por Juan Alberto Salazar Rebolledo *

“Ustedes no se acuerdan, pero lo que era… las grandes asambleas fueron ahí; cuando entró el ejército tuvo que hacerse ahí, porque era el centro de todo el movimiento. Bueno, queremos que el Che vuelva a ser para todos.” Son palabras de Adolfo Gilly sobre la recuperación del espacio universitario en aquel remoto 2008. Aún más lejano es el 2000, año en que el auditorio de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM dejó de serlo para convertirse en un “espacio autogestivo” (no logro encontrar palabras adecuadas para referirme a él).

En 2000, a mis ocho años, yo no iba a CU a otra cosa que no fuera jugar fútbol americano; eso lo recuerdo bien. Pero también tengo clavadas en la memoria las imágenes, sonidos y sensaciones del 3 de marzo de 2014, en que no fueron los cristales de las gafas de Julio Cortázar los que atraparon las miradas impávidas de los espectadores, sino los añicos de las caguamas lanzadas de dentro hacia fuera del Che y viceversa, en el grotesco teatro de la “lucha por la autogestión” de un espacio que parece deberle pertenencia a cualquier persona excepto a la comunidad universitaria (que, por mi experiencia, se que no dirime los conflictos a través de la ley del talión).

Nos enteramos de las cosas por vías predecibles: telebasura, periódicos, revistas libros, internet… La supuesta libertad para la circulación de los contenidos de esta última me lleva a intentar un experimento. Abro el navegador y coloco las siguientes palabras en el buscador de imágenes de Google: “Auditorio Che Guevara”. El resultado que arroja no refiere a un edificio ni tampoco a los sucesos culturales “autogestivos”, sino a personas vendadas y escurriendo sangre, pasamontañas, petardos, fragmentos de una mesa utilizados como ariete, un joven igualmente golpeado que camina escoltado por una turba. Segunda combinación: “Auditorio Filosofía y Letras, UNAM.” Los mismos resultados, con el añadido de un círculo de personas en medio del cual un sujeto en el suelo es golpeado. Otra combinación: “Auditorio Justo Sierra.” Las mismas imágenes y dos primeros planos de una mesa (antes de convertirse en ariete) que exhiben instrumentos de laboratorio, bongs, algún tipo de planta, caguamas y más caguamas. Pero hay otra imagen, en blanco y negro, que remite a la inauguración del auditorio de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM en 1962, posteriormente nombrado Che Guevara —durante el movimiento estudiantil de 1968.

López Mateos frente al Che Guevara
López Mateos frente al Che Guevara, 1962

Me pregunto: ¿qué significa que el auditorio de la Facultad tenga como descripción en los medios digitales (de fácil acceso para mucha gente que busca información de manera rápida) tanto de blitzkrieg y tan poco de auditorio? ¿Es eso lo que implica la “autogestión popular”?

Me dirijo al librero y tomo Los días y los años (México: Era, 1971). Luis González de Alba recuerda, con un tono nostálgico —como Gilly—, aquellos momentos cuando el Justo Sierra era un auditorio:

Mientras afuera, en la explanada, se celebraba el festival con canciones y poemas, un desconocido salía al escenario del auditorio “Justo Sierra” e iniciaba un concierto de piano frente a un público que llenaba hasta los pasillos. Ni siquiera supimos quién era y sólo nos enteramos cuando, como a la salida de los cines, vimos que se abrían las puertas y salía la gente comentando el programa del concierto [121].

El pasado grita con letras cronopiales, con notas de piano, con cineclubes extintos y con la voz entrecortada de universitarios discutiendo con argumentos y no a botellazos. Pero el sonido del skapunkrocktrova “autogestivo” que sale de unas bocinas, a manera de activismo político (o algo así, creo que dice), nos está dificultando escucharlo. ¿O será que —como dice Gabriela Peña Valle en La noche de Tlatelolco (México: Era, 1971-1998), 23— “Mis ‘rucos’ [léase compas] consideran que sus principios [autogestivos a modo] son inmutables”?

[N. de la R. Como la historia, ya sabemos,
no es más que una copia de Rashomon,
a este segundo recuento y análisis de los sucesos
seguirán otros más en los próximos días.]

6 Comments

  1. Sólo a modo de nota, me parece que el personaje en primer plano, viendo a Lopez Mateos es Manuel J. Sierra, maestro de la Facultad de Derecho y entonces Oficial Mayor de la SHCP….e hijo de Justo Sierra Mendez. Ya desde que me acuerdo el nombre del Auditorio era punto de conflicto. Personalmente sobre el asunto, me parece que, como opinaba Catalina Sierra Casasús (hija de Manuel J. Sierra y nieta de Justo Sierra) lo mejor sería renombrarlo como “Che Sierra”. Esta sintesis podría dejar a todos igual de inconformes.

    Me gusta

  2. En los años 70 u 80, en la facultad de Arquitectura se puso en pràctica el autogobierno, en un principio funcionò, pero terminò siendo un rotundo fracaso. Es muy importante que los estudiantes participen en la gestòn, pero tampoco se puede ignorar que toda organizaciòn requiere orden para alcanzar sus objetivos.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s