Precaución: Cimentaciones profundas

por Wilphen Vázquez Ruiz *

En este año que termina la catedral metropolitana de la ciudad de México cumple 200 años de haber sido concluida. Los estudios realizados por Manuel Toussaint (La catedral de México y el sagrario metropolitano. Su historia, su tesoro, su arte [México: Porrúa, 1973]), así como la información disponible de la propia Arquidiócesis Primada de México y del gobierno del Distrito Federal, coinciden en que no existe plena certeza acerca de la fecha exacta en que la catedral fue concluida. Empero, no existe duda que en 1813 el inmueble ya había sido terminado (proceso que tomó casi tres siglos y que resume en buena medida el arte e ingeniería coloniales).

Como muy pocas edificaciones en nuestro país, la catedral metropolitana condensa un sinfín de elementos históricos y culturales muy caros a la memoria nacional. Basta, por ejemplo, señalar la enorme cantidad de recursos materiales y humanos que se requirieron para su construcción a lo largo de todo el periodo colonial. O indicar el hecho de que el inmueble, en su primera edificación, obedeció a la necesidad de poner en consonancia la organización religiosa del nuevo mundo con la del clero secular europeo. O recordar la querella entre Carlos V y la santa sede que postergó el nombramiento oficial de fray Juan de Zumárraga como primer obispo de la nueva diócesis hasta 1530, cosa que entorpeció por un tiempo las labores del obispado fundado por orden del emperador en 1527.

Vale también la pena señalar que el edificio que actualmente conocemos sustituyó a uno que comenzó a construirse pocos años después de la conquista de la ciudad de Mexico-Tenochtitlan. Este primer edificio —lo mismo que la catedral actual— experimentó diversas etapas de desarrollo y remodelación hasta que fue arrasado en 1626 y dio pie a la construcción de un inmueble distinto. Fueron muchos los arquitectos que estuvieron involucrados en el nuevo proyecto. Tocó, sin embargo, a Manuel Tolsá su culminación. Tolsá, a decir de muchos, logró darle armonía a la obra en su conjunto a pesar de las diferentes etapas y estilos de construcción por las que atravesó.

En más de un aspecto, la catedral metropolitana de la ciudad de México —al igual que construcciones similares en el resto de la Nueva España y de las colonias españolas en América— buscó reproducir la magnificencia de aquéllas que se encontraban en la metrópoli europea. De manera particular, se buscó que la construcción en México fuera similar a la que se encuentra en Sevilla, aunque las dificultades del proyecto obligaron finalmente a que la nueva construcción se asemejara más a las catedrales de Salamanca y Segovia.

La Catedral

El templo

Ahora bien, cabe preguntarse si la cantidad de recursos técnicos, económicos y humanos que se empleó para erigir la catedral es en última instancia gratuita. Como todo en historia, la respuesta es mucho más compleja que una simple  negativa o afirmativa. Ante todo, las catedrales son templos erigidos para honrar a la deidad que comparte la cristiandad entera y, de manera particular, para exaltar a la iglesia católica, razón por la cual no pueden ser entendidas sin tomar en cuenta el discurso de poder y de legitimación en el cual se apoyan. No es gratuito entonces que estas edificaciones sean fastuosas, ya sea por sus capillas, retablos, columnas y fachadas, ya por sus pinturas, esculturas y órganos. Las catedrales, a fin de cuentas, fungen como los palacios en los que sus jerarcas despachan los asuntos relacionados con su ejercicio religioso y político —ejercicio que frecuentemente se aleja de la relación primordial y básica entre el fiel y su deidad.

No debe sorprender, entonces, que la catedral metropolitana y, más aún, la arquidiócesis que le corresponde, sigan teniendo un papel relevante en la vida pública. Son ejemplos de ello las declaraciones que en su momento hizo Norberto Rivera en relación con la ley de sociedades de convivencia o sobre la interrupción legal del embarazo (ambas reconocidas en el Distrito Federal y ratificadas por la Suprema Corte de Justicia de la Nación). En cuanto a los escándalos por abuso a menores perpetrados por miembros del clero, por citar otro caso, el papel de la arquidiócesis ha dejado mucho que desear. Y qué decir de su silencio pese a la crítica que amplios sectores de la población hacen a sus representantes electos o la postura apenas velada a favor de determinados actores políticos.

En cualquier caso, independientemente de los sucesos que habrán de presentarse el año por venir y los que le sucedan, la catedral —y todo lo que representa— continuará siendo un testigo por demás valioso al que podremos acudir, aunque no siempre de manera directa, para apreciar y reflexionar sobre algunos de los aspectos de nuestra historia que merecen nuestra particular atención.

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