pasado, rematado por las reformas salinistas. A mí, bicho de ciudad, la escena en el archivo me hizo pensar en la cascada de peticiones ejidales y pleitos legales que siguieron a la revolución y sobre las que algo he leído. Pero no estaba consciente de que tales y trámites y pleitos aún se dirimieran. El anacrónico edificio del AGA acentúa esta confusión de temporalidades: ubicado en pleno barrio bravo —en el cruce de Sastrería y el eje 1 norte, Albañiles—, lejos de los fastuosos edificios de gobierno de Juárez o Reforma, su desgastada fachada verde y blanca parece atarlo irremediablemente a los años setenta (cuando probablemente fue construido). Pero, adentro, sus millones de expedientes no languidecen sino que son materia de conflictos agrarios contemporáneos, que desde algunos miradores parecen no existir más.

5 Comments

  1. No dejan tomar fotos los de vigilancia, sin embargo, los coyotes-abogados que pululan en el AGA, se dan sus mañas para hacerlo a la vista de los vigilantes, y aún cuando yo denuncié a dos de ellos, solamente se acercaron a decirles que guardaran sus teléfonos sin revisar las fotos de los documentos que ya habian tomado.
    Respecto a la forma de ver los documentos que consultamos en el AGA, nosotros como historiadores (al menos yo) me he indignado cuando veo que los coyotes que menciono arriba tratan los documentos como hojas de cuaderno, y no se diga los planos que contienen los expedientes; he visto como al dar vuelta una foja la rompen y lo mismo ha pasado con los planos, y los empleados y vigilantes no hacen nada al respecto. Para mi los expedientes son documentos históricos valiosos, que guardan la historia de una comunidad, pueblo o ejido, y como tales los respeto.

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  2. Estimado Mtro. Antuñano, y a Beatriz Cruz y Carlos Ramos Solís quienes han comentado sobre la nota. Actualmente el AGA se encuentra en un proceso de reajuste que busca, precisamente, promover, a la par de la consulta del archivo activo para fines administrativos y judiciales (campesinos, abogados, funcionarios), la investigación por parte de académicos. Por tratarse de una institución federal, pública, sujeta a reglas emitidas desde la lógica legal este proceso no ha sido ni fácil ni suave. Todo lo que el autor encuentra “raro” en nuestro funcionamiento en realidad se refiere a este periodo de transición donde algunas soluciones no son ideales pero AL MENOS PERMITEN A LOS INVESTIGADORES ACCEDER SIN TRABAS A LA DOCUMENTACIÓN. No podemos funcionar como el AGN, al que Emilio de Antuñano hace referencia, porque no somos un archivo solamente histórico. Nuestra intención es que los detalles para una mejor consulta se vayan afinando, inclusive con el proyecto de un nuevo reglamento.
    Les agradezco mucho su interés en nuestra institución.

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    1. Lic. Regina Tapia, el único pero que yo le pondría no sólo al AGA, sino a toda la red de delegaciones del RAN en el país, es la burocracia y lentitud con que se nos permite a los investigadores reproducir un documento que sólo necesitamos para fines informativos y de construir un relato histórico, tan fácil que sería poder tomar fotos o copias simples, pero no; en Jalisco me la pusieron tan fácil como llevar UNA CARTA DEL RECTOR DE LA UNIVERSIDAD de Guadalajara para poder fotocopiar algunos expedientes, lo que denota que los servidores públicos carecen del conocimiento elemental de la vida académica, donde los investigadores, las más de la veces, nunca llegamos siquiera a ver al rector en persona, sino sólo tratamos con nuestros jefes inmediatos y dependencias a las que estamos adscritos.
      Por lo demás, yo he acudido al AGA en lugar del RAN en Guadalajara porque el trato es cordial, bueno, recibo buena orientación del personal de atención al público y el horario es mejor que en la inservible delegación que tenemos en Jalisco.
      Ojalá y eso de la reproducción, algún pudieran tomarlo en cuenta para quienes consultamos con fines académicos.

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      1. Estimado Francisco,
        estoy perfectamente consciente de la situación que describes. Desafortunadamente, insisto, las trabas vienen del “peligro” del maluso que se podría dar a dichas reproducciones en contextos legales. Por este motivo, y remitiéndome de nuevo a mi comentario original, los invitamos a consultar en las oficinas centrales del AGA con carta institucional o personal de presentación, con el tema de investigación que se está desarrollando y no encontrarán ningún problema de ese tipo.

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